capitulo 36

1106 Words
—Va a encontrarme, Ragnar — le informo, porque estoy segura de que lo hará. No sé porqué, pero lo presiento. Confío en que lo haga. —Eso nunca estuvo en cuestión. Si quisiera mantenerte escondida, ya estarías fuera del país, Valerie — se quita una pelusa imaginaria de la camisa, antes de mirar su reloj de muñeca. Realmente me sorprende la monotonía con la que habla. La forma desinteresada en que se desplaza, respira, acciona. —Si sabías que lo haría, ¿por qué secuestrarme así? — me quejo, comenzando a perder los nervios. Estoy aterrada, y mi histeria pende de un hilo. Quiero hacerme bolita y desaparecer. Al mismo tiempo, quiero soltarme de las cuerdas y huir. Pero no hay deseo más presente en mis pensamientos que el de correr hacia los brazos de Balthazar, esconderme en ellos. Quiero llorar de solo pensar que hace menos de treinta minutos estaba allí. Protegida, sintiendo su calor y su anhelo. —Quería que él sintiera lo que yo he sentido por años, Valerie — revela, frío. Se gira y va hacia el único mueble que hay en la habitación. Una mesa debajo de un ventanal tapado por largos tablones de madera —. Que sintiera lo que es no tenerte, perder lo que le da maldito sentido a su vida — golpea la mesa, y me sobresalto. No puedo dejar de notar que los tres hombres restantes en la habitación, también lo hacen. Parecen cautelosos mientras miran a... ¿su jefe? No lo sé. Debe ser alguien muy importante para ellos, sí teniéndole el terror que veo que le tienen, siguen acatando sus órdenes. O tal vez por ese mismo miedo lo hacen. —¿Asesinó a tu novia? — deduzco, con un nudo en la garganta que no debería estar allí. No por el tipo que está secuestrándome, y, sobre todo, no por el demonio que se gira con una caja de cerillas en la mano. —¿A mi novia? — sonríe sin gracia alguna. Me observa y niega —. Balthazar hizo arder al maldito amor de mi vida, Valerie — se enoja, y la llama de la rabia vuelve con fuerza. —Ragnar... — me remuevo cuando veo que saca una cerilla y la arrastra por la parte áspera, prendiéndola. —Y yo planeo devolverle el favor — dice, y grito de horror cuando lo lanza sobre lo que ahora comprendo que ese extraño olor era, gasolina. En cada pared de la habitación. —¡No! — suplico, entrando en pánico. Pero es demasiado tarde. El fuego se expande al instante. El calor incendia mi piel, pero aún no me toca. —Fue un gusto, Valerie — grito cuando Ragnar me da una última mirada llena de nada, antes de salir de la habitación. Sus hombres le siguen, y yo comienzo a llorar. —¡No! ¡Por favor! — suplico, me remuevo. Grito por auxilio, pero el humo comienza a ahogarme. El fuego está lejos todavía, pero el calor es corrosivo. Tiro de las sogas, pero no ceden — ¡Ragnar! ¡Por favor! — lloro. «¡Balthazar! — el grito desgarra mi voz. Pero a este se suma otro de sorpresa cuando la puerta se vuelve a abrir con brusquedad, un minuto después. Una silueta aparece entre el humo y el fuego. Toso y parpadeo para ver de quién se trata, pero de repente son más, muchos más. Hombres, vienen hacia mí. —¡Valerie! — gimo de alivio cuando escucho el bramido desesperado de Balthazar. Un segundo después, lo tengo frente a mí, y lloro de alivio. —Balthazar — gimoteo, y veo como sus ojos se llenan de alivio, de calidez. —Estoy aquí, nena. Ya te saco — promete, desatando las ataduras. Al instante, me abalanzo a sus brazos, y me levanta con él. —Sabía que vendrías — lloro en su cuello mientras nos lleva fuera de la casa que empieza a arder. Y es tan extraño que la salida sea tan fácil. Sus hombres nos aclaran el camino, pero el fuego parecía más letal cuando estaba en la silla. Ahora, mientras Balthazar me saca de la casa, noto que el fuego es demasiado moderado para ser planificado. —Que no te quede ni una maldita duda en la cabeza. Siempre vendré por ti, Valerie — sonrió entre lágrimas, y me permito dejar de pensar mientras me enredo entre sus brazos. Me agarra las piernas para que le rodee la cintura, esconde mi rostro en su cuello para que deje de respirar el humo, y me abraza a él, evitando por cualquier medio que el fuego me toque. En segundos, estamos fuera, y me permito respirar profundo el aire despejado. Baltazar nos aleja todo lo posible del humo, y me mete en un coche. Cuando me deja en el asiento trasero, se me mete entre las piernas y me revisa por todos lados, desesperado. —Estoy bien — aseguro, con la voz ronca. Pero no se detiene. —¿Te ha golpeado? ¿Te hizo alguna herida de algún tipo? Háblame, Valerie — ordena, levantando mi blusa para asegurarse que ninguna herida me divide la piel. —Balthazar — susurro, tomando sus manos para detenerlo. Me sorprendo al ver que tiemblan, y cuando lo miro a los ojos, el pecho se me agarrota al ver la tortura en su mirada chocolate. —Joder, Val, no sabes la mierda que pasé pensando... — se detiene, tragando duro. Niega, como si quisiera sacudir un pensamiento —. Te tengo. Te tengo, joder — gruñe, agarrandome de la nuca para llevarme a sus brazos. Gime cuando lo abrazo devuelta. Inhala profundo sobre mi cabello, y sus manos me tocan por todos lados, desesperado. —Estoy bien. Me tienes — lo tranquilizo, dejando besos en su cuello. Pero cuando pega su frente a la mía y me mira, un nudo me sube a la garganta al verle tan afectado. Y por fin caigo en lo peligroso de lo que acaba de pasar. En que pude haber muerto allí adentro. Sin embargo, cuando Balthazar me vuelve a abrazar a él y miro por las ventanas del coche, noto que las llamas del fuego ni siquiera se han extendido a la habitación contigua, y los hombres de Balthazar ya casi han apagado el incendio con algunas mantas. Levanto las cejas, sorprendida. Pero por fin noto algo que me detiene el pulso. Ragnar está a unos metros. Retenido por más de seis hombres sobre el suelo de grava. Gritando. Y nosotros por fin comenzamos a calmarnos como para escuchar lo que dice.
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