Romina.
Luego de esa junta, los hombres comenzaron a salir.
Uno en particular se quedó de pie en la puerta, esperando a que nosotros saliéramos.
Luis Soto me miraba desde su lugar, analizando mi vestimenta, empezando desde mis piernas y terminando en mis ojos grises.
Su mirada llena de cosas indecorosas.
Ethan venía detrás de mi, yo pasé al lado de Luis sin siquiera mirarlo.
—Ethan, su asistente es muy eficiente— soltó sonriente.
Ethan levantó la mirada y la intercalo entre Luis y yo.
Fruncí el ceño ¿A qué se debía ese comentario?
—Por su puesto que lo es— soltó amargado, mirándolo con esa prepotencia que siempre irradiaba.
Luis soltó una carcajada.
—¿Supongo que no te molestara que la invite a salir?— me miró y sonrió.
Wow ¿Que?
—Ya lo creo, Soto, suerte con eso— palmeó su pecho burlándose, sabía que yo no era una mujer fácil ni mucho menos de andar con sus socios.
Caminamos dejando a Luis parado como imbécil, Ethan me lanzó una sonrisa, la cual yo correspondí rodando los ojos divertida.
Ethan me conocía muy bien, aunque, yo también tenía mis secretos.
Ethan no sabía porque yo había decidido trabajar aquí, habiendo tantos trabajos donde me podrían haber dado un mejor puesto debido a mi título, pero decidí empezar como una simple secretaria.
No era por el puesto, era por la paga.
Necesitaba dinero para sobrellevar la enfermedad de mi madre, y alimentarnos.
Sobre todo, el seguro médico, era muy bueno, cubría por completo los gastos de mi madre, y era algo que jamás dejaría pasar.
Mi madre llevaba tres años luchando contra el cáncer, la quimio estaba dando resultados, había días buenos y días malos, pero no perdíamos la esperanza.
Mi madre tenía mucho por lo que vivir.
Mi hermanito Liam, había sido una sorpresa, porque cuando mi madre se enteró del embarazo, fue cuando se enteró que el cáncer comenzaba, pero a pesar de que le recomendaron interrumpir el embarazo ella no quiso.
Había comenzado el tratamiento a tiempo, y eso nos daba la esperanza de que el cáncer entrara en remisión.
La voz de Ethan me regreso a la realidad.
—Romi, Romi, Romi,— comenzó, chazqueando la lengua negando con la cabeza.
Lo mire con el ceño fruncido.
¿Que dijo?
—Estas muy distraída hoy ¿Todo bien?— sacudí la cabeza y asentí con una sonrisa.
—Si, solo, estaba pensando en que año poner al señor Peterson — le sonreí de forma inocente, escondiendo todos mis pensamientos hasta el fondo de mi cabeza.
Ethan me analizo, frunciendo el ceño y mirándome a los ojos buscando la mentira en ellos.
Suspiro, rendido al no encontrar nada.
—Cancela mi cita con la señorita Samson — fruncí el ceño.
¿Quién carajos era la señorita Samson?
—¿Quién?— pregunté.
Ethan sonrió de lado, burlándose.
— A veces creo que finges o no— me regreso mis propias palabras.
—Oh, la señorita Smith — recalque el nombre, Ethan chasqueo los dedos y me apunto.
—Esa, dile que no estoy disponible hoy, tengo una cena con otra chica — me guiño el ojo con coquetería, fruncí el ceño, no me había dicho nada.
Ethan se sentó en la esquina de mi escritorio, mirándome sonriente.
—Esa no la conseguí yo— dije, alzando una ceja y cruzandome de brazos—¿A caso ya busco a otra para conseguirle sus citas?— pregunté, entrecerrando los ojos e inclinando mi cabeza a la izquierda.
Ethan sonrió y agachó la mirada, una acción que para mí era conocida, tenía algo en mente, y no era nada bueno.
No para mí.
—No, si eres tú la que va a cenar conmigo—
Fruncí el ceño, confundida.
¿Que?
¿Ando muy estúpida hoy o escuché bien?
—Por primera vez te deje sin palabras, gracias a dios— dijo, alzando la manos al aire y mirando hacia el techo.
—Usted ni derecho tiene de mencionarlo con esa boca tan mal hablada— lo reprendi.
—Joder, era demasiado bueno para ser verdad— murmuró, negando con la cabeza y los ojos cerrados, fingiendo decepción.
Solté una risita.
Ethan podía ser el ser más odiado y amado al mismo tiempo, un hombre sin escrúpulos, arrogante y presumido.
Pero yo conocía al verdadero Ethan, y eso fue lo que me enamoró de él.
—¿En qué comento acepte a ir a cener con usted?—
Ethan apretó los labios, cambiando su semblante divertido a uno serio, haciendo que me enderezara en mi lugar, algo andaba mal.
—Tengo cena familiar, y no quiero ir solo, ya sabes, cásate Ethan blah blah, estás comportandote como un adolescente, blah blah — mientas decia blah, su mano simulaba una boca, burlándose de lo mismo de siempre.
Ese era el gran problema de Ethan, no le iban las relaciones, y luego su familia, que no aceptaba su vida de promiscuo.
Torcí la boca, su familia no me agradaba, pero era la familia de mi jefe, su padre era un amor, eso no había duda pero su madre, esa señora era de temer.
—Di que si, prometo darte un aumento— intento negociar.
Alce la ceja.
—¿Me está sobornando?— pregunté, fingiendo estar indignada.
La cara de Ethan paso a ser una de espanto, sacudió las manos negando rápidamente.
—No, lo siento, no me explique, yo...— solté una carcajada.
