Capítulo 3. Afrodita, Zeus y Fob

2856 Words
Bajo el resplandor dorado del crepúsculo olímpico, Afrodita se encaminaba con paso vacilante y mirada llena de pesar por los antiguos pasillos del Olimpo. La diosa del amor, siempre símbolo de belleza y pasión, llevaba en sus ojos la tristeza de un secreto largamente guardado. Esa tarde, su corazón palpitaba con la intensidad de mil tormentas, y cada latido resonaba con el dolor de un pasado que se negaba a ser olvidado. Sabía que debía enfrentar a su padre, Zeus, y pedirle ayuda de una forma que jamás había imaginado. Mientras se aproximaba al gran salón de mármol, donde los dioses discutían asuntos de universos y destinos, Afrodita contuvo el llanto y respiró profundamente. Sus cabellos, ondulados y dorados como los rayos del sol, caían en cascada sobre sus hombros, contrastando con la oscuridad que ahora nublaba su mirada. Sin embargo, la determinación de su espíritu le impulsaba a seguir adelante, pues en su interior sabía que su destino -y el de su hija mortal- dependía de lo que estaba a punto de revelarse. Al llegar al recinto, encontró a Zeus absorto en sus pensamientos, observando con mirada penetrante el vasto panorama de la creación. El poderoso dios del trueno, siempre imponente y majestuoso, alzó la vista al oír los pasos apresurados de su hija. Su ceño se frunció con inquietud al notar en Afrodita una aflicción inusual. —Padre —pronunció ella con voz entrecortada, casi temblorosa—, necesito hablar contigo. Zeus, dejando de lado momentáneamente sus asuntos divinos, asintió y se levantó con majestuosidad, guiándola hacia un apartado rincón del Olimpo, donde un antiguo olivo extendía sus ramas retorcidas y sabias. Bajo la sombra del árbol, cuyas hojas susurraban leyendas de tiempos inmemoriales, se sentaron en silencio. El ambiente se impregnaba del aroma terroso de la savia y la fragancia suave de las flores que brotaban en la penumbra crepuscular, creando un escenario que parecía suspendido entre lo sagrado y lo humano. Zeus, con voz grave y preocupada, fue el primero en romper el silencio: —¿Qué te ocurre, hija mía? Jamás te he visto tan abatida. ¿Qué tormento te oprime? Afrodita alzó la vista, dejando que sus ojos expresaran la sinceridad de su dolor, y replicó: —Te contaré mi secreto, pero solo si prometes ayudarme… y que, por favor, no derrames sangre. Necesito que me escuches sin recurrir a la violencia y que me lo prometas, padre. El poderoso Zeus parpadeó, sorprendido por aquella condición inusual. Durante un largo instante, el silencio reinó entre ellos, mientras el eco de los truenos distantes parecía murmurar viejas advertencias. Finalmente, con un tono mesurado pero firme, Zeus asintió: —Te lo prometo, Afrodita. Ahora habla hija. Afrodita inhaló profundamente, como si cada aliento fuera una carga para su alma. Con voz temblorosa, comenzó su relato: —Hace unos años, en una fiesta regida por Dionisio, donde el vino corría como un río y las risas se mezclaban con cantos y danzas, mi hermano Apolo y yo bebimos más de lo habitual. La embriaguez nos envolvió, y en el desenfreno de la noche, algo sucedió entre nosotros. Al amanecer, entre sombras y resquicios de vergüenza, comprendí que habíamos cruzado una línea que jamás debimos traspasar. Lo siento mucho padre... La confesión cayó como un trueno en la calma del olivar. Zeus, cuyo rostro solía ser inmutable ante las emociones de los mortales y dioses, se estremeció. Sus ojos, que habitualmente reflejaban la sabiduría y la justicia divina, ahora centelleaban con furia contenida. —¡Lo mataré! —exclamó con una voz que retumbó como el estruendo de una tormenta. En ese instante, Afrodita extendió sus manos, implorando con desesperación: —¡No, por favor, padre! Te ruego que no recurras a la violencia. Yo ya he hecho que él sienta las consecuencias de su atrevimiento. Esto no se trata de él, sino de lo que ha nacido de aquel error. Zeus, tratando de reprimir su ira, entrecerró los ojos mientras la tensión se apoderaba del ambiente. Las hojas del olivo danzaban suavemente, como si quisieran mitigar la violencia de la escena. Con