El coche redujo la velocidad al entrar en el aparcamiento de una casa sorprendentemente apartada. Habíamos tomado un pequeño camino de grava alejado de la ciudad que conducía a una villa que Sebastián parecía encantado de mostrarme.
Se tomó la libertad de abrirme la puerta y coger mi bolso, ayudándome a entrar. Con cada paso que dábamos, parecía que se encendían más luces, guiándonos por un camino de hormigón que conducía a la puerta principal.
Me llevó por las primeras habitaciones, pasando por la cocina y conduciéndome a una sala de estar bastante grande donde me invitó a sentarme.
—Te traeré una copa de vino, ¿prefieres algo para comer?—. Su mano rozó la punta de mi cabello, bailando alrededor de mi hombro y haciéndome estremecer.
—No, cualquier cosa me vale—. Sonrió y se dio la vuelta hacia la cocina que teníamos detrás.
Saqué mi teléfono del bolsillo del abrigo y vi los mensajes de Franco que llenaban la pantalla.
F: ¡Que te diviertas en tu cita!
F: ¿Todo bien hasta ahora?
F: ¡Y tapa tus chupetones!
Me llevé la mano al cuello al leer el último mensaje y me sonrojé. ¿Chupetones? ¿Tenía chupetones? ¡Ni siquiera había pensado en eso!
—¿Todo bien?—. Me ajusté el cuello del abrigo lo más posible.
—¡Sí! ¿Puedo usar tu baño rápidamente?—. Me giré inocentemente en mi asiento y miré detrás de mí al hombre que sostenía dos copas de vino.
—Al final del pasillo de la derecha, la primera puerta a la izquierda—. Apreté mi bolso con fuerza y lo acerqué a mi pecho, corriendo hacia la esquina y cerrando suavemente la puerta detrás de mí.
P: ¡Todo va bien hasta ahora, gracias!
Guardé el teléfono en el bolso y lo cambié por el corrector que sabía que había metido allí esa tarde, como siempre hacía después de maquillarme. Por suerte, lo encontré en el fondo.
Mis ojos se posaron en mi reflejo y vi los pocos chupetones que salpicaban mi cuello, pero eran de un color morado oscuro. Espero que Sebastián no los haya visto.
No es que me preocupe demasiado, ni siquiera sé si debería llamar a esto una cita, teniendo en cuenta que no me interesa. Pero hicimos un trato. Mientras aplicaba el corrector sobre las marcas visibles, no pude evitar pensar en el hecho de que había sido tan implacable con mis acciones anteriores. Mis decisiones de involucrarme s3xualmente con mis jefes parecían una decisión tan fácil como compleja. Por no mencionar que nunca se me había ocurrido hacer nada s3xual con dos hombres.
No fue tan extraño como pensaba. De hecho, fue... ¿mejor?
Me sentí más completa, más reconfortada. Los sonidos de ambos hombres trabajando para calmar mis nervios con sus caricias relajantes y sus palabras tranquilizadoras. Me sentí mejor que con mis parejas anteriores. No es que mis jefes sean mis parejas. Estoy segura de que para ellos solo fue algo puntual, lo cual no me importa demasiado.
Todo lo que ha pasado hoy ha sido extraño. Solo quiero dormir para olvidarlo.
Mi teléfono vibró en la encimera mientras guardaba el maquillaje.
F: Por favor, ten cuidado. Si hay alguna señal de alarma, vete. Envíame un mensaje cuando llegues a casa.
Sonreí.
P: Lo haré, gracias por preocuparte.
Eché un vistazo al espejo, mirando mi cuello y mi pecho para ver qué tal había funcionado el corrector. Por suerte, ahora apenas se notaban, y guardé el teléfono en el bolso.
*
—Ahí estás, empezaba a pensar que me habías dejado plantado—, dijo riendo, mientras me ofrecía una copa de vino. Se la cogí y la sostuve con la mano mientras me sentaba en el sofá a su lado.
Chasqueé la lengua.
—Lo siento, no creí que hubiera tardado tanto—. Él se limitó a negar con la cabeza para restarle importancia al comentario, mientras yo me acomodaba en el mullido sofá, cruzando una pierna.
—Salud—, dijo con una sonrisa que estiró sus labios carnosos, dando un sorbo rápido y observándome mientras yo llevaba mi copa a los labios. Me sonrojé bajo su mirada y me giré torpemente cuando el sabor afrutado del vino tocó mi lengua. Una ligera nota picante se mezcló al deslizarse por mi garganta. —Bueno—, dejé la copa sobre un posavasos, —tu actuación de esta noche ha sido increíble, la mejor que he visto hasta ahora.
Una risita brotó de mis labios.
—Solo lo dices porque no llevaba ropa interior—, dije y el me sonrió curvando los labios para mostrar sus caninos.
—No voy a mentir, esa parte fue tentadora—, mi mente no pudo evitar fijarse en cómo sus ojos parpadearon, se oscurecieron y recorrieron mi cuerpo. Me produjo una sensación un poco extraña, pero también sé que la personalidad de Sebastián gira en gran medida en torno al coqueteo. Al menos conmigo.
