Hielo y Juego.

890 Words
La tormenta continuó toda la noche, y a la mañana siguiente el pueblo estaba sepultado bajo una capa gruesa de nieve. La luz blanca rebotaba en cada superficie, y el aire frío cortaba como cuchillas. Elena estaba en la cocina ayudando a tía Clara cuando escuchó golpes en la puerta. No esperaba visitas, y mucho menos a él. Adrián estaba ahí, con el cabello húmedo por la nieve, un suéter de lana que le marcaba los hombros y las manos metidas en los bolsillos. —Necesito hablar contigo. Elena parpadeó, sorprendida. —¿Ahora? —Sí. —Su tono no dejaba espacio para discusiones. Tía Clara, siempre perspicaz, se excusó para ir al piso de arriba. Elena cruzó los brazos, intentando mantener una barrera física y emocional. —¿Qué quieres? Él la miró con esos ojos oscuros que parecían capaces de leer lo que intentaba ocultar. —Saber por qué volviste. —No te debo explicaciones. —Tal vez no, pero… —dio un paso hacia ella—, después de cinco años, apareces en mi pueblo, en mi camino, y esperas que no me importe. Ella tragó saliva, porque su cercanía la desconcertaba. Podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma a madera y nieve que tanto había añorado sin querer admitirlo. —No es tu pueblo —replicó, aunque su voz salió más baja de lo que pretendía. Él sonrió de lado, como si supiera que había tocado un punto débil. —Siempre fuiste mala para mentir. —Su mirada descendió un instante a sus labios, y eso fue suficiente para que un escalofrío le recorriera la espalda. —Adrián… —empezó, pero él dio otro paso, reduciendo la distancia a nada. —No… —susurró él—. No me digas que no sentiste nada ayer. Elena quiso apartarse, pero su espalda ya estaba contra la pared. El latido de su corazón golpeaba tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Sus manos no la tocaban, pero estaban lo bastante cerca como para que el aire entre ellos se volviera denso. —Esto no cambia nada —logró decir. Él inclinó el rostro, su nariz rozando apenas la suya. —Cambia todo. Por un segundo, creyó que la besaría. Pero en lugar de eso, él se apartó, dejándola con la respiración entrecortada. —Nos vemos en la librería. —Y salió, cerrando la puerta tras de sí. Elena tardó más de lo que admitía en decidir si ir o no. Sabía que si cruzaba la puerta de esa librería, se estaba metiendo en un terreno en el que podría perder el control. Pero algo dentro de ella —llámalo orgullo, curiosidad o m********o— la empujó a abrigarse y salir. Al entrar, el sonido de la campanilla sobre la puerta hizo que Adrián levantara la vista desde el mostrador. No dijo nada, pero el destello en sus ojos le dijo todo: la estaba esperando. —¿Buscas algo en especial? —preguntó con una calma engañosa. —Un libro. —Ella se encogió de hombros—. Tal vez algo que me ayude a dormir. —Dudo que lo encuentres aquí. —Se apoyó en el mostrador, cruzando los brazos, y ese simple movimiento hizo que la tela de su suéter se tensara sobre sus hombros. Elena decidió ignorar el comentario y se adentró entre los pasillos. El silencio del lugar era casi absoluto, roto solo por el crujir de la madera bajo sus botas. En un rincón, sobre una escalera de mano, Adrián acomodaba unos libros en un estante alto. Ella se acercó, sin pensar demasiado, y extendió la mano para tomar uno de los ejemplares que quedaban en la parte inferior. La escalera se movió ligeramente. —Cuidado —dijo él desde arriba, y en un instante bajó un par de escalones. Fue entonces cuando la cercanía los atrapó. Adrián estaba frente a ella, de pie en el último peldaño, lo suficientemente alto como para que sus ojos quedaran a la misma altura. Sus rodillas casi rozaban las de ella. —No aprendiste a mantener distancia, ¿verdad? —susurró él, con un tono bajo y grave. Elena tragó saliva. —Tú eres el que invadió mi espacio primero. —¿Y si te digo que no pienso retroceder? —preguntó, sin apartar la mirada de sus ojos. Antes de que pudiera responder, él bajó un peldaño más, y ahora su pecho casi tocaba el de ella. El aroma de su piel mezclado con la madera de la librería la envolvió por completo. Adrián levantó una mano y, sin tocarla del todo, dejó que sus dedos rozaran el aire junto a su mejilla, como si estuviera decidiendo si debía ir más allá. —Cinco años… —murmuró—. Y todavía… No terminó la frase. En cambio, inclinó el rostro lo suficiente como para que su aliento chocara con el de ella. Elena sintió que sus rodillas podían fallarle. Un cliente entró en ese momento, y la campanilla rompió el hechizo. Adrián se apartó despacio, bajó de la escalera y pasó junto a ella, rozando su brazo con el suyo, un roce lento, intencional. —El libro que buscas está en la mesa central —dijo sin mirarla, pero con una sonrisa apenas visible en la comisura de sus labios.
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