voz profunda y resonante, preguntó: —¿Entonces, de qué se trata realmente, hija? Afrodita bajó la mirada, casi incapaz de sostener el peso de su confesión. Con lágrimas apenas contenidas, continuó: —De lo que ocurrió después… De mi hija. El silencio se volvió denso y cargado de incredulidad. Zeus se inclinó ligeramente hacia ella, y su tono se tornó severo: —¿Tu hija? ¿Por qué nunca me lo contaste, Afrodita? El dolor en las palabras de su hija era palpable, y la atmósfera se volvió casi opresiva. Con voz baja y llena de pesar, Afrodita respondió: —La oculté porque temí que Apolo quisiera eliminarla para borrar el rastro de su terrible crimen, dado que se aprovechó de mi vulnerabilidad para estar conmigo. Sabía que, de haberlo descubierto, su ira podría haber sido aún más destructiva, y no podía permitir que un inocente sufriera las consecuencias de los crímenes de mi hermano. Mientras hablaba, la diosa recordó aquellos momentos en los que el peso de la culpa y la responsabilidad la habían perseguido en cada amanecer y anochecer. El recuerdo la inundaba con imágenes de una noche desbordada de excesos y contradicciones, donde el abuso y la culpa se entrelazaron en un baile fatal. Con el rostro marcado por la tristeza, continuó: —No podía dejar que mi hija creciera en la sombra de ese pecado. Así que, en un acto de desesperación y amor, decidí actuar. Un día, tomé la forma de nuestra hermana Artemisa, y descendí a la Tierra en forma de hombre. Allí, encontré a una mujer que había sido condenada a la infertilidad, una mortal cuyo destino parecía haber sido sellado. Con la astucia y el poder que me caracterizan, implanté en ella un embrión divino, una semilla que, contra toda esperanza, creció y dio lugar a una niña. Esa niña, padre, es mi hija, una bella y maravillosa mujer que heredó en parte la divinidad de los dioses, y en parte la fragilidad de la existencia mortal al nacer de un vientre humano. Su belleza, tan resplandeciente, evoca los tiempos en los que nuestros ancestros caminaban entre los hombres, y su semblante recuerda, en sutil matiz, el de tu propia juventud padre... Zeus se quedó en silencio, procesando aquella revelación. El murmullo del viento parecía ahora resonar con los ecos del destino y la tragedia. Con una mezcla de asombro y pesar, el dios del trueno preguntó, con tono inquisitivo: —¿Y cómo se llama esa mujer? Afrodita negó con la cabeza, como si el nombre pudiera cargar aún más el peso de la culpa y la desesperación. —No se trata de su nombre ahora, padre..Ya habrá tiempo para eso. Lo importante ahora es que su salud está en grave peligro. Si no le otorgas la inmortalidad, ella perecerá, víctima de la fragilidad mortal que la condena a un destino truncado y frágil, como a toda la r**a humana. Zeus, en un tono de reproche y preocupación, replicó: —Hija, ya sabes que no podemos conceder la inmortalidad a cada descendiente que nazca de una unión entre dioses y mortales o en su defecto de un embrión inmortal implantado en un vientre de un mortal como en este caso. El delicado equilibrio del universo se vería alterado si otorgamos a cada ser de esas carácter nuestros poderes y la vida eterna. ¿Qué esperas que haga yo? Afrodita, con el dolor reflejado en cada palabra, suplicó con vehemencia: —Por favor, padre. No hace mucho tiempo le diste la inmortalidad a Samantha, tu otra hija. Esa excepción probó que, en circunstancias extraordinarias, la divinidad puede extender su mano para salvar lo que es justo, te lo suplico. El semblante de Zeus se oscureció momentáneamente, y su mirada se tornó dura. Con voz autoritaria, advirtió: —No me faltes al respeto, Afrodita. Soy tu padre y tu dios, y mis decretos no se toman a la ligera. Samantha es tu hermana, y lo suyo es un caso aparte. Tu madrastra Hera, ya está purgando por su intento de homicidio, su penitencia. La diosa inclinó levemente la cabeza en señal de disculpa, pero su tono se llenó de una mezcla de humildad y desesperación: —Perdón, padre. No fue mi intención desafiarte, pero entiende como padre, es mi hija la que está en peligro inminente. Ella puede morir si no le