Capítulo 4. Leona Bialik

1157 Words
POV Fob Mientras me encontraba en mi habitación, en lo alto del palacio ancestral de mi familia en el Olimpo, reflexionaba sobre muchas cosas que pululaban en mi mente. La penumbra de la noche, iluminada por la luz plateada que se filtraba a través de las altas ventanas, creaba un ambiente propicio para la introspección así que reclinado en el gran sillón de terciopelo, mi mente divagaba hacia una figura que no podía olvidar: Leona Bialik. Saboreé su nombre en mis labios sin poder evitarlo. Leona, era la nueva jefa de residentes del Hospital General de Nueva York, y un completo enigma para mí. Había recopilado toda la información disponible que había encontrado sobre ella en redes, y cuanto más aprendía, más crecía mi admiración debía de confesar. Había logrado su puesto por méritos propios, sin recurrir a favores divinos ni a intrigas mitológicas, claro era humana, pues siendo humana tampoco usó artimañas a pesar de provenir de una familia rica e influyente. Así que su ascenso representaba un impresionante logro personal, especialmente en un mundo donde la medicina parecía estar dominada por los cirujanos, esos seres que se erguían como autócratas de la precisión y la destreza quirúrgica. Y sin contar con el factor machista en el asunto, ella estaba triunfando en un mundo que siempre había sido dominado por hombres. Pero volviendo al asunto, Leona había elegido ser médica clínica generalista en un entorno donde los cirujanos eran casi venerados como deidades, lo que hablaba de su valentía y determinación para enfrentarse a los obstáculos. Me sorprendía pensar que, en medio de esa jerarquía casi inquebrantable, había logrado abrirse camino por mérito propio, desafiando las expectativas y demostrando que el coraje y la inteligencia podían brillar incluso no perteneciendo a una familia con 'linaje' médico. La imagen de Leona, con su título en esa foto que vi en su f*******:, llena de satisfacción y orgullo por haber logrado lo que merecía, se había quedado grabada de un modo extraño en mi memoria, haciéndome sentir de algún modo, que este era diferente al resto de mis anteriores encargos. Sin embargo, mientras pensaba en ella, no podía evitar desviar la mirada hacia otro aspecto de su vida, uno tan complejo y contradictorio como ella misma y no pude evitar preguntarme el porqué de este encargo por parte de Zeus. Lo que me trajo hasta aquí en definitiva era su vida amorosa que claramente había estado marcada por una búsqueda constante de intimidad y placer, lo que había resultado en una travesía turbulenta sensual y hedonista, y no era que yo fuera anticuado o machista, si yo había participado de incontables orgías. Pero mientras yo soy un Dios inmortal, ella es una humana bisexual que ha caído en un vicio que la ha consumido más de lo que posiblemente le gustaría admitir: una adicción al sexo que, lejos de ser solo un deleite, se había convertido en una carga pesada para su salud. Según pude informarme, gracias a los datos que me envió Zeus, al principio sus problemas se limitaron a simples infecciones urinarias, consecuencia de encuentros desenfrenados que evidentemente le hacían olvidar el dolor del día a día. Pero con el tiempo, esas infecciones evolucionaron y se convirtieron en infecciones renales, amenazando el frágil equilibrio de su humana vida. Honestamente siempre pensé que era afortunado de que esas dolencias, tan humanas, no tuvieran cabida en el Olimpo. Aquí entre inmortales y seres de leyenda, las orgías eran muy comunes y el desenfreno se celebraba como parte de la existencia divina. Sin embargo, a pesar de que muchos se han dejado llevar por el hedonismo e incluso yo mismo he participado de muchas de las fiestas de Dionisio, la verdad es que en lo personal nunca encontré en ello la satisfacción que realmente he anhelado desde que puedo recordarlo. Por mi naturaleza, quizás demasiado oscura y enigmática, siempre me sentí motivado a buscar algo más profundo, algo más íntimo, menos mundano. No en vano me han llamado el rey de la oscuridad durante eones: no porque rechace el placer a la luz de la oscuridad sino porque puedo encontrar belleza en lugares muy oscuros aunque paradójicamente evite la intimidad como la peste. Sí lo sé, parece que no tiene sentido pero créanme que lo tiene. Así que mi búsqueda de lo íntimo siempre estuvo marcada por episodios que nunca pensé que viviría. Por ejemplo, uno de ellos fue un desliz con Hera, la esposa de Zeus. Sí , la cagué y lo admito. Pero ese encuentro furtivo, cargado de deseo, pareció no tan relevante en su momento, aunque con el tiempo me persiguió como una sombra. Y si no me hubiera dejado llevar por esa pasión prohibida, no estaría en la situación en la que me encuentro ahora, debiendo favores a un dios que no perdona ni olvida. Esa aventura, ese error impulsivo, me enseñó que incluso los placeres más tentadores en el Olimpo pueden acarrear las consecuencias más devastadoras. Mientras me perdía en estos recuerdos, mi mirada se posó en mi PC. Y una nueva foto en f*******: capturó mi atención. La de una hermosa rubia, cuyo encanto me desconcertaba y perturbaba por partes iguales. La imagen de ella provocó en mí una extraña inquietud. Leona, era una mujer deseable que, en teoría, podría atraerme, pero al mismo tiempo, por alguna razón que nunca admitiría en voz alta, me aterraba... La sola idea de sucumbir a sus encantos y ser arrastrado a un torbellino de lujuria que podría arruinar lo poco de control que aún me quedaba sobre mi vida me ponía los pelos de punta. Aparte Zeus claramente no lo aprobaría, ya que estar con ella sería ir en contra de su mandato. Y aunque la idea de rebelarme ante él era tentadora, la posibilidad de tener algún tipo de intimidad con alguien como ella, que parecía capaz de arrastrarme a lo más profundo del abismo, me causaba una extraña inquietud que no podía sacudirme de encima. Definitivamente lo mejor sería deshacerme de ese encargo lo antes posible, sin ninguna duda. Pensando en eso comencé a preguntarme qué disfraz podría adoptar para espantarla y mantener a raya ese impulso s****l que le estaba quitando años a su vida. Tal vez, si me transformara en una criatura temible, algo digno de un mito oscuro, ella se asustaría y huiría de mi presencia sopesé pensativo. Debía investigarla mejor para saber que disfraz usar pero la sola idea me divertía y me llenaba de cierta expectativa. Después de todo, como rey de la oscuridad, asustar siempre había sido parte de mi cometido. Sin embargo, cada vez que pensaba en ello, sentía una punzada de ironía. ¿Cómo un dios de las fobias podía tener tanto miedo a la intimidad y al verdadero compromiso? La respuesta no era sencilla, y a menudo me preguntaba si lo único que me quedaba era resignarme a la caótica naturaleza solitaria de mi existencia.
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