La noche cayó densa, como una lengua de tinta sobre la mansión. Elara no podía dormir. Y daba vueltas una y otra vez en la cama.
Las palabras de Lucius aún la perseguían, punzantes, ambiguas. Cómo si fueran una especie de maldición, y tal vez lo eran..."Todavía no estás lista."
Pero lo estaba. O al menos, quería estarlo.
O creía estarlo aunque desde que estaba allí todo estaba como desdibujado. Roto. Raro.
Ya casi no recordaba el convento o lo que era peor, no recordaba lo que era ella en el convento. O quién era.
Se acurrucó entre las sábanas de seda, los dedos crispados en la tela. El latido en su pecho era irregular, como si algo ancestral en ella despertara a cada paso que daba en esa casa. Y eso la asustaba. Sobremanera.
Finalmente, el sueño la venció y cayó rendida en los brazos de Morfeo. Pero no fue un descanso. Fue un descenso.
La oscuridad se volvió sonido. Un piano. El mismo que había tocado ya. Solo que esta vez, no eran sus manos las que ejecutaban la melodía, sino las de otra mujer. Una figura etérea, con el cabello rubio suelto cayendo como una cascada sobre la espalda desnuda. Frente a ella, estaba Lucius.
Más joven. Más salvaje. Pero los ojos… los ojos eran mismos.
—¿Volverías a hacerlo, aunque supieras que te va a costar la vida? —preguntó la mujer.
Lucius se acercó por detrás. Sus manos la envolvieron por la cintura, y ella se dejó caer contra su pecho.
—Lo haría mil veces. Porque si tu muerte significa su vida… entonces vale cada gota de mi sangre.
Elara quiso gritar, correr hacia ellos. Pero su cuerpo no le respondía. Estaba atrapada, flotando en la escena como una sombra que todo lo observa.
La mujer se volvió lentamente. Elara vio su rostro por primera vez.
Era… el suyo. No igual. Pero sí. Como un reflejo antiguo. Como una versión más sabia. Más cansada.
La mujer le acariciaba el rostro a Lucius con ternura.
—No quiero que sufra. No quiero que tenga que cargar con esto. Con todo esto.
—Será fuerte —dijo él, bajando la cabeza hacia su cuello—. Es hija tuya… y aunque no sea mía, sé que tendrá mi fuerza...
Entonces la besó. Profundo. Urgente. Como si el tiempo los consumiera.
Elara sintió el roce en su propia piel. El temblor del deseo ajeno en sus propios músculos. Sus pezones se endurecieron bajo la sábana, su respiración se volvió jadeo.
Lucius empujó a la mujer contra el piano. Las teclas produjeron una disonancia dolida. Ella rio. Una risa triste.
Él la levantó con facilidad, y la sentó sobre la madera, como si fuera un altar.
Deslizó sus manos bajo la falda, arrancándole la ropa interior con un movimiento único.
—Te amo —susurró.
—Y sin embargo, algún día… te vas a confundir —dijo ella, mirándolo a los ojos.
Lucius detuvo el movimiento de su cuerpo y la miró con extrañeza.
—¿Confundirme?
La mujer bajó la mirada.
—Cuando la veas… cuando crezca. Va a parecerse tanto a mí. Y tú vas a tener que elegir si protegerla… o amarla como me amas a mí.
Lucius se estremeció.
—Nunca la confundiría contigo.
—¿Estás seguro?
El silencio fue la única respuesta.
Sus cuerpos se fundieron, una vez más. Cada embestida era un lamento contenido, una despedida inevitable. Y Elara lo sentía todo. En carne viva. El peso del cuerpo de él. Las manos firmes sujetando las caderas. El temblor del clímax. La vibración de la culpa.
Y entonces, la mujer lo apartó con suavidad. Lo miró a los ojos, ya no con amor, sino con urgencia.
—Si no vuelvo… si me pasa algo... protegela. No dejes que los otros la usen. No dejes que sepa todo de golpe. El mundo no está listo para lo que ella es. Y ella tampoco lo estará.
Lucius cayó de rodillas, la cabeza en su regazo.
—Me va a odiar.
—Solo si la engañas —dijo la mujer, acariciándole el cabello—. Dile la verdad… cuando esté lista. Y dile que la amé, a pesar de todo.
Y con un suspiro, todo se deshizo.
El piano se desintegró en pétalos negros.
Las paredes se desmoronaron.
Elara cayó al abismo, gritando.
Se despertó de golpe, empapada en sudor. La sábana enredada en sus piernas. Las caderas todavía latiendo con una pulsación ardiente, incontrolable. Su corazón martillaba como si hubiese corrido kilómetros.
Se incorporó y pasó una mano por su frente sudorosa, su cuerpo estremecido, su corazón galopando dentro de su pecho mientras su cuerpo aún temblaba.
—¿Qué fue eso? —murmuró en voz alta, sólo para sí misma ya que sabía que no habría respuesta.
Luego tocó sus labios. Sentía como si la hubiesen besado. Amado. Abandonado.
Pero en realidad, sí la habían abandonado pero a ella. Lo hizo su madre, y Lucius.
Sólo que cuando era pequeña, muy pequeña y no entendía en porqué, porqué la habían dejado ni porqué él la había atraído hacia él de vuelta.
Pero ¿acaso eso era un sueño? ¿era su mente jugando con ella? ¿o realmente era un recuerdo?
Se levantó, descalza, y cruzó el cuarto. En el espejo, se vio distinta.
Más mujer. Más adulta.
Más madura. Más sexy.
Era la misma pero a su vez, era diferente.
Era ella, pero a la vez no lo era.
Y en sus ojos, por un instante… juraría haber visto los de su madre en ella.
"Elara, estás delirando", se dijo a sí misma y decidió ir al toilette para mojarse la cara.
Para despejarse.
Pero el recuerdo del sueño la perseguía, aún podía sentir el cuerpo de Lucius embistiendo el de ella, bueno, el de su madre.
Y una parte de ella se sentía culpable, sucia, corrompida. Pero otra parte...Su entrepierna ardía, caliente, su piel se erizaba excitada por el solo recuerdo, y su sangre se convertía en lava con el pensamiento.