Narrador omnisciente: El dolor y la impotencia fueron proyectados en lastimosos quejidos silenciosos, la sangre se deslizaba caliente por entre sus muñecas y el frío de la tarde rozaba de forma escalofriante en aquellas heridas expuestas. Los ojos llorosos del niño sentado sobre sus rodillas en medio de ese bosque lúgubre se hallaban fijados ineficientes en la criatura que mantenía sus manos sobre su boca para que sus jadeos no fueran escuchados, mientras lloraba. Solo las sombras de los árboles, creadas por el sol resplandeciente y aquellos ojos curiosos, que se asomaron inocentes fueron testigos de un acto despiadado. —Por favor... y-ya no puedo más, lo entendí, no volveré a hacerlo. No volveré a decir su nombre —la voz suplicante del niño tirado en el suelo resonó en todo el lugar, c

