Megan Martin Irwin llega conmigo al centro, en donde ya he visto algunos lugares donde dicen que necesitan gente, pero no me contratan por ser demasiado joven. ¿Cuántos años debo tener para servir café o meter unas donas en una bolsa de papel? Tal parece que hasta eso requiere experiencia. Que se jodan. —¿Ya te sientes mejor? —me pregunta Irwin cuando llega a mi lado y me abraza. —Sí. La verdad es que el conductor que me trajo me contó muchas cosas. Te juro que MIT se arrepentirá de haberme hecho lo que me hizo. —O Dereck —me río y caminamos abrazados. Cruzamos la calle hasta un parque, veo que hay poca gente y no los culpo, hace un frío terrible. De pronto, sé que tengo que decirle algo a la cara, porque no me gusta ser estúpida. —Perdón —me detengo y lo miro a la cara. —¿Por qué?