Me aclaré la garganta y volví a coger mi copa. Un sorbo, luego otro, con la esperanza de ahogar mis nervios.
Y lo conseguí. Con consecuencias.
—Vaya—, mi cuerpo se tambaleó, casi cayendo sobre Sebastián, quien tomó mi vaso antes de que se derramara. —Lo siento—, intenté levantarme, pero él me rodeó la cintura con el brazo.
—No te preocupes, cariño, estás bien—. Parpadeé varias veces con la esperanza de que la visión borrosa que nublaba los bordes de mis ojos se desvaneciera rápidamente.
La frialdad de sus dedos rozó mi barbilla, empujando mi cabeza hacia arriba, pero eso solo hizo que mi cabeza diera más vueltas.
—¿Qué pasa, cariño?—, gemí, encogiendo las piernas para quedar medio sentada en su regazo.
No tenía el control.
Sus labios se fundieron con los míos, sujetándome la mandíbula para que no pudiera moverme y tuviera que devolverle el beso. Pero mi cuerpo seguía tenso y, al mismo tiempo, ¿entorpecido? No podía moverme.
Una mano se enredó en mi cabello, tirando de él hacia atrás por un momento y luego besándome de nuevo. Y otra vez. Y otra vez. Cada vez, su mano se movía a otro lugar. De mis hombros a mis brazos. De mi cintura a mis caderas, moviéndome hacia su regazo y luego continuando agarrándome el trasero.
Mis manos finalmente encontraron la fuerza para moverse hacia su pecho y empujarlo.
—Espera... No sé si esto...
—Shh—, sentí la dureza de su dedo al rozar mi labio inferior, separándolo y robándome otro beso.
En ese momento se encendieron todas las alarmas.
—Pero no creo que...—. Mis palabras comenzaron a entrecortarse y, de repente, me levantó en sus brazos, sin otra opción que desplomarme sobre él y luchar por recuperar el aliento.
¿Qué está pasando?
¿Qué me está pasando?
Esas preguntas atravesaron mi mente y me derritieron en mil pedazos cuando me acostaron en una cama. Mi ropa ha desaparecido y mi cuerpo está en pánico.
—Sebastián...—, murmuró contra mi piel, y su aliento caliente me hizo temblar y agarrarme a las sábanas.
—Eres una pequeña coqueta, ¿verdad? Sé que has estado deseando esto.
¿He... he hecho esto?
No quiero estar aquí.
Me sentía atrapada en medio de una cúpula, con las ventanas enjauladas y sin salida. Lo único que podía hacer era sentarme allí, escuchar las palabras vulgares que susurraba contra mi piel y sentir el dolor que me infligía.
Mis pensamientos me atrapaban en esta jaula, envolviéndome y atándome con sus cadenas. Inmovilizándome y obligándome a soportarlo todo.
Grité cuando sus dedos se clavaron en la piel de mi mandíbula, apretando tan fuerte que sabía que me dejaría un moretón. Casi sentí que se rompería. Pasó de mi mandíbula a mi mejilla y luego a mi garganta. Cada lugar tenía un toque más doloroso que el anterior.
Pero eso no era lo que más me dolía.
Lo que más me dolía era cuando me p3netraba a la fuerza. La forma en que me empujaba, agarrándome por los muslos y golpeándome contra él.
—J0der—, jadeó, mirando cómo se entrelazaban nuestros cuerpos. —Estás tan estrecha, cariño. Enséñame cómo lo haces.
Mi cuerpo me traicionó cuando un gemido tras otro se escapó de mis labios, que parecían temblar. Pero no estaba segura.
Tuve que escuchar sus gruñidos y gemidos, f0llándome como un m4ldito animal en celo.
¿Y sabes lo que tuve que hacer?
Tuve que quedarme allí tumbada y aguantar.
¿Qué iba a hacer?
¿Luchar?
...Luchar.
—Para... para...—. Empujé los brazos que me sujetaban la cabeza y él empujó un poco más fuerte contra mi pecho.
—¿Qué ha sido eso, cariño?—. Bajó la cabeza hacia mi cuello y empezó a mordisquearlo y a morderlo, así como mi hombro.
Por alguna razón, no me atreví a repetirlo, pero intenté empujarlo. Intenté cerrar las piernas y darle una rodillazo, empujándolo con todas mis fuerzas, pero mi cuerpo se sentía tan agotado, tan cansado. Y eso pareció excitarlo aún más, ya que me dio una bofetada y me volteó más rápido de lo que podía comprender.
Su mano áspera se enredó en mi pelo y tiró de él.
—Te gusta mucho que te traten con dureza—, grité cuando me dio una bofetada en el trasero y me obligó a ponerme de rodillas, con la cara contra el colchón para proteger mis gritos y llantos. —¿No es así, cariño?
—Dime cuánto te gusta—, grité un poco más, sin saber qué más hacer.
Era inútil.
Sucio.
Oí unos chasquidos, pero mi mente no podía procesar qué eran. Quizás solo eran los muelles de la cama burlándose de mí con cada movimiento lascivo.
No me importaba.
No podía importarme.