Había mucho en juego cuando se trataba del matrimonio de dos familias poderosas. Al centro de la estancia, el señor William Hill, un hombre de porte imponente y mirada afilada, presidía la mesa. Frente a él, los señores Morgan ocupaban sus respectivos asientos, con expresiones que denotaban firmeza y una cautela astuta. El señor Jack Morgan, de cabello plateado y ojos fríos, no era un hombre que se intimidara fácilmente. A su lado, su esposa Leah Morgan, con un porte distinguido, mantenía la cabeza alta. Ambos sabían que estaban lidiando con la familia Hill, una de las más influyentes del país, pero los Morgan también eran poderosos y no permitirían ser menospreciados. Entre los presentes había dos abogados, uno representando a los Hill y otro a los Morgan, cada uno preparado para defen

