Alissa no tardó mucho en quedarse dormida en el sillón de su departamento sin darse cuenta, sus pesadillas solo aparecían en las noches de tormenta por lo que no temía tener una. Sin embargo, su pesadilla llegó como una suave neblina, como una danza de sombras difusas que se tras dibujaban en la memoria de Alissa. Esta vez se encontraba sola en un campo desolado, cubierto por una espesa niebla que parecía envolverla, densa y fría, mordiéndole la piel. El viento susurraba entre los árboles, sus voces eran ecos distantes, como susurros atrapados entre el tiempo y el espacio, repitiendo su nombre, cada vez más fuerte. De pronto, el paisaje cambió sin aviso y, como si estuviera atrapada en una película desgastada, se encontró corriendo entre los árboles de un bosque oscuro y húmedo. Podía e

