—Claro que volví, niña tonta. Nunca dejaría a mi hijo y a mi mujer — la ronca voz de Balthazar me estremece, pero más lo hace el significado de sus palabras.
¿Acaso acaba de decir su hijo y su mujer? ¿Su hijo?
Sus palabras me paralizan y le observo con mis ojos muy abiertos mientras mis manos se aferran a sus bíceps con temor. Mis uñas le arañan la piel, pero no parece importarle. O sentirlo. En cambio, su profunda mirada marrón, analizan mi reacción con ese extraño brillo, que parece no abandonar nunca su mirada. Parece divertido de dejarme muda.
— ¿Realmente creíste que me tomé el tiempo de traerte hasta mí para luego abandonarte como si nada? — pregunta, logrando sacarme de mi estado de shock y sorprendiéndome de nuevo con sus palabras —. Nunca volverás a caminar por este mundo sin mí a tu lado, Valerie — asegura y frunzo el ceño, porque parece una advertencia
—Tú, maldito... — gimo cuando estampa su boca contra la mía, volviendo a evitar que pueda pensar con claridad.
No puedo evitar gemir al sentir como su boca se pega a la mía, como su lengua se hace paso dentro de mi cavidad bucal y sus manos tiran de mis piernas para rodearle la cintura. Jadeo por la sorpresa cuando sus palmas van a mi trasero y me sujetan con firmeza.
—Te odio — gimo entre besos y le siento sonreír engreidamente contra mi boca.
Su beso es exigente y devora mis labios con fervor, en tanto comienza a subir los peldaños de la escalera. Con una rapidez sorprendente, nos lleva habitación principal. El movimiento hace que nuestros sexos se friccionen y me vuelva aún más idiota.
¿En dónde mierda están mis bragas? Me pregunto cuando siento el contacto de la tela de sus pantalones, directamente contra mis pliegues mojados. Y se siente tan bien, que tengo que apartar nuestras bocas para gemir. Escondo mi rostro en su cuello para ahogar mis gemidos en su piel.
—Esto no va a salvarte de nada — gimoteo. Este hombre me hace débil.
—No quiero ninguna salvación de lo que puedas hacerme, nena — me agarra la nuca y tira con firmeza para volver a tomarme la boca, en el momento justo en el que pasamos el umbral de la habitación principal.
Su voz ronca llamándome nena le hace algo a mi estómago. La sensación se vuelve aún más poderosa cuando me deja en la cama y desgarra mi camisón en el proceso. Quedo desnuda y totalmente expuesta ante sus ojos, que no se pierden ningún detalle.
—Ya tienes las tetas más grandes — traga grueso y me sonrojo. Me miro los pechos y lo único que noto diferente es que están más sensibles. Sin embargo, entiendo al instante porque lo dice.
—¡No lo están! — me quejo y los cubro. Pero la sensibilidad al tocarlos contradice mis propias palabras —. Tu idiotez es la que está más grande — lo miro mal.
Balthazar me ignora, realmente concentrado en analizar mi cuerpo mientras se deja caer de rodillas sobre el suelo y tira de mis tobillos para posicionar mi culo en el borde del colchón. Pataleo cuando me obliga a flexionar mis piernas y a dejar mi sexo a la misma altura que su ingle, remarcando lo alto que es al quedar su cintura a la altura de la alta cama.
Me retuerzo incómoda, porque sus ojos me miran atentamente, bajando por todo mi cuerpo hasta quedarse sobre mi vientre, el cual no duda en acariciar con sus manos, logrando hacerme consciente de lo que ha dicho en las escaleras hace unos minutos.
Él cree que estoy embarazada y eso es absurdo. Él es un ex fantasma, es imposible, ¿no? Además de que se supone que la inyección anticonceptiva que me di semanas antes de venir de Philadelphia dura tres meses y yo tan solo voy uno. No puedo quedar embarazada, ¿o sí? Fue hace poco tiempo que me la di, ¿verdad?
Por fin reacciono y me enderezo en la cama, quedando medio acostada medio sentada y sosteniéndome con mis codos para poder observarle mejor mientras él sigue entre mis piernas.
—No estoy embarazada, Balthazar, tenía la inyección cuando tuvimos sexo — digo exasperada, no con él, sino conmigo misma al no estar completamente segura de sí lo que digo es cierto. Mentalmente hago las cuentas de cuándo fue la última vez que fui a ponerme la inyección. Pero no puedo recordarlo y eso me asusta.
Sumándole a mi miedo, recuerdo que mi apetito sí ha aumentado gradualmente estas semanas. Tensa, miro mi vientre plano y noto que... se encuentra un poco más redondeado e hinchado por ello, pero eso no tiene que significar que esté embarazada. Es por toda la comida que Abby me da.
¿Verdad?
Mi periodo debería llegar en estos días, por lo que tampoco puedo verificarlo con eso, lo cual logra hundir aún más mi estómago al no estar para nada segura de mis palabras. Soy un desastre. Él me convirtió en un desastre.
—¿Estás empezando a caer, preciosa? — se burla y quiero golpearlo. Sin embargo, hace que mi pecho se caliente cuando no deja en ningún momento de darle suaves caricias a mi vientre.
—No puede ser... — susurro. Intento salir de su agarre, pero me sostiene con fuerza y me da una mirada de advertencia que me detiene al instante.
—Si, puede ser — se pone serio y, sorpresivamente, me obliga a volver a recostarme, presionando una de sus manos sobre mi pecho. Se eleva sobre sus rodillas y acerca su rostro a mi vientre sin dejar de mirarme. Una sonrisa maliciosa deforma sus labios al ver que no puedo contradecirlo —. Déjame demostrarte cuán poderosa es mi leche, nena — abro la boca y lo miro con sorpresa. Pero sus sucias palabras pasan a segundo plano cuando se inclina.
Balthazar baja sus labios hasta la piel de mi estómago y susurra suaves palabras en un idioma desconocido para mí, dejándome desconcertada y totalmente aterrada cuando algo se remueve dentro de mí. Jadeo de sorpresa que me devuelve a mi estado de shock inicial mientras observo como el orgullo ilumina la mirada de Balthazar, así como también la satisfacción.
—Tienes a mi hijo dentro de tu útero, Valerie. Y va siendo hora de que te des cuenta, porque este no es un embarazo normal, como notarás — le da una caricia a mi vientre y algo vuelve a moverse en mi interior de nuevo.