Capítulo 12: Una buena acción de navidad

1800 Words
Megan Martin Al abrir mis ojos me encuentro con la escena más tierna y sexy que jamás había visto. Y sí, es ilógico que una persona se pueda ver tierna y sexy, pero así es Dereck. Capaz de lograr eso y más. Me acomodo con cuidado en la cama, quiero verlo lo que más pueda para no olvidar por qué me tengo que alejar lo antes posible de la casa en donde vive con su esposa, mi madre. Sé que esta noche difícilmente podré olvidarla. No solo por lo malo, aunque eso puede que ya la próxima semana sea historia, sino por las cosas buenas. De todas las parejas que mi madre ha tenido, tal vez este hombre es el único que me ha mostrado verdadero interés y cariño. Aunque dudo que sienta algo de eso en realidad. Lo veo que comienza a moverse, cierro mis ojos con naturalidad y agudizo mis sentidos para saber lo que hace sin ver. Siento que se pone de pie, camina hasta mí y casi puedo sentir su calor en la piel de mi rostro. —Mocosa malcriada… Por tu culpa me duele el cuello. Abro mis ojos de golpe y él se echa hacia atrás, espantado y yo me río. —¡Casi me matas de un susto, mocosa! —Buenos días, papi. Qué pena que te duela el cuello. —¡Ya te dije…! —Buenos días —dice la neuróloga y yo me incorporo en la cama con una enorme sonrisa—. ¡Vaya! Veo que tiene un mejor semblante. Haremos una evaluación rápida y luego iremos por una tomografía. Si todo está bien, podrá irse a casa. Entran dos médicos más, uno de ellos menciona todo lo relacionado a mi ingreso y la doctora le ordena que me lleve por la tomografía. Ella se acerca, evalúa mis pupilas, me hace algunas preguntas y aplaude como niña pequeña cuando le digo que no estoy mareada, no tengo dolor, ni las molestas náuseas. —¡Excelente! Creo que los mareos y náuseas una mujer no debería sentirlos, suficiente con un embarazo para todo eso. —Qué bueno que no planeo tener hijos —le digo con una sonrisa. —Sabia decisión. Solo te aconsejo que no lo hagas porque podrían estorbar en tu carrera. A veces un hijo te ayuda a escapar del trabajo y el trabajo de los hijos. Es un círculo vicioso maravilloso. Me guiña un ojo, miro a Dereck, quien tiene una ceja levantada y me muerdo la lengua, porque además de verse absolutamente sexy recién despertado, acabo de revelar información al enemigo. Afortunadamente, el Afortunadamente, el residente me saca de la habitación para la tomografía y él se queda en el cuarto, con el teléfono en la oreja, dando órdenes a todo el mundo, como suele hacerlo un controlador en toda regla. —Solo quiero largarme a mi casa y arreglar mi futuro —murmuro en el ascensor. Tengo que irme de esa casa y para eso, tengo que buscar un trabajo lo antes posible. Y también está lo de pagar el hospital. —Maldito Dereck… Ahora le deberé mi alma a mi amigo porque me metió en ese cuarto solo para que él pudiera dormir cómodo, no veo otro motivo. Y sí, ahora lo odio. Es mejor a sentir ese calor en el pecho que me hace querer saltar a su cuello y besarlo. Aunque no tenga idea de cómo hacerlo. Dereck Hunt En cuanto la veo salir de la habitación, llamo a Karl. Me da un informe breve acerca del proceso en contra de los mocosos y me dice que el padre de uno de ellos quiere hablar conmigo. —Por supuesto que no. “Se lo informaré, señor. Pero recuerde que pueden insistir a través de la señora Janina. Tal vez deba decirle antes de que eso ocurra.” —Sí, estoy esperando los resultados de Megan y la llamaré. Ahora, envía ropa para mí y para Megan. Dudo que haya quedado vestido. “Enseguida, señor. Cualquier novedad, se la informaré de inmediato.” Corto la llamada, miro la cama y comienzo a ordenar las cobijas. No me duele nada. Normalmente, al dormir en lugares que no son mi cama termino con dolor en el cuello o la espalda. Pero no siento nada más que la tranquilidad de que ella está bien. Me acerco a la estación de enfermeras, les pido indicaciones para ir hasta la administración y dejo un cheque para que se cobre todo lo que corresponda a la cuenta de Megan. Al regresar al cuarto, el sofá ya no está y veo que viene de regreso, hablando animadamente con el residente. Él se ríe y le da unos golpecitos en la mano que me provocan partirle la cara. —Serás grandiosa en todo lo que te propongas, uno es bueno en las cosas que le gustan, pero excepcional en las cosas que ama. Iré por la doctora en cuanto te deje en el cuarto. La acomoda en el centro de la habitación, sale rápidamente y Megan se mira las manos. Parece una niña, con su cabello despeinado y esa leve sonrisa que me hace pensar en que el residente le gustó. La doctora llega, le informa que la tomografía salió perfecta y se puede ir a casa, con la recomendación