Cap 20: Pasivo agresivo

1194 Words
Mi abuela me contó una historia hace ya mucho tiempo, sobre un antigüo imperio, llamados griegos, éstos desarrollaron una fuerza y habilidades para el combate, una agilidad impresionante y sobretodo, y lo más importante, una inteligencia impresionante. Sus enemigos más notables para la época eran los troyanos, éstos tenían algo que no poseían sus enemigos, murallas. Dice la leyenda que estás murallas poseían un tamaño descumunal, obviamente éstos no podían interrumpir su supuesta paz al penetrar sus defensas, así que idearon el plan más grande y arriesgado posible; construir un caballo gigante, aprovechando su nivel de idolatría que poseían. Lo más impactante de la historia era que sí, cayeron en su trampa, y como pez a pasador, mordienron el anzuelo. Y fué gracias a éso, que Traya se convirtió en cenizas, después de causarle tantos dolores de cabeza al imperio Griego. El encuentro se llevó a cabo en el reservado del restaurante más exclusivo del Bairro Alto en Lisboa. Luca Rossi esperaba solo, vestido con elegancia, la inmovilidad de un depredador. Había ignorado la "ley de Lisboa" al incendiar los almacenes de Enrico, y ese acto de fuerza había cambiado la atmósfera de la negociación. Agustina y yo nos sentamos frente a él. La tensión era un tercer invitado invisible. El Retablo no estaba a la vista; nuestra única arma era la verdad. —Te tomas muchas libertades en territorio neutral, Julian —dijo Rossi, sin preámbulos. —Y tú eres ciego, Luca. Envíame a dos de tus mejores hombres a buscar al testigo, y yo los envío de vuelta golpeados. ¿Qué dice eso de tu control? —Dice que eres impulsivo y sucio, como tu padre. Te advierto, Julian. El testigo tiene información vital sobre el envenenamiento. —Lo sé —dijo Julian, con una calma que lo hacía aterrador—. Y sé que no fue un Conti. Fue la Iglesia. La Madre Superiora, usando a Baldi como su cómplice. Luca Rossi no reaccionó. Su inmovilidad era más perturbadora que un grito. —Tonterías. Eres un niño delirante. —No. Soy un hombre que tiene las pruebas bancarias que demuestran que el Convento de Santa Ágata ha sido la lavandería de la mafia durante dos décadas. Y que la Superiora envenenó a mi padre para saldar una vieja deuda de la Famiglia de mi esposa. Rossi miró a Agustina. Por primera vez, había una grieta de duda en su armadura. —Tú sabes más de lo que dices, Viuda. —Sé que la sangre siempre paga la deuda, Luca —dijo Agustina, con voz suave—. Y la Superiora no te está buscando a ti. Lo está buscando a él. Julian se inclinó, su voz bajó a un susurro que solo Rossi podía escuchar. —Te daré al testigo, Luca. Te daré al único hombre que vio a la Superiora verter el veneno en el café. A cambio, tú juras una paz eterna con los Vermilion, y te unes a nosotros para destruir a la Iglesia. —El precio es ridículo, Julian. ¿Paz por un testigo? Julian hizo una seña a Enrico. Antes de que Julian pudiera dar la señal a Enrico, el teléfono de Luca Rossi vibró. Él lo miró, y su rostro se tensó. El aparato no era un teléfono, sino un comunicador militar. Rossi sonrió, una sonrisa fría y cruel. —El derecho a negociar se gana con el poder, Julian. Tú me enviaste a mis hombres golpeados. Yo te respondí quitándote tu refugio. En ese momento, el teléfono de Enrico vibró. El jefe portugués contestó y su rostro se tornó blanco. —¡Julian! ¡Rossi no vino solo! Dos de mis almacenes en el puerto... han sido incendiados. Las cargas perdidas. Es un mensaje. Luca Rossi está atacando el corazón de mi negocio. Luca Rossi se levantó, ignorando las reglas de la diplomacia mafiosa. Mientras Enrico sólo podía mirar,sin hacer mucho en el lugar. —El derecho a negociar se gana con el poder, Julian. Yo te respondí quitándote tu escudo. Ahora, ¿quién está negociando en el suelo? Te daré diez minutos, Julian, para entregar al testigo. Si no lo haces, la villa de tu tío en Estrela se convierte en la próxima víctima. Y no me importa la "ley de Lisboa". Julian sintió el golpe. Rossi no estaba jugando a la venganza; estaba jugando a la dominación total. Julian agarró a Agustina del brazo y la arrastró al baño del reservado. —Luca Rossi no está jugando. Si ataca a Enrico, perdemos el asilo y Pietro muere en el caos. Está dispuesto a destruir su propia humillación con tal de dominar —dijo Julian, con la voz baja y urgente. —Él no atacará el refugio, Julian. No puede arriesgarse a que la mafia sepa que él es tan descuidado. Pero tienes que darle una garantía que valga más que, su propio negocio —replicó Agustina—. Necesitas un golpe final, uno que le demuestre que exponer a la Iglesia es la única forma de salvarse. Julian recordó las pruebas de Baldi, la información bancaria. —La contabilidad de la Iglesia... la red de lavado de dinero de la Superiora —dijo Julian, sus ojos brillando con una idea peligrosa. Salimos del baño. Luca Rossi nos miró con impaciencia. —Se acabó el tiempo. ¿Dónde está mi testigo? Julian sonrió, con una sonrisa fría y calculada. —El testigo está aquí. Y el fuego en los almacenes de Enrico no me asusta, Luca. Porque yo tengo algo más valioso que un almacén, tengo la prueba de la contabilidad secreta de la Superiora. Julian lanzó un pequeño dispositivo encriptado sobre la mesa. —Tu pelea no es conmigo. Es con la Iglesia, la organización que envenenó a mi padre. Y si me atacas a mí o a mi tío, voy a enviar este dispositivo a todas las autoridades fiscales de Roma. Voy a exponer el mayor secreto de la Iglesia, su lavado de dinero. Rossi miró el dispositivo. El terror en sus ojos era real. El riesgo era la ruina de toda la mafia. —¡Maldito seas! Eres un terrorista. —Soy el Don que negocia la paz. Te doy la paz que mereces, Luca. Te entrego a tu hijo, a quien llamo Pietro. Y te doy la prueba para destruir a tu verdadero enemigo, la Iglesia. A cambio, me juras paz y te unes a mí en Venecia. Julian hizo una seña a Enrico. El jefe portugués entró al reservado, empujando a Pietro. Rossi miró a su hijo, y la amenaza de la ley. El dolor de su paternidad perdida y el pragmatismo de su poder se enfrentaron. Pietro vió a su padre después de años, y sollozó al abrazarlo, Luca aún impactado, correspondió a ése abrazo, dejando a Julián nostálgico debido a esa escena que era poco común entre un padre he hijo. Lentamente, Rossi hundió su cabeza. —El trato está hecho. Pietro es mi hijo. Y la alianza contra la Iglesia es tuya. El pacto se selló con un apretón de manos, aparte ,con la amenaza de destrucción mutua y la promesa de la sangre encontrada.
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