La ciudad se extendía frente a Nahamac como una postal distorsionada. Una neblina azulada cubría las esquinas como si alguien hubiese soplado tinta sobre el mundo. Las farolas se encendían una a una con un zumbido eléctrico, mientras las siluetas humanas seguían su danza mundana: risas, pasos apresurados, amantes en bancos de plaza. Nahamac caminaba entre ellos como un fantasma vestido de carne. Era invisible. Y lo sabía. Pasó junto a un ventanal iluminado. Dentro, una pareja reía abrazada frente a dos tazas de café. Más adelante, una niña soltó un globo rojo y este ascendió con la ligereza de los sueños. Cada imagen le resultaba familiar, sí, pero también ajena. Como una película que alguna vez protagonizó, pero cuya trama le era ahora desconocida. Porque él alguna vez creyó que podía

