Subjetividad

4940 Words
No contrapongo las relaciones de producción económica a las relaciones de producción subjetiva. Me parece que, al menos en las ramas más modernas, más avanzadas de la industria, se desarrolla un tipo de trabajo al mismo tiempo material y semiótico. Pero esa producción de competencia en el dominio semiótico depende de su confección por el campo social como un todo: es evidente que para fabricar un obrero especializado no existe sólo la intervención de las escuelas profesionales. Existe todo lo que pasó antes, en la escuela primaria, en la vida doméstica, toda una suerte de aprendizaje que consiste en habitar la ciudad desde la infancia, ver televisión, en definitiva, estar inmerso en todo un ambiente maquínico. En realidad, la producción de un bien manufacturado no se restringe a una esfera, a la esfera de la fábrica. La división social del trabajo implica una cantidad enorme de trabajo asalariado fuera de la entidad productiva (en los equipamientos colectivos, por ejemplo), y de trabajo no asalariado, sobre todo el trabajo hecho por las mujeres. Aquello que llamé producción de subjetividad del CMI no consiste únicamente en una producción de poder para controlar las relaciones sociales y las relaciones de producción. La producción de subjetividad constituye la materia prima de toda y cualquier producción.  La noción de ideología no nos permite comprender esta función, literalmente productiva, de la subjetividad. La ideología permanece en la esfera de la representación, cuando la producción esencial del CMI no es sólo la de la representación, sino la de una modelización de los comportamientos, la sensibilidad, la percepción, la memoria, las relaciones sociales, las relaciones sexuales, los fantasmas imaginarios, etc. La producción de subjetividad se encuentra, y con un peso cada vez mayor, en el seno de aquello que Marx llama infraestructura productiva. Es algo muy fácil de verificar. Cuando una potencia como Estados Unidos quiere implantar sus posibilidades de expansión económica en un país del llamado Tercer Mundo, comienza, antes que nada, a trabajar los procesos de subjetivación. Sin un trabajo de formación previa de las fuerzas productivas y de las fuerzas de consumo, sin un trabajo sobre todos los medios de semiotización económica, comercial, industrial, las realidades sociales locales no podrían ser controladas. La problemática micropolítica no se sitúa en el nivel de la representación, sino en el nivel de la producción de subjetividad. Se refiere a los modos de expresión que pasan no sólo por el lenguaje, sino también por niveles semióticos heterogéneos. Por lo tanto, no se trata de elaborar una especie de referente general interestructural, una estructura general de significantes del inconsciente al cual se reducirían todos los niveles estructurales específicos. Se trata de hacer exactamente la operación inversa, que a pesar de los sistemas de equivalencia y de traducibilidad estructurales va a incidir en los puntos de singularidad, en los procesos de singularización que son las raíces productoras de la subjetividad en su pluralidad. Todos los fenómenos importantes de la actualidad implican alguna dimensión del deseo y de subjetividad. Si tomamos el caso de Irán o de Polonia, no se consigue explicar qué está sucediendo en estos países si no se entiende hasta qué punto se está dando una producción de subjetividad colectiva que, con mucha dificultad, se expresa como rechazo a cierto tipo de orden social. Las referencias universitarias y políticas tradicionales, el marxismo clásico o un remiendo freudiano-marxista no dan cuenta de esos problemas del deseo a escala colectiva. Algunos de los fenómenos religiosos que se están dando actualmente —como aquello que reúne al pueblo de Afganistán en su lucha contra el opresor soviético o lo que está sucediendo en Irán— no pueden ser explicados únicamente en términos de ideología. En mi opinión, se trata de procesos de constitución de la subjetividad colectiva que no son el resultado de la sumatoria de las subjetividades individuales, sino de la confrontación con las maneras con las que hoy se fabrica la subjetividad a escala planetaria. Aquellos a los que se ha convenido en llamar «trabajadores sociales» —periodistas, todo tipo de psicólogos, asistentes sociales, educadores, animadores, gente que desarrolla cualquier tipo de trabajo pedagógico o cultural en comunidades de periferia, en los barrios de viviendas sociales, etc.