de cuidarse, tener reposo por hoy y con la orden de volver enseguida si siente dolor de cabeza intenso, mareos, náuseas o pérdida de consciencia. —Gracias por todo, doctora. ¿Cree que me puedan regresar mi ropa? —Claro que sí, linda. Solo te advierto, tuvimos que cortarlo para quitártelo, tal vez no lo recuerdas. —Es cierto… No tengo con qué irme a casa y tampoco sé cómo demonios pagaré la cuenta del hospital… ¡E Irwin no aparece! —Cálmate, muchacha. Ya solucionaremos todo —le dice la doctora y sale de la habitación, ordenándole al residente que vaya a objetos perdidos para ver si hay algo que Megan pueda usar. Me acerco a la cama, la miro con mi sonrisa divertida y ella suelta un bufido. —¿Qué es gracioso? —Que pienses que te dejaré salir así nada más. —Mejor cállate, por tu culpa tendré que pedir dinero prestado a mi amigo para pagar el hospital. ¡Todo porque el señor quería dormir cómodo! Me acerco a ella, me inclino un poco para intimidarla, algo que no consigo para nada, y le digo con voz ronca. —Pedí esta habitación para poder acompañarte, porque las compartidas no me lo permiten. Y no tendrás que pagarle nada a tu amigo, porque yo ya pagué todo —ella quiere hablar y me alejo para dar la estocada final—. Y acerca de tu ropa, ya viene en camino. No le he dicho nada a tu madre, por si te interesa saberlo. La veo, por primera vez, quedarse callada y me mira con la impotencia en sus ojos. Es orgullosa y sé lo que me dirá antes de que lo haga. —Te pagaré cada peso que has gastado. —¿Te estoy cobrando, acaso? —le digo con metiendo las manos en mis bolsillos y mirándola con seriedad—. Digamos que hice mi buena acción de navidad contigo. —No es navidad —me encojo de hombros y camino a la salida. —Me importa una mierda. El calendario no me manda y si yo quiero que hoy sea navidad, lo será y punto. ¿Quieres que mande a traer un árbol y nieve para que me creas? —¡Claro que no! Dios, eres tan arrogante y odioso. Espero que ese ego tuyo no se te salga por el… donde sea. Me río y salgo del cuarto. Karl debe estar por llegar y necesito cambiarme lo antes posible, pero, sobre todo, sacarla a ella de aquí y volver a nuestra rutina de siempre. En medio del camino me encuentro con Irwin, va con una mujer muy elegante, que imagino es su madre y finjo recibir una llamada para no detenerme a saludarlos. Una seña con la mano es suficiente y así paso de ser cortés. Karl entra por la puerta principal del hospital. Lleva dos bolsas de ropa, una para mí y la otra para Megan. También lleva café, unos pastelitos que me encantan y mientras camino, me meto uno entero a la boca. Recién noto el hambre que tengo y no es por nada, ya que anoche no cené. —Toda marcha de maravillas con los abogados. Les negaron la fianza y el juez determinó que son un peligro para la sociedad, además de que hay altas probabilidades de que se escapen. Pasarán a reclusión en la cárcel estatal. —Perfecto. ¿Sabes algo de los abogados de McConnor? —Solo que se quedaron con las ganas de meter las manos. Sonrío satisfecho. Nadie me va a quitar el mérito de buscar justicia para Megan. Al llegar al cuarto, entro y veo a Megan sentada en la cama, mirando con una enorme sonrisa a la madre de Irwin mientras la mujer le dice que amaría que ella se volviera su nuera. —No soy perfecta, señora McConnor. Pero le agradezco los elogios. Megan me mira y entro con todo el poder que tengo. Dejo las bolsas en uno de los muebles y me giro hacia Irwin. —La doctora le dijo que debía descansar. Así que, creo que deberías dejar la visita para otro día, porque quiero llevarla a casa y que se meta a la cama. —No hay apuro, papi —dice con diversión, porque sabe que no explotaré delante de otras personas—. No tengo ropa. —Me sorprende que no creas en mi eficiencia. Ya está aquí —señalo la bolsa y ella abre la boca—. Si no les importa, me meteré a la ducha para cambiarme de ropa y luego ayudaré a Megan a que haga lo mismo. Ella da un respingo, intenta detener a su amigo, pero él sale con su madre y sin dejar de mirarme con rabia, cierra la puerta. Yo paso el seguro y comienzo a quitarme la camisa. Ella se cubre el rostro y me río. —Eres un indecente. —Lo que tú digas, mocosa. No me tardaré más de diez minutos en estar listo. Y en cuanto me encierro en el baño, sé que estoy perdido. Me he comprometido a algo que no seré capaz de hacer. ¿En qué estaba pensando cuando dije que la ayudaría a ducharse y cambiarse? En cuanto me meto bajo el agua, cierro mis ojos y a mi mente llega ella, mis manos desnudándola, tocándola y me detengo con la respiración acelerada. Si sigo por ese camino, esto acabará muy mal.
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