Lee sentía su corazón retumbar tras su pecho, la respiración agitada, sus piernas quemando durante cada movimiento, sus brazos también ardían con cada golpe dado al costal de boxeo. La alarma de su digital reloj de pulsera pitó repetidas veces en el lapso de cuatro segundos y medio antes de que él se detuviera y la desactivara. Controlando su respiración se secó el sudor de la frente e ignoró el alargado costal de boxeo forrado en cuero sintético color rojo que quedó balanceándose. Se acercó entonces hacia una de las cuatro paredes de aquella sala de entrenamiento, recogiendo de sobre un banco de hierro un termo con agua fría y girando la tapa para entonces tomar un poco y refrescarse la garganta. Minutos después salió de aquella sala de paredes blancas y caminó por el pasillo,