— actúan de alguna manera en la producción de subjetividad. ¿Pero quién no trabaja en la producción social de subjetividad? No veo inconveniente en eso, ya que es inevitable a estas alturas. No pienso que sea posible ni deseable volver a una producción de subjetividad que consistiese, por ejemplo, en reglamentar el paso de una franja de edad a otra, a través de sistemas de iniciación —es verdad que esos ritos constituyen sistemas de fiesta y de representaciones maravillosas, pero son también extremadamente crueles. Estamos embarcados en este proceso de división social general de la producción de subjetividad y no hay vuelta atrás. Pero, por eso mismo, debemos interpelar a todos aquellos que ocupan una posición docente en las ciencias sociales y psicológicas, o en el campo del trabajo social, todos aquellos cuya profesión consiste en interesarse por el discurso del otro. Se encuentran en una encrucijada política y micropolítica fundamental. O hacen el juego a esa reproducción de modelos que no nos permiten crear salidas a los procesos de singularización o, por el contrario, trabajan para el funcionamiento de esos procesos en la medida de sus posibilidades y de los agenciamientos que consigan poner a funcionar. Eso quiere decir que no hay objetividad científica alguna en ese campo, ni una supuesta neutralidad en la relación, como la supuesta neutralidad analítica. En realidad, esas teorías sirven para justificar y legitimar la existencia de esas profesiones especializadas, de esos equipamientos discriminadores y, por lo tanto, de la marginalidad de algunos sectores de la población. Las personas que, en los sistemas terapéuticos o en la universidad, se consideran simples depositarias de un saber científico o simples canales de transmisión del mismo, sólo por eso, ya hicieron una opción reaccionaria. Sea cual sea su inocencia o su buena voluntad, ocupan efectivamente una posición de refuerzo de los sistemas de producción de la subjetividad dominante. Y no se trata del destino de su profesión. En Francia, en el 68, se debatía esa cuestión y se consideraba sistemáticamente a los «psi» (psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas) y en general a los trabajadores sociales como «gendarmes». Ahora no hay profesión alguna que sea esencialmente policíaca, a no ser la propia profesión de policía, y hasta eso es discutible. Desde el punto de vista micropolítico cualquier praxis puede ser o no policíaca; ningún cuerpo científico, ningún cuerpo de referencia tecnológica garantiza una justa orientación. La garantía de una micropolítica procesual, aquella que construye nuevos modos de subjetivación singularizante no se encuentra en ese tipo de enseñanza. La garantía de una micropolítica procesual sólo puede —y debe— ser encontrada a cada paso, a partir de los agenciamientos que la constituyen, en la invención de modos de referencia, de modos de praxis. Invención que permita elucidar un campo de subjetivación y, al mismo tiempo, intervenir efectivamente en ese campo, tanto en su interior como en sus relaciones con el exterior. Para el profesional de lo social, todo dependerá de su capacidad de articularse con los agenciamientos de enunciación que asuman su responsabilidad en el plano micropolítico. MAURICIO LISSOVSKI: Una de las grandes cuestiones actuales en la práctica política es la de cómo investir «deseantemente» los procesos de producción capitalista de subjetividad. Esa cuestión tradicionalmente se ligaba a la noción de ideología. Si recordamos a Brecht, su proyecto implica una crítica que parte de una conciencia del político-actor para llegar a la concienzación de las masas. Pero, si pretendemos subvertir la subjetividad, tenemos que actuar críticamente y abandonar propuestas como las de Brecht. Tenemos que abandonar la noción de ideología y, junto a ella, la problemática de la conciencia. Una práctica política que persiga la subversión de la subjetividad que permita un agenciamiento de singularidades deseantes debe investir el propio corazón de la subjetividad dominante, produciendo un juego que la revele, en lugar de denunciarla. Esto quiere decir que, en lugar de pretender la libertad (noción indisolublemente ligada a la de la conciencia), tenemos que retomar el espacio de la farsa, produciendo, inventando subjetividades delirantes que, en su embate con la subjetividad capitalística, provoquen que se desmorone. Cualquier revolución a nivel macropolítico concierne también a la producción de subjetividad. 