Ese día comenzó como la mierda para Leona, su noche de orgasmos en soledad se había ido al tacho de la basura, después de que su adorado Satisfayer empezara a sonar raro y de un momento a otro, se detuviera.
—¡Maldición!… —masculló la rubia entre dientes y no le quedó de otra que usar sus manos para satisfacer su dolorosa necesidad de sexo. Llevaba una semana así, desde la conversación y “diagnóstico” de Tim y por dios que lo odiaba, pues parecía ser que, en vez de tener una enfermedad renal, había contraído la peste negra. Todas sus citas, por misteriosas razones, le habían cancelado. Carajos.
Cerró los ojos, un tanto frustrada y comenzó a tocarse, partió por sus senos, pellizcando sus pezones endurecidos, y con su otra mano comenzó a bajar hasta llegar a su perfecto y depilado monte de Venus.
Sus dedos jugaban con sus labios, de una forma experta, mientras su índice y su anular se adentraban entre sus pliegues, su pulgar hacía maravillas con ese botón carnoso deseoso de ser consentido.
—Ah…
Su cuerpo vibró con el orgasmo, pero fue tan efímero que se levantó de inmediato y se metió a la ducha, ya vería como solucionaba su creciente necesidad de sexo mientras no interfiriera con su “tratamiento”.
Llegó a urgencias y en menos de lo que dices 'sexo,' ya estaba atendiendo a un paciente, haciendo RCP sobre su cuerpo.
Y ese no fue el único en su lista de pacientes, una embarazada la sacó de sus casillas con su típico drama de querer un parto sin Epidural y a la primera contracción ya estaba gritando como un bellaco recién parido, asustando a todos en la sala de urgencias.
Todo en ese maldito día parecía confabular contra ella…
Cuando la primera parte de su turno terminó, pues había pedido uno de cuarenta y ocho horas, decidió sacar una botella de refresco de la máquina expendedora y peleó con ella porque la maldita se quedó estancada.
Después de patear y dar golpes de puño a la maldita máquina, logró su objetivo y con una tremenda sonrisa triunfal, caminó hasta su consulta. Descansaría una hora y volvería a luchar por salvar vidas.
Entró en su consulta y lanzó el estetoscopio y la bata sobre su perchero, con el ánimo por los suelos y las ganas de follar con lo que fuera que caminara y fuera mayor de edad, se echó en su silla y suspiró, dio un nuevo sorbo a su botella y comenzó a revisar los expedientes de sus pacientes.
Su ronda sería larga, pero eso no le importaba, necesitaba despejar su mente y esa era la mejor terapia.
En, sin darse cuenta cómo, cayó en un profundo sueño…
Su cuerpo se sentía pesado al igual que su alma oscura, pero su v****a se sentía necesitada, ya habían pasado varios días del diagnóstico de Tim y sólo se había podido consolar, valga la redundancia, con su consolador personal y ahora estaba muerto. Y no era porque le faltara un cuerpo con el cual satisfacerse, bueno también era por eso, pero lo que más la había alejado de coger era que los turnos habían sido extenuantes y no le dejaban más que tiempo para comer una sopa de fideos y beber mucho café para sostenerse en pie.
Por eso, al volver a abrir sus ojos y encontrarse con que ya no estaba en su consulta le pareció algo loco.
—“Debe ser un sueño”— pensó en voz alta cuando sintió las manos peludas que la abrazaban desde atrás, y se alarmó, pues claro, al ver que esas manos eran más bien pezuñas que marcaban su piel como si fueran cinceles era lo lógico, pero, paradójicamente esa acción más que asustarse, la excitó aún más.
Estaba desnuda, en un lugar oscuro, era como una mazmorra o algo así, pero no lo tenía claro. Como pudo, se soltó del fiero agarre de la bestia y lo miró a los ojos, esos dos orbes rojos como la sangre que la miraban con furia y algo más que no podía descifrar.
Leona, se alejó, más bien sentía la imperiosa necesidad de escapar, pero su cuerpo no respondía, la bestia era como un imán que la atraía.
El cuerpo frente a ella se le asemejó al fauno de la película esa que vio del español Guillermo del Toro , era alto delgado, con unos cuernos prominentes y esa cara de sufrimiento que marcaba la perfecta mandíbula de la bestia, pero con una gran diferencia al personaje de la película… una muy, MUY grande.
—E… ¿Ese pene es real?—le pregunta no interrumpió su mirada hipnotizada pues no podía quitar los ojos de esa boa constrictora que le colgaba al ser de entre las piernas.
Fob… O más bien, la bestia… la miró no sabiendo si hablar o no, se había transformado en un ser asqueroso, a la vista de cualquiera, pero la mujer solo se preocupaba de ver su m*****o que colgaba aún medio dormido.
“¿En qué mierda se había metido?” y todo por culpa de ese maldito “Me debes una” de Zeus.
Su cuerpo empezó a vibrar, no supo cuándo ni cómo ella se había acercado a él y ahora, con una tremenda expertise tomaba su m*****o con ambas manos que a duras penas lo podían rodear. Y sí, su había inspirado para él diseño en el suyo real solo que no imaginó que ella...
—Es… perfecto, justo lo que me recetó mi doctor—dijo la rubia mordiéndose el labio inferior—. Si esto es un sueño, mierda que me daré un festín con esto.
Fob estaba en estado de shock, lo que el quería era que ella no deseara tener sexo, que el miedo la dejara a ella en SHOCK. De hecho había estudiado todo de ella y pensó, equivocadamente, que transformarse en un demonio asqueroso la haría retroceder.
“¿En qué me equivoqué?” se preguntaba.
En cambio, Leona le estaba demostrando que su enfermedad era más que un juego de niños y que una simple pesadilla no solucionaría. Aunque algo de eso él había sospechado al principio eso se le estaba rápidamente yendo de las manos.
En un abrir y cerrar de ojos lo tenía en el sofá de su consulta o en el altar que había creado para su pesadilla y lo peor de todo es que su cuerpo lo estaba traicionando.
Es que las manos de Leona eran…
¡Por los dioses! Eran el puto paraíso. ¡CARAJO!