—¡¿Cómo mierda se metió en mi sueño?! Esa era la gran interrogante que surgía del cerebro embotado de Fobetor, mientras se restregaba la cara y todo el cuerpo con una esponja, intentando desesperadamente quitarse el aroma de esa maldita humana. El chorro helado del agua de manantial escurría por su piel ya roja de tanto frotarse, como si con eso pudiera arrancarse lo que había quedado grabado en su carne. “¿Debería usar lejía para quitarme este olor?”, pensó, mientras arrugaba la nariz. Por más que lo intentaba, el maldito olor a sexo y almizcle de ella se había tatuado en su piel como una sentencia. Cerró los ojos, frustrado, recordando con demasiada claridad el sueño donde la empotraba transformado en su forma de serpiente, sus colmillos rozando su piel, siseándole cosas al oído. Un

