Martes 12 de febrero
Los tutores, las instituciones y academias te piden que escribas ensayos históricos todo el tiempo, para preservar acontecimientos importantes, para aprender de ellos, replicar o no replicar conocimientos… Me gusta ir a las academias, algunas por amigos y otras por probar la libertad aunque sea unos minutos, pero mis padres no están de acuerdo con la manera en que veo la vida, y me han retirado de toda academia y toda posibilidad de vivir una vida normal, así que si mi institutriz me va a obligar a practicar mi caligrafía, prefiero hacerlo con cosas más entretenidas como un diario. Esta es una forma mucho más divertida de preservar acontecimientos importantes en el tiempo.
Pero si algún día pudiera huir de la burocracia y las responsabilidades gubernamentales, yo preferiría olvidar todo esto, por lo que lanzaría todo lo que haya escrito a un lago o quizás lo aventaría por los aires… entonces llegaría a muchas personas, por lo cual debo esforzarme en crear las más apasionantes historias desde mi experiencia, para darle algún mensaje al mundo o para al fin darle sentido al haber nacido y crecido aquí, en la familia que controla todo en la gran Tanba. Y no es que no quiera a este gran pueblo o no quiera hacer algo por ellos, amo pasearme por sus antiguas calles pero mis padres me lo han prohibido. ¿Cómo terminé en éste punto? Fue temprano en la mañana.
***
Una ventana por la que circulaban los rayos de sol, afuera hacía calor y habían muchos niños corriendo y jugando, oía sus risas que me distraían de la lección que el maestro dictaba con rigurosidad. Arriba de la pizarra había un reloj que marcaba las 10:40 con un tic Tac que no llamaba mi atención más que la algarabía de los muchachos afuera. Allá adentro estaba fresco y aun así me hubiera gustado estar allá afuera, solo no soportaba tener todos esos ropajes encima. Trataba de aprender las lecciones.
Estaba rodeada de hombres que me ven como un ser inferior, pero siempre debo mantenerme a la altura de una dama, aunque no sepa cómo se supone que se hace porque no habían muchas damas que imitar allí. Cuando termino las jornadas escolares me gusta ir al jardín que queda al pie del rio Mizú, al otro lado de aquella edificación, el Instituto Hoare, la academia más prestigiosa de varones en el que una mujer nunca antes había estado y menos una de 13 años. Sin embargo no me interesa en lo absoluto los temas de política, así que esperé paciente el tiempo que fue necesario desde atrás, en mi asiento en la esquina derecha, justo al lado de los ventanales, ignorando el mundo que me rodeaba.
Cuándo finalmente el maestro calló su invasiva voz, dejó abierto el espacio a preguntas por lo cual levante la mano y pedir permiso para ir al baño, todos los asistentes a la catedra soltaron una gran risa al yo decir algo que era de esperarse en una mujer hueca y sin opiniones más allá de lo banal. De todas maneras siempre se rieron de mis opiniones en el pasado, así que no me esfuerzo más en intentar lucir fascinada por temas fuera de mi interés. El profesor con disgusto al acabar de reírse, me negó el permiso y volteó para continuar con su catedra.
Yo, golpeando la mesa con ambas manos me levanté de mi escritorio para exigir mi permiso, gritándole que me dejara ir. Se giró y me miró solo para decirme “insolente irrespetuosa”. Se acercó hasta mi lugar dejando su tiza sobre el bordo del pizarrón, preparó su mano para darme una reprimenda, a la cual agaché mi rostro justo antes que solicitará que me disculpara por mis actos. No quería siquiera mirarlo cuando tomo mi rostro por el mentón con violencia haciéndome mirarle a la fuerza y justo detrás de él, su mano amenazando con golpear mi rostro.
—Discúlpeme… —dije con mis labios aprisionados por mis mejillas de las cuales el opresor maestro que tenía cautiva —es… una emergencia… —le dije con dificultad. No quería explicarle al varón en qué consistía la menstruación, por lo que desee que tuviera claro ese concepto. Así que soltó mi rostro y me empujó riéndose nuevamente y haciendo referencia a toda la cátedra sobre la desdicha de ser mujer y la razón por la cual no éramos bienvenidas en las aulas donde se tejía el verdadero conocimiento.
Así que de nuevo hubo una ovación de risas en el aula que al final fueron tan fuertes, como para cubrir las risas inocentes de fuera de la institución. He dicho que ya estaba acostumbrada a las burlas de esos seres sin embargo al pasar por un lado, todos cubrieron la nariz e hicieron gestos de que algo apestaba como si estuviera pudriéndome o algo por el estilo. Tomé mis cosas y salí del aula — ¿A dónde va señorita Bisset? —Ni siquiera mire atrás y salí el aula mientras los alumnos de mí misma edad se reían y el profesor estaba sumamente enojado solicitando me regreso. Salí del instituto bajando las escaleras centrales (dejando en evidencia que aquel tema de la menstruación era solo una mentira), y seguí hasta la cerca que nos separa del camino hacia la civilización.
