Incluso cuando comenzaron los saludos, cuando mi hermano se arrodilló frente a Ksenia en medio de su propuesta, y aun cuando él chocó conmigo por accidente, mi mirada seguía clavada en ella mientras hablaba. Se mantenía en una esquina, rechazando a cada hombre que se le acercaba. No era desdén lo que reflejaba, sino una muda desesperación, como si no quisiera estar aquí. Como yo. Pero había cambiado de opinión. Cuando Oleg se marchó apresuradamente tras recibir mi felicitación—seca y sin entusiasmo, por cierto—decidí buscar a Cesare. Lo encontré en una de las habitaciones cercanas, en plena faena con una mesera que gemía como si estuviera en un prostíbulo barato, mientras él la penetraba por detrás sin el menor recato. Asqueroso, como siempre. No había cambiado ni un poco. Pero, curiosa

