Capítulo 1: El regreso de los silencios

1038 Words
Capítulo 1: 《《El regreso de los silencios》》 El aire del pueblo olía distinto a como Frank lo recordaba. Tal vez era el mar. O tal vez él ya no era el mismo. La vieja casona de su madre lo esperaba sobre la colina, rodeada de maleza y silencio. Habían pasado catorce años desde la última vez que cruzó ese portón oxidado. Ahora, con una llave nueva en el bolsillo y el corazón cargado de dudas, sabía que no solo volvía por una venta: venía a cerrar una historia. Descendió al centro del pueblo a pie. Todo parecía detenido en el tiempo. Los mismos carteles, las mismas caras, y sin embargo, algo lo incomodaba. Lo hacía sentir extraño, casi intruso. Ya hacía muchos años que se había marchado de allí, por lo que por mas que todo siguiera igual, él ya no era el mismo y eso era lo que no lo dejaba sentirse parte. Caminó por un largo rato, mirando todo como que lo conocía, pero a la vez no. No había nadie en las calles por el clima sin embargo a Frank no le importaba, o mas bien no se daba cuenta de que estaba caminando sin sentido alguno. De repente algo llamó su atención, no era nada a la vista, si no más bien lo que sintió, aunque no sabía porque se sentía de esa manera. Frente a una pequeña florería de vidrios empañados, se detuvo sin saber por qué. No se veía hacia adentro, ni un poco, pero su reflejo tampoco era ña mejor visión. El cartel colgante decía “Raíces” en letras gastadas y sin iluminación. Entró sin pensarlo demasiado. Su cuerpo avanzó sin pedirle permiso, cuando quiso acordar ya estaba cerrando la puerta detrás de si. Un leve tintineo anunció su entrada, alertando al dueño de la tienda. Detrás del mostrador, Micaela organizaba unas hortensias azules que le habían llegado ese mismo día. Levantó suavemente la vista y lo vio. Esa mirada. Ese rostro. Un eco de otro tiempo. Pensó por un breve instante que lo conocía, aunque estaba cambiado, mas grande, mas musculoso, ya era un hombre, y uno muy guapo. Decidió hablar para agilizar el ambiente. —¿Qué flores está buscando? —preguntó con voz firme, aunque su pulso se aceleró de inmediato. Sí lo conocía Frank la observó por unos segundos antes de responder. No por falta de palabras, sino porque algo en ella lo descolocó. "Es una mujer muy hermosa" fue lo primero que vino a su mente, y luego notó que su rostro le resultaba vagamente familiar. —No lo sé. ¿Qué se lleva alguien que vuelve a un lugar al que juró no regresar? - Dijo mientras la seguía observando Micaela lo miró con los ojos entrecerrados. No sabía que hacer con lo que se le había cruzado por la mente hace solo un momento. —Depende. Si viene a pedir perdón, lirios. Si viene por orgullo, orquídeas. Si no sabe lo que quiere... —se inclinó hacia las flores del fondo— tal vez debería irse sin comprar nada. Ella era una experta en flores y sabía lo que sé necesitaba para cada ocasión. Aunque no siempre todo se soluciona con flores, por eso la última opción que le ofreció Frank sonrió de lado, curioso. "Ella es muy espontánea" pensó él y eso le llamó la atención. —¿Siempre tan directa con los clientes? - tuvo que preguntar —Solo con los que no compran flores. - Dijo ella de manera un tanto sarcástica. Hubo un instante de silencio. Ella volvió a mirarlo fijamente. No podía ser. Pero su voz, su forma de sostenerle la mirada… Era él. Frank Umpiérrez. El que se fue sin despedirse. El hijo de Fatima, la mujer que lloraba sola en el cementerio cada septiembre. ¿Cómo olvidarlo? ¿Cómo no recordar a esa mujer? Era imposible no hacerlo, era él, no había duda de eso. Pero Frank no la recordaba a ella como ella lo hacía con él. Hacía muchos años que se había ido, ella solo era una adolescente en aquel entonces, había cambiado, ahora era una mujer. Para Micaela cuando se miraba en el espejo solo veía que los años habían pasado, notaba su crecimiento, sobre todo de su cuerpo, pero no era la gran cosa, seguía siendo la misma Micaela de 14 años que quedó allí cuando él se fue. —¿Frank? —dijo, sin querer. En verdad no quería hacerlo, ella ya estaba segura de que era él, no era necesario comprobarlo, pero su estúpida boca que habla antes de que el cerebro lo procese. Él frunció el ceño. —¿Nos conocemos? - Preguntó de inmediato Micaela se tensó. Se obligó a no retroceder. Si él no la recordaba, mejor así. —Del pueblo. Todo el mundo se conoce acá —mintió. No quería quedar al descubierto Frank bajó la mirada hacia un ramo envuelto en papel kraft, sin dudar de su respuesta, aunque algo no sonaba bien ahí. Lo tomó sin preguntar más. —Me llevo este —dijo, dejando unos billetes arrugados sobre el mostrador. Antes de salir, se volvió hacia ella. —¿Cómo te llamás? - Necesitaba saber su nombre, no sabía por qué, pero lo necesitaba. —Micaela —respondió ella sin pensarlo mucho, solo dio su nombre, si con eso no la recordaba, él se lo perdía. Él asintió levemente, como si el nombre le activara una memoria lejana. Pero no dijo más. No quería pensar mucho, no ahora. Tenía demasiado en su cabeza como para sumar algo mas. Se dio la vuelta y salió de la florería como había llegado: en silencio, con algo sin cerrar. Al llegar a afuera volvió a mirar el cartel y en su interior pensó que esa no sería la última vez que lo vería. Micaela lo siguió con la mirada hasta que desapareció por la esquina. Se quedó inmóvil. Con el ramo aún en la mano. Y con el pasado temblando en su pecho. No sabía que sucedería, pero estaba convencida de que no lo volvería a ver. Ya había pasado mucho tiempo desde la última vez, quizás esta vez no sería diferente.
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