El instituto se encuentra a las afueras de Ariza, una gran zona al sur de la ciudad caracterizada por su áreas de comercio, por la homogeneidad de sus edificios en forma y color, y por albergar a la mayor cantidad de población de bajos y medios recursos; además de estar rodeada por un gran muro que no solo le protegía a ella sino también a la ciudad al estar ubicada en la frontera sur. Sí lograba pasar la cerca estaría frente a un camino polvoroso y curvo con dirección al oriente y luego al sur rumbo a la poblada Ariza; sin embargo, mi interés se centraba en el lado opuesto de aquel camino, al lado occidental donde no había más que naturaleza a orillas del río Mizú que dividía por la mitad la ciudad de Tanba.
Se me hacía difícil correr o trepar con mis ropajes qué me hacían vestir por uniforme y encima de ello unos suéteres (que debía portar aún si hacía calor), para mantener la elegancia y dejar de lado la sensualidad. Iba a ser difícil cruzar una cerca de un metro con 80 cm con tales prendas pasando desapercibida y sabiendo que estaban ya buscándome por toda la institución. Me dispuse a pasar sobre ella saltando y tratando de llegar lo más alto posible, me sostuve del soporte más alto y jale todo empezó sobre él pero entonces uno de mis zapatos se quedó atrapado en medio de la cerca sobre la que me apoyaba y debido a que este estaba fuertemente asegurado en mis pies era casi imposible liberar mi extremidad de él. Era casi imposible salir de su situación.
Mire hacia un costado y podía ver a lo lejos unos dos docentes corriendo hacia mí con fuerza. Centré todos mis esfuerzos en subir la cerca aunque eso significará perder mi pierna en el intento, pero de repente los profesores llegaron hasta donde me encontraba intentando jalarme de regreso dentro del sitio. Lancé mi mochila afuera donde yacía mi libertad, pero uno de los maestros gritando logró desabrochar mi zapato jalándome de mi pie. Sin pensarlo lo pateé en el acto y salte al otro lado corriendo hacia el campo, recogí mi mochila y me fui abandonando un costoso zapato del otro lado.
En verdad hacía mucho calor y el zapato de tacón me apretaba mientras seguía caminando a buen ritmo para alejarme unos cuantos metros. Cuando al fin divisé a los niños, estos se alegraron al verme de nuevo, me quite mis sacos y se los di, así mismo jugamos con varios libros y cuadernos de apuntes, me quité el tacón que me quedaba y las medias que mantenía mis piernas hirviendo. La mayoría eran niñas y estaban felices jugando con mi cabello.
Entonces miré a la izquierda unos árboles y una roca que ya no proyectaba ninguna sombra y dándome cuenta que ya eran las 12:00 del mediodía, recogí lo que me quedaba propio. Mientras corría descalza y sin medias ni enaguas; sin suéteres que cubrieran mi escote, y con el cabello a medio atar, mi vestido dorado con detalles de flores ya no le pertenecía a la señorita Bisset, sino a una jovencita más de las calles de Ariza que tenía la piel llena de tierra fértil de los suelos de Tanba y una mochila varonil casi despojada de útiles escolares.
Era hora de mi clase de danza al otro lado de la ciudad en Sabui la zona residencial de Tanba y cómo era de mal gusto que la señorita hija del gobernador corriera o si quiera caminara (y más en aquellas fechas) por las calles de la ciudad, algunos ayudantes de mi padre me recogían a la hora de la salida del instituto para ir a la siguiente institución. Sin embargo al verme así lo más probable es que me ganara unos cuantos problemas.
Entonces mi institutriz que había ido a recogerme ya estaba en la puerta del edificio del que recién me había escapado, por lo que de un salto me oculte tras una de las paredes pero ella sin duda me vio. Escuché que se despidió de los profesores y aunque hubiera querido huir no tenía a dónde. Nunca antes había tenido un escape como este y creí que los profesores vendrían por mí como otras veces que habrían evitado mis huidas, pero en su lugar Olimpia mi institutriz me abordo allá atrás del edificio y me miró decepcionada.
—Vámonos… —estaba yo un poco asustada por su leve tono al hablar.
No hablamos mucho en el camino y justo cuando estábamos llegando a las cercanías de la academia de danza seguimos de largo.
—Eh… creo que pasamos de largo por error
—No es error, no irás más a la academia. De hecho, no irás más a ninguna de tus clases. Recibirás educación completamente desde casa y yo estaré a cargo de ello.
Y bien aquí me encuentro finalmente después de descansar y reflexionar.