—Bien, vamos — dice Balthazar con palpable diversión por mi reticencia a salir. De mala gana lo suelto —. No debes tener miedo de nuestra gente, Valerie, todos ellos darían la vida por la tuya sin rechistar si tuvieran que hacerlo. Y nadie te tocará un pelo sin antes tener que pasar sobre mí — asegura, muy en serio.
—No se si sentirme agradecida por tu protección o asustarme por el hecho de acabas de confirmarme qué tal vez alguien quiera pasar sobre ti para llegar a mi — respondo, nerviosa. Balthazar suspira.
—En las semanas que no estuve a tu lado, me encargué de sacar del camino todas las malas hierbas que se habían estado asentando por años en la secta — me tranquiliza, demasiado serio —. Pero eso no quiere decir que fuera de mis territorios no haya peligro alguno, Valerie. Este es un mundo peligroso para personas como nosotros y siempre va a haber alguien que se oponga a mi voluntad y quiera hacerme daño lastimándote a ti — sube sus manos a los lados de mi rostro y traza mis mejillas con su pulgar.
—¿Eso hacías cuando me dejaste? — las incógnitas de a poco van desdibujandose cuando Balthazar asiente.
—Hay mucho que aún debo contarte, Valerie, pero no es el momento. Solo debes tener en claro que siempre tendremos amenazas respirando en nuestras nucas. Es la consecuencia de tener el poder que tenemos y de ser lo que somos — suelta, antes de dar una última caricia a mis mejillas.
Los miedos vuelven cuando se aparta y va hacia la puerta, pero respiro hondo a través de ellos y lo sigo. Se sorprende cuando le tomo la mano, pero no dice nada, y le siento relajarse un poco. Le sonrio, tensa.
—No me culpes si vomito frente a tus minions, recuerda que tú me estás obligando a conocerlos y que tu hijo tiene a mi estómago sensible — bromeo, dándole un apretón a su mano. Aunque podría tranquilamente no ser una broma. Una de sus oscuras cejas se levanta y el brillo de la diversion resplandece en sus ojos oscuros.
—Nuestro hijo — me corrige, divertido. Ruedo los ojos.
—Es solo tú hijo cuando se porta mal y me obliga a vomitar lo que como — refunfuño, y me sorprendo cuando Balthazar me toma de la cintura y me da un breve beso que me deja sin aliento. Casi parece… tierno.
—Ambos son míos — habla sobre su boca, un poco agitado. Parpadeo, intentando salir de la bruma en que me deja su boca cada vez que toca la mía.
—Balthazar — suspiro, queriendo más. Pero el susodicho niega y se aparta, con la mirada plagada de promesas. Respira hondo y vuelve a tomar mi mano con firmeza.
—Es posible que no quieras decirle minions a nuestra secta, pequeña. Entendí la referencia y ya me acostumbré a tus... ocurrencias, pero ellos no lo verán con tanto humor como lo haces tú — dice, sacándonos de la casa.
Los pasos de Balthazar son seguros y elegantes cuando nos conduce hacia el final del porche, contrastando con los míos que son torpes detrás de él. Respiro hondo y miro hacia adelante. La respiración se atora en mis pulmones cuando capto la atención de todos los presentes sobre mi, observándome con las mismas expresiones con las que aquellos extraños chicos lo hicieron en la cafetería hace unos días, demostrando respeto, sumisión, fascinación.
¿Me convertí en Beyonce y no me di cuenta?
—Como todos ya saben, mi presencia en este mundo no es una coincidencia. Estoy aquí frente a ustedes porque mi destinada me dio el regalo de la vida y me otorgó la dicha de cargar mi legado y al futuro líder de la secta Maxwell, algo de lo que todos y cada uno de nosotros debemos estar honrados y agradecidos — la voz suena fría y potente de Balthazar corta el estridente silencio y los minions le escuchan como si Balthazar les estuviera develando los números ganadores de la lotería —. Por ello, no espero más que se le muestre el mismo respeto y la misma lealtad que me demuestran a mi a Valerie Tate, mi destinada, la dueña de mi alma y la futura madre de mi hijo — termina, rotundo, inflando su pecho de orgullo al decir las últimas palabras.
La mano de Balthazar tira de la mía y me obliga a posicionarme frente a él, presionando mi espalda a su firme pecho y rodeando mi cuerpo con sus brazos en un abrazo posesivo y protector que termina con sus manos sobre mi vientre y con la mirada de todo el mundo sobre mi.
Un escalofrío recorre mi columna vertebral de arriba abajo cuando todas y cada una de las miradas de los hombres y mujeres en el jardín delantero de la casa, reparan en mi persona sin decir ninguna palabra, pareciendo estar esperando algo que no sé qué es, pero que me hace temblar de nervios al tener tantas miradas sobre mi.
—¿Debo decir algo? — le susurro a Balthazar y estiro el cuello para mirarlo. Sus oscuros ojos se posan en los míos y niega.
El hombre castaño que les había estado hablando desde el porche cuando aún estábamos dentro de la casa, Aitor, llama mi atención al posicionarse frente a mi y dedicarme una brillante mirada, sorprendiéndome cuando hinca una de sus rodillas sobre el final de las escaleras del porche, seguido de una mujer pelirroja y un hombre rubio, quienes proceden a hacer la misma acción a sus costados, pero unos pasos más atrás que él.
—Nuestras lealtades y nuestras almas le pertenecen, mi señora. Sus deseos serán los nuestros y su bienestar y seguridad será lo primordial para todos nosotros — habla con seriedad, antes de bajar su celeste mirada al suelo de manera sumisa, siendo seguido por los dos cuerpos detrás de él.
Y, como si esa fuera la señal que necesitaban, todos los presentes detrás de aquel curioso trío asienten con sonrisas y miradas abrillantadas, imitando la acción del pelinegro frente a mí, poniéndose de rodillas y observando al suelo de tierra debajo de ellos.
—¿Gracias? — digo, pero más bien es una pregunta, porque no sé cómo proceder aquí. Balthazar suspira.
—De pie — demanda Balthazar hacia todo los presentes y no tardan en acatar la orden —. Espero que no haga falta aclararlo, pero lo haré por si acaso; su deslealtad se pagará con sangre, piensen bien antes de traicionarnos y traicionar a su propia gente, porque yo no soy un humano y no tendré misericordia alguna con ningún cobarde que se atreva a desafiarme o a amenazar la vida de mi destinada o de mi hijo — advierte con una frialdad que me hace temblar de miedo hasta a mi.