Una nueva misión

1290 Words
Nunca pensé que viajar por esta ciudad fuera tan complicado. Me desperté a las seis de la mañana para poder estar a horas en las oficinas. Tenía reunión marcada con el editor jefe a las nueve de la mañana. Después de perderme tres veces y coger la línea equivocada, ahora ya estaba en la avenida principal que daba al edificio. Shanaya me había ayudado, haciéndome un croquis de cómo llegar, pero ni eso me valió. Era una ciudad enorme y entre el tráfico y la agitación de miles de personas yendo de acá para allá, me agobié. Iba cogiendo sin aire y agitada, por la acera, contornando las personas como si esto fuera una corrida de coches en la consola. Para mí era una corrida contra el tiempo y contra el hecho de no llegar tarde, justo en mi primer día de trabajo. Entré por la puerta principal del periódico y subí hasta la planta que correspondía. Eran las nueve en punto. Tras haber anunciado mi presencia, me llevaron hasta la sala de reuniones donde ya se encontraban otros cinco elementos sentados. Me sentí un poco alienada. Dije buenos días de forma un poco atropellada. Apenas me contestaron tres de ellos. Uno de los chicos que estaba sentado de frente para donde me ubicaba, meneó la mano haciendo señal para que me sentara a su lado. —Hola —dijo, mientras tomaba lugar—.Soy Jeremiah, pero todos me llaman de Jeremy o Jer. Puedes llamarme como quieras. Vengo de Inglaterra y tú debes de ser Chiara, la chica nueva italiana. —Ahh... sí. —Aún estaba intentando controlar mi respiración, después de aquella atribulada mañana—. Encantada de conocerte. El chico me dio una sonrisa amplia y parecía simpático. Al menos más que la chica que estaba sentada a su otro lado, en la mesa de reuniones. La que ni esbozó un gesto cuando me vio entrar. Como si no existiera. Era la típica rubia buenorra de las películas. Iba maquillada con todo lo que hay de derecho y bien vestida. Seguramente cubría materias de modelos, influencers, artistas, ese tipo de cotilleo que odio. Había otras 3 personas más. Las tres se encontraban sentadas delante de nosotros. Dos chicos y una chica. La chica parecía salida de una serie de Betty, la fea. Pobreta. No es que fuera fea, porque no creo que haya personas feas. Pero iba tapada hasta el cuello con unas prendas muy anticuadas y tenía unas gafas de pasta negras, mayores que su cara, que le caían en la punta de la nariz. Los pelos parecían que habían sufrido un electrochoque. Se ondulaban de forma muy dispersa y amorfa. No paraba de escribir en su libreta con el rostro casi entrando por el cuaderno adentro. A su lado estaba un chico, con el pelo y la barba color naranja, parecía irlandés. Debería ser otro becario más, como yo. Y en la misma línea, por último, estaba un chico, también joven, con un aire muy serio y profesional, que ahora que lo miraba bien, estaba buenísimo, guapo. Se habrá dado cuenta de que lo estaba mirando y levantó la mirada para cruzar con la mía. Sus ojos eran tan fríos y penetrantes que me sonrojé y bajé la mirada, abriendo mis carpetas. Pasado unos pocos minutos entró en la sala un señor de media edad que se dirigió a toda prisa para el topo de la mesa, presidiendo la reunión. —Buenos días a todos, equipo. Feliz lunes. Espero que habéis recuperado fuerzas en el fin de semana, porque estoy a punto de distribuir tareas para los próximos meses, y no tendréis más vida propia —dio una carcajada casi siniestra. No obstante, tenía un aire bastante peculiar y hasta cómico—, y antes de dar paso a la reunión, quiero dar las bienvenidas a nuestra nueva colaboradora Chiara. Apuntaba para mí y todos giraron la cabeza en mi dirección. La rubia hizo una cara de asco tremenda. Estuve a punto de devolverle, pero no me pareció adecuado. ¿Cuál era su problema? —Chiara va a ser una plusvalía en nuestro equipo en los próximos seis meses —indicó el Sr. Mason. Había intercambiado correos con él durante la semana, pero era la primera vez que le colocaba cara—. Será nuestra correspondiente de asuntos entre Italia y estados unidos y cubrirá una materia muy importante. Así que, Chiara, sé bienvenida al Boston Enterprise Journal. Todos aplaudieron. Debería ser un ritual muy típico allí, pero me sentí bastante observada. Asentí con la cabeza y di las gracias una infinidad de veces. La reunión tomó protagonismo y el Sr. Mason empezó a distribuir los casos que cada uno iba a llevar y los artículos que teníamos que escribir. Ese semestre, cada uno de nosotros iba a ocuparse de una columna específica del periódico y de asesorar un caso o entrevista con alguien importante, dentro de nuestras áreas de actuación. De momento, a mí me había tocado escribir los artículos para la sección de negocios internacionales. Al manejar tres idiomas, me dejaron esa parte. Estaba contenta, porque me encantaba el mundo de los negocios y fue una de las materias que mejor estudié en la universidad. Quería especializarme en ese campo, de finanzas y empresarial. Cuando el jefe empezó a distribuir los casos de cada uno, la situación cambió. Los tonos de las voces subieron y ahora todos opinaban y hablaban a la vez, indicando sus tareas. —Jessica, tú vas a cubrir el caso de la señora Pekins. Andrew, tú vas a cubrir el caso del gobernador Hendricks. Chiara tú vas a cubrir e intentar entrevistar el caso del señor Daniel Nicolás. —¿Qué? —chilló la rubia despampanante—. No. No puede ser, Mason. No puedes hacer eso. —Puedo y lo estoy haciendo. No empieces con tus achaques —el jefe bufó y se sentó. Andrew, el chico guapo se reía de forma malvada. Parecía estar a gusto con todo el ajetreo que se formó. —No. No voy a aceptar que des a esa que acabó de entrar el caso de Nicolás y a mí el de la vieja esa. Yo soy la que lleva los casos de las personas importantes. Ella acaba de llegar. No sabe nada de la vida en Boston. Me quedé estupefacta. Acaba de me mencionar como "esa" de forma despectiva y además de menospreciar mi trabajo. ¿Qué se ha creído? Le estaba ganando un poco de manía. Parecía recíproco. —Los casos están entregues y no se habla más sobre eso. No quiero más discusión sobre mis decisiones. ¿Está claro, señorita Logan? —la miró con un aire tan intenso que ella se limitó a callar. Ya iba tarde. Podía sentirse un ambiente de cortar jamón a cuchillo. Cuando todo estaba ya hablado, el Sr. Mason pidió al chico a mi lado, Jeremy que me enseñase las oficinas, mi puesto de trabajo y los procedimientos. Menos mal que le pidió a él, porque si fuera a la rubia, ciertamente me pondría a trabajar en el sótano con las ratas. Jeremy fue muy querido y me explicó absolutamente todo. Iba a trabajar en un escritorio en una sala abierta donde estaban los restantes compañeros, típico de los periódicos americanos. Por suerte, el chico y yo compartíamos la misma sección y podríamos hablar entre nosotros. A las once de la mañana, mientras organizaba mi trabajo, ya en mi escritorio, Jer se acercó a mí. —Anda, vamos a la cafetería tomar algo. A veces salimos y vamos a tomar café afuera, pero hoy está frío y podemos quedarnos aquí de cotilleo. Ven que te cuento todos los chismes de la ofi.
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