otorgas la inmortalidad que necesita para sobrevivir en este mundo de frágiles mortales. Durante varios largos instantes, el silencio se extendió entre ambos, interrumpido únicamente por el susurro del viento y el suave murmullo de las hojas del olivo. Zeus, con el semblante marcado por la lucha interna, tomó finalmente las manos de Afrodita entre las suyas. Su agarre era firme y cálido, como si en ese contacto pudiera sentir la fragilidad de la existencia humana y la magnitud del dolor de su hija. —No te preocupes, hija —dijo finalmente, su voz mezclando la autoridad de un dios con la ternura de un padre afligido—. Hallaremos una solución para este dilema. No permitiré que la vida de mi nieta se pierda en el abismo de la mortalidad humana. En ese preciso instante, bajo el manto protector del olivo milenario, Afrodita sintió que una chispa de esperanza comenzaba a encenderse en su interior. La promesa de su padre, aunque velada en las palabras de un ser tan poderoso, le daba un hálito de esperanza. Ambos permanecieron en silencio por un largo rato, permitiendo que la brisa nocturna llevara consigo el eco de antiguos juramentos y secretos olvidados. La noche comenzaba a desplegar su manto estrellado sobre el Olimpo, y las constelaciones parecían contar historias de redención y castigo en cada parpadeo. Zeus, aun meditando en la complejidad de lo expuesto, finalmente dijo: —Investigaremos todas las posibilidades, Afrodita. Debo meditar acerca de las opciones y acerca del equilibrio de los destinos. No obstante, te aseguro que haré todo lo que esté en mi mano para preservar la vida de tu hija. Mientras los destellos dorados se colaban entre las nubes, en otro sector del Olimpo, Fobetor -ajeno a la charla entre Afrodita y su padre- recorría los prados celestiales. Sus pasos eran silenciosos sobre la hierba inmaculada. Sin embargo, aquella tarde no traería la usual paz de la naturaleza divina. En una esquina del camino, mientras Fob se perdía en sus pensamientos y en la frescura del ambiente, la imponente figura de Zeus se adelantó entre la penumbra y la luz. El Dios de Dioses, con su porte inigualable y mirada severa, detuvo de un gesto imperioso al otro dios. Y con voz profunda y resonante, Zeus dijo: —Fobetor, detente. Tengo que hablar contigo. Es hora de cobrarse ese favor… ya sabes cuál. La palabra favor resonó en el silencio del prado, y Fobetor, con el corazón encogido y una mezcla de temor y resignación, asintió lentamente. —Sí, claro, lo recuerdo —respondió con voz resignada, consciente de que el momento había llegado. El ambiente se volvió tenso, como si la misma naturaleza contuviera la respiración ante la inminente conversación. Zeus, que mirando fijamente al atractivo y joven dios, continuó: —Hay una mortal que ha caído en un abismo de excesos. Su adicción al sexo ha alcanzado niveles tan desmedidos que pone en grave riesgo su salud. Fobetor frunció el ceño, confundido y a la vez asombrado. Así que con tono vacilante preguntó: —¿Una humana? ¿Y qué tienes que ver tú con esa humana? Zeus lanzó una risa que retumbó entre los cipreses y los olivos que adornaban el Olimpo. Con desdén y un dejo de ironía, el todopoderoso continuó: —Mi vínculo con ella no es de tu incumbencia Fobetor hijo de Hipnos. Lo que importa es que quiero que intervengas en su vida. Ya sabes bien lo que me debes y es momento de que saldes esa deuda, mi estimado Fobetor. Fob tragó saliva y, a pesar del miedo palpable en su interior, asintió con determinación. —Como te decía antes de que me interrumpieras, esta mortal, llamada Leona, ha perdido el control de sí misma. Sus encuentros carnales desenfrenados han traspasado el límite de lo razonable, y su salud pende de un hilo. Así que quiero que entres en sus sueños y le impongas un terror que la haga replantear sus excesos. El rostro de Fobetor se ensombreció mientras la magnitud del encargo se asentaba en su mente. —¿Quieres que... me metamorfose en algo terrorífico? ¿Como en un monstruo que asuste y haga que ella no quiera tener sexo? —preguntó con voz incrédula ante lo inverosímil del encargo. Zeus esbozó una