SIDNEY Empujo mis miedos al fondo de mi mente y entro a la suite. Nuestras maletas ya están allí. Señalo la cómoda: —¿Puedo usarla? —Usa todos los cajones y el espacio del clóset que quieras. Hay mucho lugar —anuncia. No debería sorprenderme. La cómoda y el clóset son enormes. Aun así, los observo con asombro. Comienzo a desempacar y le digo: —Gracias. Cuando llego a mi ropa interior, Scott bromea: —Ah, ¿trajiste las panties de abuelita? Me giro hacia él, respondiendo de forma cortante: —¿Puedes dejarme en paz? Y deja de juzgarme por todo. Estoy harta. Él levanta las manos y suspira: —Sidney, ¿no habíamos hecho las paces? Perdón por ser un idiota. Bien, quizá necesito trabajar en eso del perdón. —No solo fuiste un idiota. Fuiste ofensivo, grosero y faltaste al respeto —lo regaño.