2. Subjetividad: sujeto (individual o social) versus agenciamientos colectivos de enunciación En lugar de sujeto, de sujeto de enunciación o de las instancias psíquicas en Freud, prefiero hablar de «agenciamiento colectivo de enunciación». El agenciamiento colectivo no corresponde ni a una entidad individuada, ni a una entidad social predeterminada. La subjetividad es producida por agenciamientos de enunciación. Los procesos de subjetivación o de semiotización no están centrados en agentes individuales (en el funcionamiento de instancias intrapsíquicas, egoicas, microsociales), ni en agentes grupales. Esos procesos son doblemente descentrados. Implican el funcionamiento de máquinas de expresión que pueden ser tanto de naturaleza extrapersonal, extra-individual (sistemas maquínicos, económicos, sociales, tecnológicos, icónicos, ecológicos, etológicos, de medios de comunicación de masas, esto es sistemas que ya no son inmediatamente antropológicos), como de naturaleza infrahumana, infrapsíquica, infrapersonal (sistemas de percepción, de sensibilidad, de afecto, de deseo, de representación, de imagen y de valor, modos de memorización y de producción de ideas, sistemas de inhibición y de automatismos, sistemas corporales, orgánicos, biológicos, fisiológicos, etc.). Toda la cuestión está en elucidar cómo los agenciamientos de enunciación reales pueden poner en conexión esas diferentes instancias. Está claro que no estoy inventando nada: esa posición puede aun no estar verdaderamente teorizada, pero, con certeza, está plenamente en acción en todo el desarrollo de la sociedad. 3. Producción de subjetividad e individualidad Sería conveniente disociar radicalmente los conceptos de individuo y de subjetividad. Para mí, los individuos son el resultado de una producción en masa. El individuo es serializado, registrado, modelado. Freud fue el primero en mostrar hasta qué punto es precaria esa noción de totalidad de un ego. La subjetividad no es susceptible de totalización o de centralización en el individuo. Una cosa es la individuación del cuerpo. Otra la multiplicidad de los agenciamientos de subjetivación: la subjetividad está esencialmente fabricada y modelada en el registro de lo social. Descartes quiso unir la idea de subjetividad consciente a la idea de individuo (unir la conciencia subjetiva a la existencia del individuo) y hemos estado envenenándonos con esa ecuación a lo largo de toda la historia de la filosofía moderna. No por eso deja de ser verdad que los procesos de subjetivación son fundamentalmente descentrados en relación con la individuación. Podría citar otros ejemplos. En el modo de subjetivación del sueño, es fácil constatar una explosión de la individuación de la subjetividad. En el acto de conducir un automóvil, no es la persona en tanto individuo, en tanto totalidad egoica la que lo está conduciendo; la individuación desaparece en el proceso de articulación servomecánica con el automóvil. Cuando la dirección fluye, es prácticamente automática y la conciencia del ego, la conciencia del cogito cartesiano no interviene. De repente, hay señales que requieren nuevamente la intervención de la persona entera (es el caso de las señales de peligro). Está claro que siempre se reencuentra el cuerpo del individuo en esos diferentes componentes de subjetivación; siempre se reencuentra el nombre propio del individuo; siempre existe la pretensión del ego de afirmarse en una continuidad y en un poder. Pero la producción del habla, de las imágenes, de la sensibilidad, la producción del deseo no se ajustan en absoluto a esa representación del individuo. Esa producción es adyacente a una multiplicidad de agenciamientos sociales, a una multiplicidad de procesos de producción maquínica, de mutaciones de los universos de valor y de los universos de la historia. Por lo tanto, fundar sobre otras bases una micro política de transformación molecular pasa por un cuestionamiento radical de esas nociones de individuo, como referente general de los procesos de subjetivación. Parece oportuno partir de una definición amplia de subjetividad, como la que estoy proponiendo, para, en seguida, considerar como casos particulares los modos de individuación de la subjetividad: momentos en los que la subjetividad dice yo, o superyo (ego o superego), momentos en los que la subjetividad se reconoce en un cuerpo o en una parte de un cuerpo, o en un sistema de pertenencia corporal colectiva. Pero ahí también estaremos delante de una pluralidad de abordajes del ego y, por lo tanto, la noción de individuo va a continuar expandiéndose. El lucro capitalista es, fundamentalmente, producción de poder subjetivo. Eso no implica una