sonrisa que mezclaba severidad y burla: —Exactamente. Quiero que te conviertas en algo que haga temblar a cualquier mortal. ¡Métete en tus sueños, transforma tu imagen y conviértete en Godzilla o algo semejante! Que tu presencia sea tan temible que ella sienta, en lo más profundo de su ser, el miedo a sus propios deseos desbordados. La propuesta era tan absurda como descabellada. Fobetor se quedó en silencio, procesando la orden divina. La idea de transformarse en una bestia colosal, con escamas oscuras, colmillos afilados y un rugido capaz de quebrantar montañas, no era algo con lo que se sintiera cómodo o seguro de hacer, pero no imposible para él. Sin embargo, la deuda impuesta por Zeus y la autoridad inapelable del Olimpo le dejaban poca opción. —Entendido —respondió finalmente Fobetor, con la voz quebrada por la inquietud—. Me sumergiré en el reino de los sueños de esa humana, Leona y la haré temblar ante la visión de sus propios miedos encarnados en una temible bestia. Zeus asintió con satisfacción, y el ambiente se impregnó de una mezcla de solemnidad y amenaza. Con paso firme, el gran Dios explicó en detalle las razones detrás de la intervención: —Leona ha sido consumida por una adicción que la arrastra hacia la autodestrucción. Los excesos no solo perturban el orden natural, sino que, en su caso, amenazan con desequilibrar la balanza de su vida. Tu tarea es mostrarle, en sus noches más oscuras, lo que puede suceder si no reprime esos deseos. No esperes que sienta compasión o remordimiento; el miedo es lo que se necesita para que se dé cuenta de su situación. ¿Ok? Fobetor asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad en cada fibra de su ser. La idea de transformar los sueños en un campo de terror era algo habitual pero lo que no le decía a Zeus y su renuencia a aceptar ese encargo era que no creía que una persona con esa adicción simplemente se alejara del sexo con un sueño, ya que lo había visto antes y no funcionaba de ese modo, pero pensaba que Zeus no iba a querer escucharlo asi que haría su mejor esfuerzo. —Pero, ¿no hay otra forma de ayudarla? —inquirió Fobetor, con un dejo esperanza temiendo lo que le haría Zeus si no cumplía su encargo. Zeus lo miró con una mezcla de desdén y resignación. Su mirada era tan penetrante como los rayos que lanzaba sobre la tierra, y su voz, implacable, respondió: —Fobetor, la compasión es un lujo que a los mortales se otorga cuando la realidad ya ha pasado de ser tolerable. Esta intervención no se trata de brindar piedad, sino de imponer un despertar. El miedo, si se maneja adecuadamente, es el remedio más efectivo para que una adicción desmedida encuentre límites. No te pido que todos los mortales se enamoren de la misericordia, sino que esta en particular comprenda la gravedad de sus actos y discontinue con sus acciones tan peligrosas. Zeus, al ver la duda en la mirada de Fobetor, añadió con voz firme: —Y no olvides, Fobetor, que este favor es parte de la deuda que tienes conmigo. No puedes fallar. Tu tarea es clara: haz que Leona tema a sus propias pasiones, que en sus sueños se enfrente a una versión de ti tan terrible que la obligue a cambiar su destino. Luego te enviaré una imagen telepática con todos sus datos. Y recuerda, no me interesan las justificaciones. Solo quiero resultados. Sino no responderé de mí, que te quede bien claro. Con esas últimas palabras, Zeus se apartó, dejando a Fobetor solo en medio del vasto campo de flores y hierba dorada. El dios del miedo y las fobias, permaneció quieto unos instantes, dejando que la responsabilidad se asentara en su interior. La tarea le parecía descomunal, y la idea de convertirse en una bestia para alejar a esa humana del sexo le parecía un poco ridícula y hasta inverosímil pero nada se pierde intentando se dijo, aparte le debía ese favor al Dios de Dioses, y no podía fallar. Pues la alternativa era algo mucho peor que él convirtiéndose en Godzilla. *En esta versión de la mitología griega, Afrodita y Apolo son hermanos aunque no lo son realmente en la mitología griega.
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