Y aunque en el fondo sé que Olivia solo quiere herirme, también hay una parte de mí que reconoce verdad en sus palabras. Los hombres son de esa calaña, expertos en disfrazar sus apetitos. Usan excusas, estrategias, y siempre encuentran la forma de salirse con la suya. Cargada de desconfianza, regreso a mi habitación. Intento llamar a Massimo, pero el maldito teléfono nunca responde. ¿No fue él mismo quien me pidió que lo mantuviera a la mano? Y ahora no me contesta. Su silencio solo da más fuerza a la voz venenosa de Olivia en mi cabeza. «Solo quiere fastidiarte, Frieda… cálmate», me repito, dejándome caer en la cama. Respiro profundo, varias veces, tratando de acompasar el ritmo acelerado de mi corazón. ¿Qué haría mi hermana en una situación así? Doy tanta pena que me sostengo únicame