visión idealista de la realidad social: la subjetividad no se sitúa en el campo individual, su campo es el de todos los procesos de producción social y material. Lo que se podría decir, usando el lenguaje de la informática, es que, evidentemente, un individuo siempre existe, pero sólo en tanto terminal; esa terminal individual se encuentra en la posición de consumidor de subjetividad. Consume sistemas de representación, de sensibilidad, etc., que no tienen nada que ver con categorías naturales universales. Voy a dar un ejemplo que puede parecer obvio. Los jóvenes que pasean por las calles equipados con un walkman establecen con la música una relación que no es «natural». Al producir ese tipo de instrumento (ya como medio ya como contenido de comunicación), la industria altamente sofisticada que lo fábrica no está haciendo algo que simplemente transmite «la» música u organiza sonidos naturales. Lo que esa industria hace es, literalmente, inventar un universo musical, otra relación con los objetos musicales: la música viene de dentro y no de un punto exterior. En otras palabras, lo que esta industria hace es inventar una nueva percepción. Otro ejemplo es el de los niños. De hecho, ellos perciben el mundo a través de los personajes del territorio doméstico, sin embargo esto es sólo en parte verdadero. Gran parte de su tiempo discurre delante de la televisión, absorbiendo relaciones de imagen, de palabras, de significaciones. Tales niños tendrán toda su subjetividad modelizada por ese tipo de aparato. Otro ejemplo, aun, son las experiencias hechas por antropólogos en sociedades llamadas primitivas. Han presentado videos a algunas tribus y han constatado que el video era mirado como un objeto incluso divertido, pero como cualquier otro. Esa reacción nos muestra que el tipo de comportamiento que consiste en quedarse completamente concentrado en el aparato, en una relación de comunicación directa, sólo existe en nuestra sociedad. Es ella la que lo produce. Parto de la idea de una economía colectiva, de agenciamientos colectivos de subjetivación que, en algunas circunstancias, en algunos contextos sociales, pueden individualizarse. Para ilustrar eso, tomemos el ejemplo particular y obvio del lenguaje. Ferdinand de Saussure fue uno de los primeros lingüistas que estableció el carácter fundamentalmente social del lenguaje, su carácter de hecho social que se encarna en lenguas y agentes individuados. Está claro que no son dos individuos, un emisor y un receptor, los que inventan el lenguaje en el momento en el que están hablando. Existe el lenguaje como hecho social y existe el individuo hablante. Lo mismo ocurre con todos los hechos de subjetividad. La subjetividad está en circulación en grupos sociales de diferentes tamaños: es esencialmente social, asumida y vivida por individuos en sus existencias particulares. El modo por el cual los individuos viven esa subjetividad oscila entre dos extremos: una relación de alienación y opresión, en la cual el individuo se somete a la subjetividad tal como la recibe, o una relación de expresión y de creación, en la cual el individuo se reapropia de los componentes de la subjetividad, produciendo un proceso que yo llamaría de singularización. Si aceptamos esa hipótesis, vemos que va más allá de la circunscripción de los antagonismos sociales a los campos económicos y políticos, la circunscripción del objeto a la lucha por la reapropiación de los medios de producción o de los medios de expresión política. Es preciso entrar en el campo de la economía subjetiva y no restringirse al de la economía política. Frente a ese sistema de mediación intrínseco a los procesos de deseo por el lenguaje, pienso que es necesario elaborar otra concepción de lo que es efectivamente la producción de subjetividad, la producción de enunciados en relación a esa subjetividad. Una concepción que no tenga nada que ver con postular instancias intrapsíquicas o de individuación (como en las teorías del ego), ni instancias de modelización de semióticas icónicas (como encontramos en todas las teorías relativas a las funciones de la imagen en el psiquismo). Un ejemplo de estas últimas es la teoría freudiana: Freud quiso construir una economía social de la subjetividad a partir de los sistemas de identificación y de toda la problemática de los ideales del ego. No es verdad lo que dicen los estructuralistas: no son los hechos de lenguaje ni los de comunicación los que producen subjetividad. La subjetividad es manufacturada como lo son la energía, la electricidad o el