Seis meses después
—Aquí está la lista—, Roxana me entregó la famosa lista de “No servir”. Contenía una lista de los hombres que aún no habían pagado todas sus deudas a los hermanos. Tenía sus nombres y una foto de ellos, pero la mayoría aparecían tantas veces que las chicas se habían memorizado sus caras.
Suspiré y hojeé los múltiples papeles, echando un vistazo a su información. Mostraban su nombre, su edad y la cantidad de dinero que debían. Siempre me confundía por qué la gente se dejaba endeudar tanto, deberían saber que eso solo traía consecuencias, especialmente las deudas con los prestamistas.
—De acuerdo, gracias—, dije en voz baja y le devolví el cuaderno. Roxana se dio la vuelta y fue a compartir el cuaderno con el resto de las chicas, mientras yo me preparaba una bebida rápida.
Franco, el camarero, levantó la vista de su teléfono al verme acercarme. Echó un rápido vistazo a mi atuendo antes de dedicarme su sonrisa asesina e inclinarse sobre la barra.
Llevaba lencería negra, pero sin sujetador, debajo de un vestido n***o diminuto, holgado y transparente que llegaba por encima de la mitad del muslo, y unas botas de tacón alto que me hacían un efecto espectacular. El club abriría en 45 minutos y la gente ya hacía cola en la esquina, como de costumbre.
—¿Me pones un poco de vino?—. Sonrió y se inclinó hacia atrás para coger una copa de vino.
—Sabes que no tienes que pedirlo,
—Lo sé, es solo por costumbre—. Él se rió y sirvió vino tinto en la copa hasta llenarla hasta la mitad. Me tendió la copa, nuestras manos se rozaron cuando la cogí y di unos sorbos rápidos.
—¿Nerviosa?—. Di los últimos sorbos de la copa, con los ojos cerrados y sintiendo cómo el líquido a temperatura ambiente se deslizaba con facilidad por mi garganta. Se había convertido en una rutina nocturna: emborracharme antes de abrir para calmar mis nervios.
—Siempre...
—Lo harás muy bien, siempre lo haces—. Me dedicó otra amplia sonrisa, que yo le devolví con vacilación.
*
Tarareé la música, centrándome únicamente en el poste y no en el público. Mi baile de esa noche fue sensual, suave y lento, igual que la música. Mis manos trabajaban sobre mi cuerpo, mis piernas se envolvían con fuerza alrededor del poste mientras colgaba casi boca abajo. Mis manos recorrieron mis curvas, mi cuello y mi cabello. Estaba perdida en la música, en mis pensamientos.
Giré con elegancia alrededor del poste después de desenredar mis piernas, mirando a mi alrededor, al club abarrotado y a los hombres que rodeaban el escenario. Deslicé mis manos por mi vestido, levantándolo y revelando la diminuta prenda que se ceñía a mis caderas. Algunos vitorearon, incapaces de apartar sus pervertidas miradas, y yo continué levantando el vestido hasta el contorno de mis pechos.
El vestido cayó con un ligero rebote y continué mi baile, cambiando a un tono más seductor. El dinero volaba desde lo que parecía el cielo, lloviendo sobre mí y cayendo alrededor de mi escenario. Cada vez que me mostraba un poco más, me lanzaban más dinero. Cada vez que abría las piernas en forma de V para mostrar mi c0ño cubierto, los hombres vitoreaban y me animaban.
Me arrastraba cerca de los hombres, extendiendo la mano como si fuera a tocarlos, pero luego me retiraba. Revelaba algunas partes de mi cuerpo que hacían volar el dinero y que los hombres intentaban tocar, pero una mirada de mi equipo de seguridad los hacía retroceder.
Mis ojos vagaban por el abarrotado club, recorriendo a la multitud que se apretujaba, cuando se encontraron con los de un hombre que destacaba por encima de todos. Una oleada de sorpresa recorrió mi cuerpo cuando descubrí sus ojos.
Estaba apoyado con indiferencia contra la pared, con los musculosos brazos cruzados y flexionados. Tenía un pie cruzado sobre el otro, las mangas remangadas por encima del codo y los brazos cubiertos de tatuajes en blanco y n***o. Los trazos de tinta cubrían casi cada centímetro de su piel áspera, subiendo por las partes de su pecho que se veían a través de la camisa desabrochada. La tenía desabrochada lo justo para provocar y mostrar apenas unos abdominales deliciosamente marcados, pero sus pectorales estaban a la vista. Este hombre tenía músculos sobre músculos: tríceps, bíceps, abdominales, todo.
A la luz, podía ver el brillo de sus orejas perforadas y sus manos cubiertas de anillos, con letras marcadas en cada dedo, pero con la oscuridad no podía distinguirlas.
Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios mientras observaba mi baile erótico, aparentemente encantado con el movimiento del vestido que acompañaba cada pequeño gesto. El pequeño aleteo de los volantes que bordeaban los extremos de mi vestido se elevaba y revelaba más de mis muslos.
Se apartó de la pared, con el pequeño trozo de papel agarrado en la mano y oculto a la vista. Dejó caer el papel en el bolsillo del guardaespaldas, que estaba a punto de protestar hasta que una mirada al rostro del hombre lo hizo palidecer. Sin embargo, mantuvo su actitud estoica.
Mantuve la mirada fija en él, al igual que él en mí, girando alrededor del poste para darle un motivo sugerente, por supuesto, todo por la actuación.
En el descanso, me dirigí a la trastienda con mi guardaespaldas siguiéndome de cerca.
—Penélope, esto es para ti—. Sacó el cheque y me lo entregó, mientras yo lo miraba con curiosidad. Nunca antes había recibido un cheque, siempre dinero en efectivo.
—Gracias, ¿me traes algo de beber, por favor?
—Sí, señora—. Cerró la puerta en silencio cuando entré en mi vestuario.
Con cuidado y delicadeza, abrí el cheque.
A la orden de Penélope Cruz.
3000 dólares.
Terry Simons.
Se que conocía ese nombre, pero por más que lo intentaba, no conseguía recordar su rostro.
Sin pensarlo más, guardé el cheque en mi bolso mientras esperaba pacientemente a que mi guardia regresara con mi bebida.
*
El hombre, Terry, no volvió en toda la noche que estuve allí. Aún no había averiguado por qué había decidido hacerme un cheque, pero no era yo quien fuera a quejarse por el dinero extra, teniendo en cuenta la cantidad que era. Era más o menos lo que ganaba de media cada noche, así que no había nada malo en que se duplicara. Me daría algo de dinero extra para gastar.
—¿Te vas?—, preguntó Franco asomándose por encima de la barra.
—Primero voy a cobrar, solo para ver cuánto he ganado esta noche—, murmuró, dando un trago a lo que fuera que estaba bebiendo, mientras yo hojeaba los numerosos dólares y los contaba mentalmente.
2500.
No pude evitar sonreír, sin duda había sido una buena noche, pero eso es habitual los viernes. Por no mencionar que había sido gracias a ese cheque.
—¿Es normal que las chicas reciban cheques?—. Él arqueó una ceja y dejó el vaso sobre la barra de mármol con un tintineo.
—Por supuesto que no, déjame ver—, le pasé el cheque, observando nerviosa mientras sus ojos recorrían cada letra antes de abrirse lentamente con incredulidad. Retrocedió, volvió a leerlo y se atragantó con su propia saliva.
—¿Simons? ¿Terry Simons? ¿Como los hermanos Simons?
—¿Sí...?
—Este tipo firma los cheques de Jackson. Es uno de los propietarios del club, él y Horacio Simons son hermanos.
—Oh, qué bueno que estuviera aquí, nunca había visto ni conocido a los propietarios desde que...
—Cariño, no te interesa verlos por aquí. Solo vienen cuando hay algún problema—. Probablemente era la primera vez que veía a Franco abandonar su tono y actitud juguetones y ponerse serio.
—¿Un problema? ¿Qué tipo de problema?—. Pude ver cómo se mordía el interior de la mejilla, escaneando el club, aún medio lleno, como si buscara testigos de nuestro encuentro. No me dio nada de buena espina.
—Nada, vamos, te acompaño fuera.