La mirada de mi hermana se vuelve gélida al posarse sobre ella. —Despídete de tu prometido. Yo me quedaré. Tomaré unos tragos con Maxim y Giuliano —dice papá, y Ksenia no puede evitar poner los ojos en blanco. —No hace falta despedida. Ya lo vi antes, eso basta —responde con hastío mientras se da la vuelta—. Nos vemos en casa. Estoy cansada. Aún sujetándome de la mano, se abre paso entre los presentes, que la observan fascinados. Las mujeres, en cambio, la miran con hostilidad, igual que a mí. Antes de salir del salón, lo vuelvo a ver. Massimo. Me sigue con la mirada y un escalofrío espantoso sacude mi débil cuerpo. No aparta los ojos de mí, y tengo que obligarme a desviar la vista. ¿Por qué lo hace? Su mirada es como candela ardiente. —¿Y ahora qué te pasa, Frieda? Siempre arruinando

