En un principio, Fobetor pensó en ir a ver a su hermano Morfeo. De los tres, él era —entre comillas— el más mesurado. El que llevaba las riendas del mundo onírico desde que su padre, Hypnos, había decidido tomarse un eterno descanso junto a su esposa y, a veces, con su amigo Zeus, participando de esas orgías que ocultaban cuidadosamente en el plano de los mortales. Cosas de dioses. Pero la idea de quedarse solo con lo que Hermes le había dicho, esa maldita suposición que ya no le alcanzaba, lo llevó a pensar en su padre. En el modo en que Hypnos dirigía el reino de los sueños cuando concentraba todo el poder en sí mismo. Y fue una tentación. Porque si alguien entendía los sueños de los mortales —y peor, los sueños de los dioses— ese era Hypnos. Su padre. El que les llevaba eones de experi

