El eco de las notas seguía flotando en la penumbra cuando Elara cerró el piano.
El silencio posterior fue más profundo que antes. Más vivo. Como si la casa hubiera contenido la respiración.
Ella no entendía por qué había elegido esa melodía. Nunca la había aprendido. Nunca la había oído. Y sin embargo… sus dedos se deslizaron por las teclas como si la conocieran desde antes que ella pudiera recordar.
Lucius, de pie entre las sombras, no se movió. Ni aplaudió ni habló. Solo la miraba.
Elara sintió esa mirada en la nuca.
En la espina dorsal. Si cuerpo se estremeció de forma anticipatoria aunque no lo había notado antes.
—Lo siento —dijo, apenas girándose—. No sé qué fue eso.
Lucius dio un paso. Solo uno.
—Fue... perfecto —"como toda tú", quiso agregar mientras su entrepierna se endurecía cada vez que estaba en su presencia, como si estuviera hechizado o algo peor.
Maldito.
Sin embargo su voz era tan baja que parecía venir desde muy lejos. O desde muy dentro.
Elara se cruzó de brazos. Como si se estuviera protegiendo de algo, de él.
Definitivamente había algo inquietante en su presencia, pensó fugazmente. Algo que no tenía que ver con miedo, sino con la sensación de estar siendo desnudada sin que él la tocara. Y eso la hacía sentir muy rara, aunque la piel se le había erizado como anticipándose a algo que ella aún no podía poner en palabras.
—¿Conocías esa canción? —preguntó ella casi ingenuamente.
Lucius negó con la cabeza. Pero su expresión decía otra cosa.
—No. Y sí.
—¿Cómo que sí y no?
Él ladeó la cabeza, los ojos fijos en los de ella.
—La conocí... en otro tiempo.
Ella frunció el ceño.
—¿Y cómo puedes recordar algo de ese modo?
Lucius sonrió, enigmático.
—No todo lo que se recuerda pertenece a esta vida. Pero no por eso es menos valioso el recuerdo Elara, ¿no lo crees?
Ella sintió un escalofrío. Y dio un paso atrás sin querer queriendo.
Lucius no la siguió.
No se acercó.
Temió asustarla más de lo que ya lo estaba.
—Estoy cansada —murmuró ella, sin saber por qué sentía la necesidad de escapar.
Así que solo dió media vuelta y subió las escaleras en silencio. El eco de sus pasos retumbaba entre las paredes altas. Al llegar a su habitación, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, sin saber si temblaba de miedo… o de otra cosa.
Tal vez era miedo.
Tal vez era deseo.
La cama se sentió de repente demasiado grande. Demasiado fría. Y el sueño la encontró rápido, como una ola negra que la arrastró sin aviso. Casi como si la hubiera estado esperando, acechándola.
Y entonces lo vio.
El bosque.
La niebla.
Lucius, joven, más salvaje. O tal vez no era él, pero lo parecía.
Y ella… no era ella.
Corría entre los árboles con el pecho al descubierto, la piel brillante de rocío, riendo.
“¿Por qué me sigues?”, le preguntaba.
Pero él la alcanzaba. Siempre.
—Porque no puedo perderte de nuevo.
Elara se giraba. Sus labios se unían con una desesperación que no parecía moderna. Había hambre. Sed. Una urgencia ancestral.
Él la empujaba contra un árbol y le arrancaba la ropa con las manos. Ella no se oponía. Se arqueaba hacia él como si su cuerpo lo conociera desde hacía siglos.
Lo anhelaba tanto que mordía su cuello y arañas sus brazos.
Y cuando ocurría, la penetración era como un grito silenciado. Brutal. Hermosa.
Única.
Sus cuerpos se unían al unísono.
Ella gemía su nombre.
Pero no decía Lucius.
Decía otro nombre que no podía distinguir.
Uno que al despertar seguramente no recordaría.
Él mordía su cuello. No como un amante. Como un dios hambriento. Sediento.
Y ella ofrecía la garganta con los ojos cerrados.
Porque lo amaba.
Porque lo recordaba.
Porque su cuerpo sí sabía quién era aunque ella no supiera aún nada de nada.
Elara despertó de golpe, agitada.
Estaba jadeando, completamente empapada en sudor.
Se incorporó en la cama, temblando. El sueño… la había dejado abierta. Vacía. Y excitada.
Llevó una mano entre sus piernas. Estaba húmeda. Como si hubiera ocurrido de verdad. Cómo si él la hubiera poseído realmente. De hecho su entrepierna palpitaba y aunque había crecido en un convento era inocente, no ingenua.
Se tapó la boca, avergonzada de sí misma. ¿Cómo podía soñar algo así?
No era ella.
No podía ser ella.
Pero el cuerpo…
Su cuerpo decía otra cosa.
Se levantó. Caminó en silencio hacia el baño y se lavó la cara.
Entonces, se vio en el espejo.
Y por una fracción de segundo…
No se reconoció.
La mujer del reflejo era ella y no era. Y ya no estaba en un sueño. Tenía los ojos más oscuros, más profundos. Como si contuvieran siglos. Como si su piel guardara secretos grabados a fuego.
Parpadeó. El reflejo volvió a ser el suyo.
Se apoyó en el lavabo, temblando.
"¿Qué me está pasando?"
Tocó su cuello, donde él —en el sueño— la había mordido.
Nada.
Y sin embargo…
La piel le ardía.
Bajó sin pensar, descalza, guiada por un impulso que no comprendía.
Lucius estaba en el salón, de espaldas a ella, mirando la luna desde el ventanal.
Elara se detuvo.
No dijo nada.
Pero él se giró igual.
Como si la sintiera.
—¿No podías dormir?
Ella negó. Pero no habló.
Lucius la estudió con los ojos entornados.
—Soñaste, ¿verdad?
Elara tragó saliva. Su voz salió rota.
—¿Cómo sabes?
Lucius no respondió. Solo la miró. Como si la soñara también.
Elara quiso decirle que no entendía nada.
Que su cuerpo no le respondía. Que algo dentro de ella despertaba cada vez que él estaba cerca.
Pero no pudo.
Porque él se acercó. Y en ese segundo exacto, el mundo se quedó en pausa.
Elara sintió que su pulso se alineaba con el de él.
Y por un instante…
…supo que ya había estado en sus brazos antes.
Aunque no recordara cuándo.