aluminio. Un individuo es el resultado de un metabolismo biológico del cual participan su padre y su madre. Podríamos ver las cosas de esa manera, pero, en realidad, la producción del individuo ahora depende también de la industria biológica y hasta de la ingeniería genética. Y es evidente que, si esa industria no se hubiese lanzado en una carrera permanente para responder a las oleadas de virus que atraviesan regularmente el planeta, la vida humana habría sido destruida. Es el caso de la expansión del sida que lleva a una caza del tesoro de inmenso alcance, a una carrera permanente para encontrar la respuesta. Actualmente, el perfeccionamiento y la producción de respuestas inmunológicas forman parte de la creación de la vida en este planeta. No existe una subjetividad del tipo «recipiente» donde se colocarían cosas esencialmente exteriores, que serían «interiorizadas». Tales «cosas» son elementos que intervienen en la sintagmática de la subjetivación inconsciente. Son ejemplos de «cosas» de este tipo: cierta manera de utilizar el lenguaje, de articularse con el modo de semiotización colectiva (sobre todo de los medios de comunicación de masas); una relación con el universo de las tomas de corriente eléctrica, en las cuales uno puede electrocutarse; una relación con el universo de circulación en la ciudad. Todos éstos son elementos constitutivos de la subjetividad. El individuo, a mi modo de ver, está en la encrucijada de múltiples componentes de subjetividad. Entre esos componentes algunos son inconscientes. Otros son más del dominio del cuerpo, territorio en el cual nos sentimos bien. Otros son más del dominio de aquello que los sociólogos americanos llaman «grupos primarios» (el clan, el grupo, la banda). Otros, incluso, son del dominio de la producción de poder: se sitúan en relación con la ley, la policía e instancias de género. Mi hipótesis es que existe también una subjetividad aun más amplia: es lo que llamo subjetividad capitalista. Sería conveniente definir de otro modo la noción de subjetividad, renunciando totalmente a la idea de que la sociedad, los fenómenos de expresión social son la resultante de un simple aglomerado, de una simple sumatoria de subjetividades individuales. Pienso, por el contrario, que es la subjetividad individual la que resulta de un entrecruzamiento de determinaciones colectivas de varias especies, no sólo sociales, sino económicas, tecnológicas, de medios de comunicación de masas, entre otras. [En el debate impulsado en el Curso de Psicoanálisis del Instituto Sedes Sapientiae (São Paulo 31/08/1982)]. MARIO FUKS. Por lo que entendí, usted plantea que las mutaciones, las variaciones en la metodología de modelización corresponderían, en última instancia, a mutaciones generales en la producción de la subjetividad. Mi pregunta es: ¿existiría una articulación directa (y, en caso positivo, en qué grado) entre las transformaciones que vienen ocurriendo en la producción de subjetividad y las mutaciones de modelos psicoanalíticos que se vienen produciendo desde hace casi un siglo de historia del psicoanálisis? GUATTARI. Un hecho subjetivo es siempre engendrado por un agenciamiento de niveles semióticos heterogéneos. El engendramiento histórico de las modelizaciones del inconsciente corresponde a un fenómeno de inmensa transformación de los modos de territorialización subjetiva. Algunos modos de referencia subjetiva o modos de producción de subjetividad fueron literalmente barridos del planeta con el ascenso de los sistemas capitalistas. Se puede decir que existe un movimiento general de desterritorialización de las referencias subjetivas. Hasta la Revolución Francesa y el romanticismo, la subjetividad permaneció ligada a modos de producción territorializados —en la familia extensa, en los sistemas corporativos, de castas, de segmentación social— que no reconducían la subjetividad operativa al nivel específico del individuo. Con la emergencia de un nuevo tipo de fuerza colectiva de trabajo, con la delimitación de un nuevo tipo de individuación de la subjetividad, se instaló la cuestión de como inventar nuevas coordenadas de producción de la subjetividad. Historiadores como Philippe Ariès, Donzelot y otros han mostrado como se ha ido asistiendo a un confinamiento de la familia y a una delimitación de la infancia. En los sistemas anteriores a las formaciones capitalistas, la producción de la subjetividad en el niño no estaba completamente centrada en el funcionamiento de la familia conyugal. Una compleja economía de integración de las distintas