Carajo, ¿para qué vino? —Oye —la voz de Ksenia me devuelve al presente mientras posa una mano en mi mejilla—. No te distraigas cuando estás conmigo. Ya bastante tengo con fingir una sonrisa y quedarme aquí cuando preferiría largarme. Lo mínimo que puedes hacer es prestarme atención. —Estoy haciendo un esfuerzo titánico solo por no dejarte hablando sola —respondo entre dientes, sin dejar de movernos al ritmo lento. —Qué caballero —musita con sorna—. Debería sentirme afortunada de tener a un prometido tan... ¿cálido? —No nos hagamos los tontos. Nos detestamos —espeto, manteniendo la sonrisa para las miradas ajenas—. No hay necesidad de fingir tanto entre nosotros. —Lo sé. Tú me odias, y créeme, yo no me quedo atrás. Solo que a diferencia de ti, yo sí tengo educación y me esfuerzo por no

