—No hay problema, cielo. Nos vemos. Frieda me saca del lugar tan rápido como puede. Al subirnos al auto, no me dirige la mirada. Solo sostiene los libros en su regazo y fija la vista en la ventanilla. —Dolcezza —le tomo la mano, pero ella se aparta enseguida—. No te enojes conmigo, solo estaba preocupado por ti. —No mientas. Estás enfermo, Massimo —gruñe—. ¿Te viste? Pensé que ibas a matarme con la mirada, cuando bien sabías por qué había salido. No eres normal. —No… no lo soy —le tomo el rostro, obligándola a mirarme, a ver al hombre roto que ayudó a crear—. Sabes lo que siento por ti. No puedo evitarlo… y dudo que eso cambie. Solo quiero que lo entiendas. —¿Entender qué? ¿Que estás obsesionado conmigo y pierdes la cabeza cada vez que salgo a la esquina como una persona normal? La b