franjas de edad y de articulación con el campo social circundantes, mantenía la subjetividad en relaciones de dependencia permanente. Las disparidades eran siempre, de algún modo, complementarias. Tenemos varios testimonios literarios de esta complementariedad. Un ejemplo que se me ocurre es el de la relación entre Don Quijote, un señor, y Sancho Panza, su criado. Tal vez éste no sea el mejor de los ejemplos, pues lo que conocemos de la relación señor / criado a través de esta obra corresponde, en realidad, a un esbozo de desterritorialización de que esta relación ya se estaba dando en esa época. La noción de responsabilidad individuada es una noción tardía, así como las nociones de error y de culpabilidad interiorizada. En cierto momento, se asistió a un confinamiento generalizado de las subjetividades, a una separación de los espacios sociales y a una ruptura de todos y cada uno de los antiguos modos de dependencia. Con la Revolución Francesa, no sólo todos los individuos se volvieron de derecho, y no de hecho, libres, iguales y hermanos (y, perdieron sus adhesiones subjetivas a los sistemas de clan, de grupos primarios), sino que también tuvieron que rendir cuentas a leyes transcendentales, leyes de la subjetividad capitalista. En esas condiciones, fue necesario fundar el sujeto y sus relaciones sobre otras bases: la relación del sujeto con el pensamiento (el cogito cartesiano), la relación del sujeto con la ley moral (el numen kantiano), la relación del sujeto con la naturaleza (otro sentimiento con respecto a la naturaleza y otra concepción de naturaleza), la relación con el otro (la concepción del otro como objeto). En esa deriva general de los modos territorialidades de la subjetividad se desarrollaron no sólo teorías psicológicas referentes a las facultades del alma, sino también una reescritura permanente de los procedimientos de subjetivación en el campo general de las transformaciones sociales. La evolución de la novela como un todo puede ser remitida a esas diferentes tentativas de creación de sistemas de referencia para los nuevos modos de producción de la subjetividad. Es interesante señalar como los sistemas de modelización de la novela están siempre, en cierta manera, relacionados con los sistemas de modelización del psiquismo. Freud siempre buscó sus referencias en la mitología antigua, sin embargo, las traducía a un cierto tipo de novela familiar mucho más próxima a la obra de Goethe, por ejemplo. No obstante, para mí, es evidente que los mayores psicoanalistas no son ni Freud, ni Lacan, ni Jung, ni nadie de ese tipo, sino gente como Proust, Kafka o Lautréamont. Estos últimos consiguieron representar las mutaciones subjetivas mucho mejor que las empresas de modelización premeditadamente científicas. También los sistemas de modelización presentes en las concepciones de la organización de las luchas sociales están relacionados con los sistemas de modelización del psiquismo. Basta pensar en los tipos de producción subjetiva engendrados por el movimiento obrero, a través de la II Internacional, del leninismo o del maoísmo. Tal vez se trate de algo mucho menos palpitante que las expresiones ficcionales del sentimiento, pero sin duda alguna nos remiten a un modo de expresión que no tiene nada que ver con referirse directamente a la evolución de la subjetividad burguesa. Si considerásemos lo que efectivamente pasa en el campo de la creación artística y científica, jamás encontraríamos sistemas de centralización, instituciones que controlasen totalmente los procesos creativos. De algún modo, las producciones artísticas y científicas proceden de agenciamientos de enunciación que a la vez atraviesan no sólo las instituciones y las especialidades, sino además países y hasta épocas. Hay siempre una suerte de multicentrismo de los puntos de singularización en el campo de la creación. Esto no impide que haya, en un momento o en otro, un individuo creador o una escuela —pero siempre es retomado por un phylum de producción que se cruza con otro phylum. Sólo en la cabeza de los generales y de los déspotas de la cultura existe la idea de que se pueda planear una revolución, aunque ésta sea cultural. Por esencia, la creación es siempre disidente, transindividual, transcultural. 