Capítulo 16 ⚔️

1417 Words
No por miedo a la magia, sino por miedo a perder el control. Sus dedos se relajaron sin que lo notara. —Así que… —susurró— no se trata de imponerlos. Cerró los ojos. Dejó de intentar dirigir la energía, de empujarla, de exigirle una forma concreta. —Se trata de aceptarlos. La tensión abandonó su cuerpo poco a poco. Su respiración se volvió profunda, estable. Y entonces, la luz respondió. Creció. La esfera de luz flotaba entre las manos de Ariadna con una estabilidad que no había logrado antes. No temblaba. No fluctuaba. Era firme, densa, casi tangible, como si la habitación hubiera aceptado su presencia sin resistencia. La iluminación proyectaba sombras largas contra las paredes del cuarto, deformando los contornos de los muebles y haciendo que la talla de la cama pareciera observar desde ángulos imposibles. Sevrin permanecía inmóvil. No se atrevía a hablar. El pan que había caído de su mano seguía en el suelo, olvidado. Andra tampoco reaccionaba; tenía los ojos abiertos de par en par, los labios entreabiertos, como si hubiese olvidado cómo respirar. Ariadna sí respiraba. Lento. Profundo. Con una calma que no había conocido en su vida anterior. La sensación no era violenta. No era una irrupción brusca de poder, ni un torrente incontrolable. Era… aceptación. Como si algo que siempre había estado ahí hubiese dejado de resistirse. Como si su cuerpo, su mente y aquello que no sabía nombrar por fin estuvieran alineados. —Así… —murmuró para sí misma. La esfera respondió, creciendo un poco más, expandiendo su luz hasta rozar el borde de sus dedos. El calor no quemaba. Era agradable, reconfortante, parecido al sol tibio de una mañana tranquila, no al fuego abrasador del mediodía. Sevrin tragó saliva. —Mi señora… —dijo al fin, con la voz más baja de lo habitual—. Eso… eso no es magia común. Ariadna abrió los ojos lentamente y lo miró. —Nunca lo fue —respondió con serenidad—. Yo estaba intentando forzarlo a ser algo que no es. La luz palpitó, como si comprendiera. —La magia de los magos —continuó ella— necesita control porque nace de la mente. Pero esto… —hizo un leve gesto con los dedos— no viene solo de ahí. Sevrin asintió con cautela. Había pasado años estudiando teorías arcanas, pero nada de eso lo había preparado para lo que tenía frente a él. —Los elementales —dijo— no obedecen reglas simples. Son… manifestaciones vivas del equilibrio natural. Pero aun así, nunca había oído de uno que despertara así, tan joven, y con tal… claridad. Ariadna dejó que la esfera se redujera poco a poco hasta desaparecer. El cuarto volvió a su iluminación habitual, aunque algo había cambiado. El aire se sentía distinto, cargado de una quietud expectante. —No fue claridad —corrigió—. Fue rendirme. Sevrin frunció el ceño, intrigado. —En mi otra vida —añadió ella sin levantar la voz— siempre estaba luchando contra algo. Contra el tiempo, contra las expectativas, contra el miedo a no ser suficiente. Aquí… he pasado días tratando de controlar esto como si fuera un enemigo. Y no lo es. Andra se removió al escucharla. —Mi señora… —dijo con timidez—. A veces… a veces rendirse también requiere valor. Ariadna la miró y le dedicó una pequeña sonrisa. —Lo sé. Hubo un silencio cómodo. No incómodo, no tenso. Un silencio que se asentó como polvo dorado. Entonces, sin previo aviso, Ariadna sintió algo más. No dolor. No miedo. Presencia. Fue una presión leve, como si alguien hubiese posado una mano invisible sobre su espalda. No la empujaba. No la detenía. Simplemente… estaba ahí. Su respiración se detuvo por un segundo. Sevrin notó el cambio de inmediato. —¿Qué ocurre? —preguntó, alerta. Ariadna no respondió de inmediato. Cerró los ojos. La sensación se intensificó apenas. No venía del cuarto. No venía del monasterio. Venía de lejos. De muy lejos. De Asterfell. No era una voz. No eran palabras. Era una certeza. Estás viva. El pensamiento no era suyo. Se le erizó la piel. No hubo calidez esta vez, sino algo más frío. Antiguo. Denso. Estás bajo