Mason mecía al pequeño sobre su pecho, sintiendo su respiración rítmica contra su piel. Las pequeñas manos de Alan se aferraban al tejido de la camiseta de su padre, como si supiera que allí estaba seguro. Mason intentó sentarse en el sillón, sus músculos protestaban por el cansancio acumulado, pero apenas lo hizo, Alan se agitó, frunciendo el ceño en ese gesto diminuto que lo hacía parecer tan serio. —De acuerdo, tú ganas, campeón —susurró Mason, con una sonrisa extenuada. Alan se calmó al instante, acurrucándose de nuevo en su pecho. Mason suspiró, se inclinó ligeramente hacia atrás y empezó a hablar en voz baja, casi como un secreto entre padre e hijo. —Mañana será un gran día, Alan. Eterna vuelve a levantarse. Los primeros pedidos están listos, pero no me arriesgaré. Voy a verificar

