Leona caminaba sin rumbo fijo, ajena al bullicio de la ciudad y a las luces que titilaban como si intentaran atraparla. El sobre de manila que apretaba contra su pecho ardía como un hierro al rojo vivo. Sabía lo que decía sin necesidad de abrirlo. Su cuerpo, últimamente, le hablaba en susurros que se volvían gritos: el cansancio eterno, las náuseas repentinas, el temblor en las manos. Podía diagnosticar a un paciente a kilómetros, pero no tenía el valor de enfrentar su propia verdad. No quería ir a casa. Allí solo la esperaba el silencio. Un silencio tan denso y frío que le calaba los huesos. No tenía pareja. No tenía hijos. Ni un perro. Ni un gato. Nadie que preguntara si estaba bien, si había cenado, si necesitaba que alguien le tomara la mano. Todo en su vida giraba en torno a la exce

