Leona manipulaba a la serpiente con manos firmes y delicadas. Había algo inexplicablemente poderoso en esa criatura que se dejaba guiar por sus movimientos expertos, como si supiera que podía confiar en ella. Como si, en esa danza silenciosa, el poder no fuera una cuestión de fuerza, sino de control compartido. Cuando los colmillos tocaron el frío vidrio y comenzaron a caer los pequeños chorros de veneno, los ojos de Leona se quedaron prendados de la nobleza del animal. Casi parecía disfrutar el acto, complacido de ser útil, de ofrecer su letalidad en manos que sabían manejarla. Al terminar la extracción, Leona suspiró con alivio. Pronto, el antídoto estaría listo y su paciente se salvaría de un destino cruel. Una sensación de poder la recorrió como un chispazo interno: había tenido razó