4. Singularidad versus individualidad [Reunión en el Instituto Freudiano de Psicoanálisis (Río de Janeiro, 10/09/1982)]. PREGUNTA ¿Usted plantea que todo proceso de transformación pasa por la singularización? ¿Quiere decir, entonces, que todo cambio es individual? GUATTARI. No, no se trata de eso. Estoy intentando decir exactamente lo contrario: la subjetividad colectiva no es el resultado de la suma de subjetividades individuales. El proceso de singularización de la subjetividad se hace confiriendo, asociando, uniendo dimensiones de diferentes especies. Puede suceder que procesos de singularización portadores de vectores de deseo se encuentren con procesos de individuación. En ese caso, se trata siempre de procesos de responsabilización social, de culpabilización y de entrada en la ley dominante. Creo que la relación entre singularidad e individualidad queda mejor planteada de esa manera, y no en una disyunción absoluta, que implica el mito de un retorno a la singularidad pura, a una conversión pura al proceso primario. Hay un permanente entrecruzamiento en el que se puede plantear la cuestión de forma concreta: ¿cómo articular un proceso de singularización, que se produce al nivel fantasma del objeto de deseo o a cualquier otro nivel pragmático, con los procesos de individuación que nos invaden por todos lados? ¿Qué procesos de individuación son ésos? Un primer nivel de individuación, más obvio, el hecho de ser individuos biológicos, comprometidos con procesos de nutrición, de supervivencia. Una cuestión que ya se plantea en este primer nivel es la de cómo evitar que eso se convierta en una pasión de muerte, en una problemática como la que encontramos en la anorexia o en la melancolía. Otro nivel de individuación es el de la división s****l: somos hombres, mujeres u homosexuales, en todo caso, somos algo perfectamente de referencia. Otro nivel aun, es el de la individuación en las relaciones socioeconómicas, la clase social que estamos forzados a asumir. Todos esos ejemplos nos muestran que la propia perspectiva de la individuación coteja diversos procesos de integración y normalización. La cuestión que se plantea es saber cómo una micro política de procesos singulares se articula con esos procesos de individuación. Todo el desarrollo de la filosofía, desde Descartes, y todo el desarrollo de la psicología, desde teóricos como Taine y Wundt, tienden a querer relacionar la subjetividad con una identidad individual, considerando que los conjuntos familiares y sociales serían superestructuras en relación con la subjetividad individuada. Desde mi punto de vista, es esto lo que está en la base de todas las visiones reduccionistas en el campo de la fenomenología y de la psicología. En realidad, los comportamientos y las incorporaciones en los sistemas de valor jamás provienen de esa individuación. La relación que se establece entre el ego y la persona social y jurídica hace que se tienda siempre a responsabilizar a las funciones de la subjetividad. Se da entonces un fenómeno de reificación social de la subjetividad, con todos sus contra-efectos de represión, de culpabilización, etc. Estamos totalmente prisioneros en una especie de individuación de la subjetividad. En este sentido, me parece que la cuestión no es propiamente la de resguardarnos en el nivel de nuestra individualidad. En este caso, corremos el riesgo de permanecer girando sobre nosotros mismos, como si estuviésemos con un terrible dolor de dientes y sin que pudiéramos desencadenar procesos de singularización ya sea en el nivel infra personal ya en el nivel extra personal, puesto que para eso es necesario conectarse con el exterior. Cuando digo «proceso de subjetivación», de «singularización», no tiene nada que ver con el individuo. Desde mi punto de vista, no existe unidad evidente de la persona: el individuo, el ego o la política del ego, la política de la individuación de la subjetividad, son correlativos a sistemas de identificación de modelos. 5. Subjetividad: cadena de montaje en el capitalismo y en el socialismo burocrático El CMI se afirma en modalidades que varían de acuerdo con el país o con el estrato social a través de una doble opresión. Primero, por la represión directa en el plano económico y social —el control de la producción de bienes y de relaciones sociales a través de medios de coerción material externa y de la sugestión de contenidos de significación. La segunda opresión, de igual o mayor intensidad que la primera, consiste en que el CMI se instale en la propia producción de subjetividad: una inmensa máquina productiva de una subjetividad industrializada y nivelada a escala mundial se ha convertido en una realidad sobre la base de la formación de la fuerza colectiva de trabajo y de la fuerza de control social colectivo.
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