Me relajo durante unas horas y utilizo este momento para aislarme del mundo. Por casi una hora, no pienso en nada. Ni en Adele. Ni en mis padres. Ni en Balthazar. Solo floto y le permito a mis músculos descansar y relajarse.
Al llegar las dos de la madrugada, por fin salgo y voy a la habitación principal a darme una ducha antes de irme a dormir.
**
—Valerie, Abby ha dejado tu almuerzo en la cocina — menciona Lucas, mientras teclea unos botones de la caja registradora con mucha concentración —. Puedes tomar tu descanso ahora, te cubriré hasta que termines.
Un suspiro de alivio escapa de mis labios al escucharle decir aquello y rápidamente me alejo de la barra para adentrarme en la cocina, dejándome caer en una silla frente a la única mesa que no se encuentran utilizando para cocinar.
—Mis pies están matándome — gimo.
Luego de estar yendo y viniendo de una mesa a la otra en la cafetería. Puedo decir que mi primer día aquí fue agotador. Y todavía no termina. Tampoco creo que terminen los comentarios de la gente sobre mi estadía en Maxwell Manor. Cada una de las personas que atendí hasta ahora, parecía saber quién era al instante. Más de uno me pregunto si vendía la mansión, para comprarla.
—Esto está muy bueno, Abby — exclamo con la boca llena, casi gimiendo de placer al probar una comida casera por primera vez en demasiado tiempo.
Una pequeña risa escapa de sus labios. Deja de amasar la pizza que tiene entre manos y vuelve su atención a mí. Sus claros ojos celestes son demasiado serios para su edad, pero eso no lo quita lo amable que es conmigo.
—¿Cómo ha ido tu primer día, Valerie? — pregunta, realmente interesada por saber de mi día. Mientras tanto, sigue con su labor de amasar.
Un pequeño bufido escapa de mis labios en respuesta a su pregunta. Trago la exquisita pasta antes de hablar, y levanto el tenedor que tengo en la mano, apuntando hacia la puerta.
—Si alguien más llega a mencionar Maxwell Manor, en vez de tomar su orden voy a clavarle este tenedor en los ojos — amenazo, hastiada. Los tres se ríen.
Tamara, quien se encuentra lavando unos platos, cierra el grifo y se gira en mi dirección. Parece divertida mientras seca sus manos con un delantal y deja caer su cadera sobre el lavado despreocupadamente.
—Es normal que te interroguen. Esa casa no ha sido habitada nunca. Ningún habitante de este pueblo ha visto a alguien viviendo allí. Pero, de la nada, llega una chica con las escrituras y sin el apellido Maxwell. Ni cuando el alcalde se casó con su prima, este pueblo se escandalizó tanto como cuando nos enteramos de tu llegada — asegura, casi haciéndome atragantar con la comida al escuchar sus palabras.
—¿El alcalde se casó con su prima? — estoy segura de que mi mandíbula llega al suelo, pero entonces rebobino en lo que ha dicho y por fin me doy cuenta —. Espera. ¿Nadie ha habitado esa casa nunca? — me sorprendo y niega.
—Nadie lo ha hecho por muchos años, pero hay registros de que fue habitada en el siglo catorce o por ahí — contesta Tamara. Su semblante serio me dice que hablas en serio y miro a Abby, buscando confirmación, pero ésta observa pensativa la masa que tiene en las manos. Su semblante se ha ensombrecido y me confunde.
—¿Cómo puede no haber sido habitada por más de medio milenio si la casa está totalmente amueblada y bien cuidada? — pregunto, pensativa, mientras juego con los fideos en mi plato.
Esto se hace cada vez más extraño.
Para mi entera sorpresa, Tamara se posiciona frente a mí, del otro lado de la mesa y me observa con una ceja en alto, seguramente sorprendida por la pregunta que acabo de soltar. Y creo saber el porqué. Yo debería saber estas cosas, pero no lo hago. Y eso es lo que más le sorprende a las personas que me han preguntado por Maxwell Manor; cada vez que me preguntan quién me ha dado las escrituras o si conocía a algún Maxwell, mi respuesta siempre es la misma. No.
—Todo el mundo sabe que, desde siempre, cada mes de cada año, arquitectos, ingenieros y equipos de limpieza se encargan de verificar que la casa siga en pie y en perfecto estado — vuelve a explicar Tamara, sacándome de mis pensamientos y obligándome a ponerle atención —. Desde que tengo uso de razón, cada cinco años, la casa es renovada y nunca nadie se queda allí por más de unas horas si no es estrictamente necesario — termina, dejándome más sorprendida que antes.
—¿Y nadie nunca logró averiguar quién se encarga de que todo eso se lleve a cabo? — pregunto en respuesta, extrañamente sintiendo como un nudo comienza a formarse en mi estómago y cómo los latidos de mi corazón parecen acelerarse a medida que la conversación avanza.
¿Por qué me afecta tanto hablar de esa casa?
—Eso es lo más extraño de todo — responde —. Nadie sabe nada. Ni siquiera los empleados que llegan al pueblo para mantener la casa en pie. Todos y cada uno de ellos dicen ser contratados por un hombre que nunca da su nombre y que siempre paga en efectivo para no dar a conocer su identidad.
Me asombro y me quedo pensativa. ¿Será el abogado que me dio las escrituras quien mantiene la casa en orden? Quiero seguir preguntando más cosas, pero cuando estoy por volver a hacerle una de mis tantas preguntas, Lucas entra en la cocina con una cara de pocos amigos y una mancha blanca y asquerosa sobre la mitad de su camiseta y la mitad de su delantal, llamándonos la atención a todos.
—El estúpido niño de los Hamilton me ha vomitado — se queja con enojo.
Abby, Tamara, Trent y yo nos observamos entre los cuatro por unos segundos, antes de romper en carcajadas y comenzar a burlarnos de Lucas, quien se enoja aún más al escucharnos reírnos de él.
—Pudranse. Los cuatro — grita, aumentando nuestras risas.
Definitivamente no va a ser algo aburrido trabajar aquí.
Y definitivamente no lo es, porque, luego de dos semanas, ir a trabajar a la cafetería es lo que más espero de mi día. Entro a trabajar a la cafetería por la mañana y salgo por la tarde. Lucas, Abby, Trent y Tamara, han resultado ser unas personas de lo más divertidas. Aún es mucho decir que somos amigos, pero nos hemos vuelto cercanos.