Mason estaba sentado frente a un escritorio sobrio, con pilas de papeles legales frente a él. La oficina del registro civil en Delmor no tenía nada de glamour. Este lugar, sin pretensiones, representaba algo mucho más importante: su libertad. —¿Está seguro de esta decisión, señor Hill? —preguntó la funcionaria al otro lado del escritorio, con un tono profesional, pero ligeramente incrédulo. Mason levantó la vista, su mandíbula tensa. —Clark —corrigió, con voz firme—. Mason Clark. La mujer parpadeó, pero no dijo nada más. Mason tomó la pluma que le ofrecieron y firmó los documentos uno por uno, con movimientos decididos. Cada trazo era una ruptura más con el pasado que había cargado sobre sus hombros durante toda su vida. Había pasado días preparando los trámites, asegurándose de q

