Las almas oscuras más poderosas del otro lado son las que más almas se han cargado y más podrido han dejado al mundo humano.
Comprendo eso. Sin embargo, a pesar de tener toda esta nueva información, mi situación es la que Balthazar no me está aclarando. Ahora entiendo más o menos su procedencia y el destino de todos los humanos, pero nada de lo que me ha contado explica nuestra disfuncional relación.
—Bien, supongamos por un momento que lo que dices no está a punto de dejar frito mi cerebro y que entendí todo lo que me has contado acerca de ti y de todo lo demás — le entrecierro la mirada y lo señalo con mi tenedor —. Me has dicho todo eso, pero sigues sin explicar mi estadía aquí y la del niño que está creciendo en mi vientre, Casper — lo acuso.
Otra pequeña sonrisa surca en sus labios al escuchar mis palabras mientras observa con diversión el filo del tenedor con el que estoy apuntándole, casi haciendo flaquear mi seria expresión al ver su tierna reacción.
Casi.
—Técnicamente, está creciendo en tu útero... — se burla, haciéndose el tonto para enojarme.
—Balthazar — me quejo, pero no puedo evitar la sonrisa que me divide la cara.
—Bien, voy a explicártelo, pero debes seguir comiendo mientras lo hago — expone sus requisitos, y al instante asiento. Sigo muerta de hambre, así que no veo el caso en discutir cuando me pone un segundo plato de lasaña.
—Vale, mandón — le muestro cómo me meto el tenedor en la boca y trago la comida. Su mirada se llena de calor, pero veo que se contiene, y agradezco que uno de los dos pueda hacerlo, porque sigo sin mis respuestas.
—Son pocos los casos como el mío. Pero cuando se dan, cada vez que un demonio puro nace del otro lado, para crear un equilibrio, el universo se manifiesta y procrea un alma pura capaz de encajar al completo con la del nuevo individuo, de contrastar lo n***o de un alma nacida en la oscuridad, con lo claro de un alma pura, creando un balance entre los dos lados — explica. Su oscura mirada me mira con cautela, y frunzo el ceño —. Tu eres a quien crearon a partir de mí y para mí, Valerie — termina.
Sin darme tiempo a contestar o a si quiera procesar lo que acaba de soltarme, Balthazar se adelanta y sigue hablando. Me quedo muy quieta cuando rodea la isla y viene hacia mí.
—¿Estás queriendo decir que nosotros...? — mi pregunta queda en el aire, porque asiente.
—Desde tu nacimiento, tu destino siempre ha estado atado al mío y el mío al tuyo. Esto es a lo que los humanos vulgarmente se refieren con almas gemelas, y a lo que mi gente llama destinados. Tu alma ha estado atada a la mía desde el momento de tu concepción, desde el mismo momento en que me materialicé por primera vez en este lado — sigue explicando con lentitud, hasta que se detiene a un lado de mi butaca, posando su cadera contra el mármol de la isla y cruzando sus brazos mientras me observa con seriedad —. La primera vez en mis quinientos años que mi secta me invocó al mundo de los vivos, fue exactamente el mismo día en que tu alma encajó en este mundo para darle equilibrio al universo. Para darme equilibrio a mí— explica, pero estoy completamente en blanco.
«Nunca había sido materializado en este lado hasta hace diecinueve años, cuando tu fuiste concebida y creada para mi — dice.
—Materializado... ¿cómo? — susurro, descolocada.
—Estando en el limbo, era solo un alma vagando con la forma de un hombre. Un hombre que no se podía ver ni tocar. Solo yo podía ver lo que me componía. Para el resto, era lo que tú no paras de llamarme, un fantasma. El día en que me materializaron por primera vez, se hizo un ritual en el que mi alma fue atraída hacia el mundo de los vivos por completo. Mi cuerpo se volvió corpóreo y visible — explica, lento.
Proceso lo que me dice, pero se escucha tan loco. Tantas preguntas surgen, tantas incógnitas sin resolver. Pero lo único que me sale, hace que Balthazar deje caer la cabeza hacia atrás y se ría ronco.
—Espera, ¿dijiste que tienes quinientos años? ¿Estuviste cuando crearon la primera Coca-Cola? — me sorprendo, pero escucharle reír hace que me relaje un poco.
—Más bien cuando crearon la brújula — dice, y mi mandíbula casi cae al suelo.
—¿De verdad? — susurro, asombrada. Asiente, y ahora tengo muchas más preguntas que antes.
—De verdad. Aunque viví la mayoría de mis quinientos años en el limbo, cada cambio, cada evolución, guerra o colonización, todo lo ví con mis propios ojos — explica, y a pesar de que todo lo que dice me causa muchísima curiosidad, hay una pregunta que no me deja de retumbar en la cabeza.
Lo miro, dejando de lado la comida, y me sorprendo cuando me mira atentamente, pareciendo analizar mis expresiones con una lupa. Vuelve a estar serio, como si supiera lo que estoy a punto de preguntar.
—¿Por qué ahora? Si tienes quinientos años, ¿por qué tardaste tanto en ser invocado por tu secta a este lado y en crearme a mí? — pregunto, insegura.
Mi pecho se contrae al verle tensar. Sus oscuros ojos se llenan de frialdad, y noto que se relame los labios, pensando en cómo decir lo que creo ya saber
Balthazar nunca quiso un alma gemela o una destinada. Balthazar no me quería.
Por segundos, Balthazar me observa con un atisbo de indecisión en su castaña mirada, tal vez inseguro de sí contármelo o no, o tal vez buscando la mejor manera de decirme que en sus intenciones nunca estuvo la posibilidad de tener un alma gemela.
Balthazar por fin parece rendirse ante sus pensamientos y suelta un suspiro cansado. Me sorprendo cuando se inclina sobre mí para tomar los bordes de la butaca donde estoy sentada y hacerme girar. Me obliga a enfrentarlo, y él se mete entre mis piernas, con sus musculosos brazos enjaulándome.
—En todos mis quinientos años de existencia en el limbo, me había negado completamente a la idea de estar atado a un humano o una humana, de depender física y emocionalmente de alguien que no sea de mí mismo. Puede que fuera egoísta, pero esto es lo que soy, Valerie, nací de la codicia y del egoísmo, soy un demonio, no un príncipe azul — suelta con aspereza, paseando sus ojos por mi rostro con rapidez —. Toda mi vida he pensado que el lazo se trata de eso, de dependencia. Nos obliga a estar juntos porque no podemos estar con otros y sentir por ellos lo que sentimos por nuestros destinados. Le llaman lazo porque nos atan sin nosotros pedirlo, sin darnos una maldita opción — no parece contento con lo que dice.