mi dominio. Ariadna abrió los ojos de golpe. Sevrin dio un paso adelante. —¿Mi señora? Ella negó con la cabeza, lentamente. —Nada —mintió. Pero sabía que no era verdad. No había sido una amenaza explícita. No había sido una orden. Había sido… constatación. Como si alguien hubiera mirado un objeto valioso y simplemente hubiera reconocido su existencia. Sin necesidad de tocarlo. Sin necesidad de reclamarlo en voz alta. El aire pareció vibrar un instante y luego… se disipó. Ariadna soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Lorian, pensó sin querer. No lo había visto. No lo había escuchado. Y aun así, lo había sentido con una claridad que la inquietó más que cualquier grito o advertencia. Sevrin la observaba con atención extrema. —Mi señora —dijo con firmeza—. Hay cosas que no me dice. Ariadna bajó la mirada. —Hay cosas que aún no puedo nombrar —respondió con honestidad—. Pero no son un peligro ahora. No del tipo inmediato, al menos. Sevrin asintió, aunque no parecía completamente convencido. —Descansaremos —decidió—. Ha avanzado demasiado hoy. Ariadna no protestó. El cansancio cayó sobre ella de repente, pesado pero soportable. Se levantó con ayuda de Andra y se dejó guiar hasta la cama. Kairo se acomodó a su lado, emitiendo un ronroneo bajo, protector. Cuando cerró los ojos, creyó que dormiría de inmediato. No fue así. La imagen del mercado volvió a su mente. El látigo. El miedo del niño rubio. El sonido del hueso rompiéndose. La mirada amarilla de Rhydan. Y, sobre todo, esa sensación. Pertenencia sin afecto. Dominio sin contacto. No era amor. No era deseo. Era… algo más profundo y peligroso. Ariadna se giró de lado. Esto es solo el comienzo, pensó. Al día siguiente, el monasterio estaba inquieto. No había gritos ni caos, pero el murmullo constante de voces bajas recorría los pasillos como un río subterráneo. Las monjas se movían con mayor rapidez, intercambiando miradas cargadas de significado. Los guardias estaban más atentos. Incluso el aire parecía cargado de anticipación. Ariadna lo notó desde que abrió los ojos. —Algo pasó —murmuró. Kairo levantó una oreja. Andra llamó a la puerta poco después. —Mi señora —dijo al entrar—. Ha llegado un mensajero de Asterfell. Ariadna se tensó. —¿Dónde está Sevrin? —Con él —respondió Andra—. Y… con Rhydan. Eso no le tranquilizó en absoluto. Se vistió con rapidez. No con prisa infantil, sino con movimientos medidos, conscientes. Cuando salió al pasillo, percibió miradas que se apartaban al verla. No de respeto. De inquietud. En la sala principal, Sevrin sostenía un pergamino sellado. Rhydan estaba a su lado, rígido como una estatua. —Mi señora —saludó el mago—. Llegó esto hace una hora. Ariadna no pidió que lo leyera. Extendió la mano. El sello era n***o. No llevaba escudo ni emblema visible. No lo necesitaba. Rhydan habló antes de que ella lo rompiera. —Él sabe —dijo. Ariadna lo miró. —¿Sabe qué? —Que salió sin protección. Que fue herida. Que despertó su poder. Ariadna rompió el sello. El mensaje era breve. Demasiado. La distancia no te protege. Ni el silencio. Cuida lo que es mío. No había firma. No hacía falta. Ariadna sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sevrin cerró los ojos un instante, como si confirmara un temor largamente contenido. —Lorian Drakenhart Von Asterfell —dijo en voz baja—. Ha puesto su mirada sobre usted de manera directa. —Lo hizo antes —respondió Ariadna—. Ahora solo dejó de fingir. Rhydan apretó los puños. —No permitiré que— Ariadna alzó la mano. —No —lo detuvo—. No es una amenaza inmediata. Es… una declaración. Sevrin la observó con atención renovada. —¿Y qué hará, mi señora? Ariadna dobló el pergamino con cuidado. —Aprender —respondió—. Crecer. Entender mis límites… y los suyos. Miró hacia la ventana, donde la luz del día entraba suave, engañosa. —Porque si algo aprendí en mi otra vida… es que el poder que no se comprende siempre cobra un precio. Y esta vez, no pensaba pagarlo a ciegas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD