FRANCO
Los pelos de la nuca se me erizaron, más alerta al mirar hacia el escenario de Penélope y verlo desierto por primera vez en mucho tiempo. ¿Llega tarde?
Volví a mirar mi teléfono.
P: Lo haré, gracias por preocuparte.
Nunca me envió un mensaje para decirme que había llegado a casa, y desde entonces estaba muy nervioso. No ayudaba que cierto bastardo engreído hubiera estado pavoneándose con una maldita sonrisa en la cara toda la noche.
Me fijé en la marca de arañazo que tenía en el cuello y lo observé con cautela.
Si se acostó con él, bien por ella, pero fue vista por última vez con él y ahora ha desaparecido de repente.
Sinceramente, nunca me gustó ese bastardo engreído. Horacio me asignó algunos pedidos con él y lo único que sabe hacer es alabarse a sí mismo. De alguna manera, siempre encuentra la forma de desviar el tema hacia su gloriosa persona. Siempre hubo algo raro en él, pero como no lo conozco bien, siempre me las arreglé para ignorarlo.
—Sebastián —lo llamé, y lo vi girarse y mirarme. Se acercó con aire despreocupado—. ¿Dónde está Penélope?
Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios, pero se encogió de hombros.
—Salí de la ducha y ya se había ido, ¿por qué? ¿Te gusta?—. Se inclinó sobre el mostrador, observando mi expresión con un brillo de arrogancia.
—Es solo que no sabía dónde estaba. No la he visto hoy—, respondí entre dientes.
—¿Así que sí? Qué pena me das.
—¿Y eso qué significa?—. Me estaba cansando la actitud de este tipo. No estaba enamorado de ella, ella es como mi hermana. Y algo en su sonrisa me decía que algo iba mal.
—Significa que perdiste tu oportunidad. Probablemente se esté recuperando. Anoche la pasó mal —. Volvió a sonreír, pero antes de que pudiera decirle lo que pensaba, se alejó tranquilamente.
Apreté los puños bajo el mostrador, taladrando agujeros en la parte posterior de su cabeza antes de que desapareciera tras la esquina.
—¿Qué está pasando?—. Una voz me sacó de mi ensimismamiento, lo suficientemente familiar como para distinguir que era Terry.
—Nada—, fue todo lo que respondí antes de girarme para mirarle a los ojos. Observé su mirada indiferente, apoyado contra la barra, recorriendo el club con la vista antes de fijarla en el escenario vacío. Vi cómo entrecerraba los ojos y volvía a mirar alrededor del club.
Sonreí con aire burlón:
—Penélope no está aquí.
—¿Por qué llega tarde?—. Sacó una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de su pantalón, cogió uno y lo encendió.
—No lo sé—, respondí, haciendo una pausa al ver cómo movía la pierna y fruncía el ceño. ¿Acaso...?
—¿Qué? ¿Hay alguien más aquí que sienta algo por Penélope? Creo que te han ganado la partida.
—¿Me ha ganado?—. Arqueé una ceja. —Sebastián vino aquí presumiendo de cómo se la había f0llado anoche.
Quiero mucho a mi mejor amiga, de verdad, pero si hizo lo que creo que hizo con los hermanos, tiene que empezar a elegir mejor a los hombres con los que pasa el tiempo. A pesar del aspecto de los hermanos y de que pueden tener a cualquier mujer que quieran, normalmente al mismo tiempo, son los últimos hombres con los que se debería estar. Por separado y juntos.
No quería que se mezclara con nuestro mundo.
Apretó la mandíbula y luego la cerró con fuerza.
—Cuando llegue, envíala a mi oficina.
Pero pasaban las horas y ella no aparecía. Y mi preocupación seguía creciendo.
*
Al día siguiente
Los segundos se convirtieron en minutos mientras esperaba fuera de su puerta, dudando si llamar. Ni siquiera sabía por qué. Llevaba bolsas de comida que se enfriaban por momentos. Solo esa sensación angustiosa me ponía nervioso.
Solo necesitaba asegurarme de que estaba bien. Nunca había tardado tanto en aparecer por el trabajo sin enviar al menos un mensaje. Y el hecho de que no hubiera enviado ningún mensaje la noche anterior era aún más preocupante.
Por supuesto, había varias posibilidades. Podría estar dormida, pero creo que me habría enviado un mensaje anoche... Por eso sentía que algo no iba bien.
Y las reacciones de Terry y Sebastián me pusieron nervioso.
Llamé dos veces a su puerta, con fuerza para que pudiera oírme. Espero haber acertado con la dirección; recuerdo haberla dejado allí una vez, pero nunca entré. Aunque ella me envió el número de su apartamento por si acaso.
La puerta crujió y me llamó la atención, apenas se abrió porque tenía la cadena puesta. Solo asomó un ojo.
—¿Franco?—, preguntó vacilante.
—Hola, sí, me preocupé porque no apareciste por el trabajo y no enviaste ningún mensaje... así que te traje algo de comida.
—Oh... He faltado al trabajo esta semana, no me encuentro muy bien—, miré detrás de la mujer bajita y vi su apartamento, que estaba muy ordenado.
—Bueno, ¿puedo pasar?—. Se mordió el labio, miró hacia atrás y luego asintió. La puerta se cerró suavemente antes de que oyera cómo se soltaba la cadena y se entreabría. Empujé la puerta y la vi correr hacia el fondo.
—Dame un segundo—, dijo.
Mientras esperaba, dejé la comida sobre la mesa frente a su sofá. Había una copa de vino y un vaso vacío sobre ella.
—No sabía qué te gustaría, así que solo compré pizza.
—Sí, está bien, aún no he comido nada—. Volvió a aparecer por la esquina y lo primero que me llamó la atención fue su pelo. Las que antes eran largas melenas estaban cortadas a la longitud perfecta; aparte de un ligero desequilibrio, le quedaba j0didamente bien.
—¿Te has cortado el pelo? ¿Cuándo?—. Le cogí la mano con delicadeza y la llevé hasta el sofá para que se sentara, pero no pasó desapercibido su gesto de rechazo. Extendí la mano para tocarlo, pero ella se apartó inmediatamente y carraspeó sutilmente.
—Anoche—, dijo mientras deslizaba nerviosamente la mano por su brazo cubierto por el jersey, sin atreverse a mirarme a los ojos más que durante milésimas de segundo.
Algo seguía sin cuadrar.
—¿Qué c0ño te ha hecho?
—¿Eh?—. Su voz seguía temblorosa y esta vez sus ojos se encontraron con los míos.
—Llevas mucho corrector, se nota claramente, y sé que no estás enferma. La última persona con la que estuviste fue Sebastián—. Se tensó. —Y desde entonces noto que algo no va bien. Ni siquiera me enviaste un mensaje cuando llegaste a casa. ¿Qué c0ño te hizo ese idiota?—. Tragó saliva con dificultad, mirando nerviosamente por toda la habitación, y supe por experiencia que estaba buscando una excusa, una mentira.
Lo supe por la forma en que se tiró de las mangas y se mordió el labio, cogió la copa de vino de la mesa y la llenó hasta un cuarto de su capacidad.
Sus ojos se humedecieron, le temblaban las manos mientras se servía la copa y se la bebía de un trago.
—Penélope...—. Una lágrima resbaló por sus mejillas enrojecidas que ni siquiera el maquillaje podía ocultar. Se sirvió más en la copa y fue entonces cuando se la quité.
—¡No lo sé! ¡No sé qué me hizo!