Ahí se iba el hombre arrogante y prepotente, volviéndose un hombre bromista y relajado.
Sonreí mirando su sonrisa, era estúpido verlo como una idiota enamorada, jamás se daría cuenta.
No podía suceder.
—Quisiera ayudarlo, señor Miller, pero tengo que estar en casa con mi madre— le sonreí triste.
Ethan no sabía de Liam, solo de mi madre, pero no de su condición.
Sabía que solo éramos ella y yo, y por el momento eso estaba bien.
Ethan arrugó la cara.
—¿Crees que me crean que me dio diarrea?— pregunto inocentemente.
Me levanto y palmeó su hombro.
—Buena suerte, campeón — abrí la boca indignado.
—¿A dónde vas? ¡Se supone que estás trabajando!— me grito, mientras yo ya iba a medio pasillo.
—Es hora de mi cigarrillo, ya pedí su almuerzo— le guiño un ojo, y el resoplo.
Era un mal hábito que había adquirido después de que mi padre nos dejó, calmaba la ansiedad, y me ayudaba a concentrar durante la universidad.
Lo deje un tiempo, cuando Liam nació, ese niño era como mi hijo, porque yo me hice cargo de él desde el momento cero.
Liam me llama mamá, y mi madre prefiere que sea así.
Amo a Liam como mi propio hijo, no me interesa que no haya nacido de mi, lleva mi sangre, es mi bebito.
Mientras le doy caladas al cigarrillo, pienso en todo lo que pase desde que mi padre se fue.
Yo tenía 21 años, comenzando la carrera, trabando medio tiempo en una cafetería para pagar la matrícula de la universidad.
Mi padre, era un obrero, trabajaba en una fábrica de hielo, apenas y logramos llegar a fin de mes.
Por eso me decidí a estudiar administración, termine con sudor y lágrimas, con esfuerzo de mi trabajo, doblando turnos, para poder pagar una niñera un par de horas y poder ir a mis trabajos.
No la había tenido fácil, pero ahora puedo darme el lujo de comprarle a mi madre su pastel de chocolate de esa pastelería que está a la vuelta de la casa.
Termino mi cigarrillo y regreso a mi lugar.
La tarde pasa sin ningún inconveniente, Ethan no vuelve a salir de su oficina.
La hora de irme llega.
Apagó la computadora y guardo mis cosas en mi bolso.
La puerta de Ethan se abre, saliendo el también para irse.
—¿Lista?— pregunta, mirando sitraidamente su celular.
¿Para irme? Si.
—Mhm— murmuró.
Ethan levanta la cabeza y me mira, frunce el ceño y asiente distraído.
Bajamos en el ascensor, varios de los compañeros, con los cuales solo he cruzado palabra para lo estrictamente laboral, se adentran en el cubo de metal.
No me gusta socializar mucho, con el que he cruzado más de dos palabras, es con el guardia.
Bajamos y camino hacia la puerta principal, dispuesta a tomar como siempre, el taxi que me llevara a casa.
—¿A dónde crees que vas, Romi?— pregunta Ethan, acercándose a zancadas hacia mi.
Arrugó las cejas y apunto hacia mi espalda, dónde esta la puerta principal.
—¿A tomar un taxi?— pregunté tontamente.
Ethan negó con la cabeza, tomo mi muñeca y me arrastró con él hasta su auto.
Un precioso McLaren gris, último modelo, gritando lujo por dónde sea.
—Hoy, te llevo yo, no conozco donde vives y además, quiero saludar a tu madre— sonrió de lado, abriendo la puerta para mí.
Abrí los ojos asustada, con el miedo inundandome, llenando mis venas de terror puro.
No podía ir conmigo, de ninguna maneras saludaría a mi madre.
Prefería que no supiera nada de mi vida personal, más allá de lo que hay en los expedientes de empleado.
Era verdad que yo lo sabía todo de él, pero no podía confiar en las personas como lo hacía antes, no desde que mi padre nos abandono.
Malditos traumas.
—Escuche, no creo que sea necesario, siempre tomo el taxi, además el lugar donde vivo no está muy lejos— comencé a balbucear, queriendo quitarle la idea de la cabeza.
Algo que jamás podría hacer, porque Ethan Miller era un cabezota.
Chazqueo la lengua y movió la cabeza indicándome que subiera.
—No.— objete.
Ethan se relamio los labios y respiro, buscando la paciencia que siempre sacaba conmigo, de algún lugar muy hondo.
—Romi, sube al puto auto— dijo entre dientes.
Gruño y negando, cruzada de brazos.
Soy el doble de orgullosa que tú Ethan, no podrás.
—Bien, tú me obligaste— fruncí el ceño sin entender.
El moviendo me mareo, haciéndome soltar un grito de sorpresa, al sentir sus manos heladas en mis piernas desnudas.
—¡Ethan!— lo siento, no pude controlarlo, se me escapó, y el hecho de que siempre en mi cabeza lo llamo así, la situación lo ameritaba.
¿El problema?
Ethan me escucho.
Con sus manos aún en mi cuerpo, y yo metida por completo en el auto, Ethan me miraba a los ojos, los cuales se encontraban oscurecidos.
— Repitelo— ordenó, yo fruncí el ceño.
—¿Que? no, fue un error, lo lamento señor Miller — dije apurada.
Ethan gruño, mordiendo su labio, salió para cerrar la puerta y dirigirse al asiento de copiloto.
Mi cuerpo ardía, y no por deseo, si no por vergüenza.
Había cruzado la línea, y no tenía ni idea de lo que me esperaba de ahora en adelante.