El peso de su cabeza sobre mi hombro todavía me quemaba. Llevé la mano al lugar donde Mason había osado apoyarse, como si al tocarlo pudiera borrar esa sensación. Pero no. Aún estaba ahí, como algo persistente. Cerré los ojos por un momento, respirando hondo, y dejé caer la mano. No merecía que le diera ni un segundo más de mi tiempo. ¿Por qué lo sigo llamando hermano? La pregunta me golpeó tan rápido como el recuerdo de su sonrisa infantil, la misma que había visto hoy. Una parte de mí lo detestaba por mantener esa expresión, por su terquedad de no odiarme como yo lo odiaba. Porque debía odiarlo. Eso era lo correcto. William lo habría querido. Pero ahí estaba, Mason Clark, con su maldita sonrisa, negándose a darme el placer de verlo quebrado. Caminé hacia la salida sin prisa, con la mir

