El sol brillaba con descaro en lo alto del cielo, sin una nube que se atreviera a opacarlo. Azazel había insistido en que salieran. No a un restaurante, ni a un evento con poca luz donde él pudiera hacerse el misterioso y melancólico —como le gustaba actuar frente a Silvia—, sino a un parque. Un parque de enamorados, según él. Silvia, resignada y algo curiosa, había aceptado con la condición de que no intentara usar sus “hechizos raros” para alterar el ambiente. —No alteraré nada —había dicho Azazel al empacar una canasta de picnic—. Pero lo mínimo es una buena ambientación dramática. Silvia había soltado una risa breve y sarcástica, mientras se dejaba vestir por él. Literalmente. Azazel había escogido para ambos un conjunto deportivo con estilo, muy al gusto de las series románticas juv

