PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
—Señores, entonces, ¿Quién no quiere participar en la expansión completa hacia el sur? —preguntó Dominico con los pies sobre la mesa y un gran cigarro entre los dedos.—
La atmósfera del salón era oscura y espesa. Tanto de aire como entre las tensas miradas de los grandes jefes que discutían la expansión hacia el gran y famoso barrio de su ciudad. Se podía palpar la tensión entre las miradas de los mafiosos, que se cruzaban entre el humo de tabaco y el olor a whiskey, atravesando el aire para ensartarse en las miradas mutuas.
—Ustedes saben que a mi no me gusta tener que cortarle las cabezas a mi gente ¿cierto? —prosiguió el magnate, dejando el puro en un cenicero de cristal y cruzándose de brazos— Así que, por favor, antes de que pierda la paciencia, terminemos de una vez con esta mierda.
—Estamos de acuerdo todos con usted, Señor Malatessta. —aclaró nervioso uno de los viejos sentado en la vasta mesa redonda del salón, rascándose con ansiedad sorda la calva y mirando hacia todas partes, perseguido— No se preocupe en lo más mínimo, que nosotros no vamos a interferir en ningún...
—¡Daddy, amor! No subías a la habitación así que decidí bajar por ti —interrumpió un chico de estatura media y cuerpo curvilíneo. Contoneaba las caderas rítmicamente, con mucha gracia y sensualidad mientras bajaba las escaleras a un trote suave, provocando el movimiento por sobre sus muslos de una camisa que le quedaba grande. —¡Oh! Lo siento, ¿Interrumpo algo importante?
El jefe tomó de la suave mano manicurada de su chico con la intención de sentarlo en su regazo, pero una mano que no era de Dominico le dio una nalgada para después soltar una risotada, sin notar el silencio sepulcral que había producido su acción. La mirada de indignación se hizo presente en los ojos de la pareja, así como la furia en la vista del mayor.
—Vaya, tu perra es muy linda, jefe —se burló el viejo gordo que había cavado su propia tumba, mientras miraba con descaro el cuerpo del chico— ¿Qué tal si me lo llevo en un rato, eh? ¿Lo prestas o es de uso exclusivo?
Malatessta cerró los ojos y frunció el ceño, miró a su Elijah, le acarició desde el pelo a la espalda y se levantó. Intentó calmar su respiración por un momento pero la ira le recorría cada centímetro de la piel. No, con su bebé no se juega.
Sacó su pistola y se la metió a la boca, dejándolo casi aplastado contra el sillón. Su expresión seguía fría y estoica, sin mostrar cambio alguno luego de amenazar de muerte a alguien. La sonrisilla vulgar seguía reinando en el rostro ajeno, que ignoraba, al parecer, el hecho de que, sin ningún apremio, le podían volar la cabeza.
—Repite... lo que dijiste —habló pausado, con un tono sarcástico en su voz, rompiendo el silencio con palabras que salieron resbalando de sus labios. Quería ver si se atrevía a utilizar su sucia boca para decir el inmaculado nombre del dueño de su corazón.
El viejo respondió, no captando la retórica en el tono de Dominico : —Dije que si me prestabas a tu perrita, jefe —rió de nuevo, desubicado con la situación; o era muy estúpido o no le tenía miedo, porque en definitiva, acababa de firmar su sentencia de muerte con el mismísimo diablo. Enfrentarse a Dominico era una cosa, pero tocar, o siquiera ver a Elijah sin su permiso, era entrar a ligas mayores. Para él su novio lo era todo, más incluso que la mafia o el Pool (y eso que él amaba el Pool), era su vida; lo amaba más que a su propia piel.
La sonrisa irónica del jefe se vio borrada, dejando la más pura expresión de molestia y odio. Ya no le divertía, porque ahora estaban hablando mal de su dulzura y eso era inaceptable. Le irritaba de sobremanera que el tipo creyese que no lo haría todo por su pareja, que no se atrevería a jalar del gatillo, por más que fuere ingenuo.
—Esa "perrita" como tú dijiste, es mío —miró a Elijah, acariciando su mano, tocando la joya que titilaba con la luz en su dedo pulgar, aquella de compromiso— No se si viste su anillo... Pero deberías darte cuenta, de que él no es cualquiera.
Eli le escupió en la cara al gordo con desprecio y se colgó del cuello de Dominico mientras le susurraba algo al oído con una sonrisa plácida y cómplice. En su respuesta, Dominico sonrió y prosiguió: —Él es Elijah Smith, mi chico, mi princesa... No, más que eso, es mi reina y yo soy el rey. Te atreviste a tocar pertenencia ajena, basura hija de puta, pertenencia de aquel que gobierna esta ciudad. Asegúrate la siguiente vez que insinúes con follarte a alguien, de que esa persona no sea el jefe de la Mafia, o, en su defecto, alguien que pueda matarte de un tiro.
Tras eso disparó con la mirada fría y una sonrisa ladina, indicándoles indirectamente al resto de infames que se largaran de su casa. La satisfacción fue evidente en su cara y Elijah lo único que quiso fue besarlo; no sabría decir si más por amor a qué lo protegiera, o porque le ponía aquel Dominico celoso. Fue entonces cuando Eli se sentó en el regazo de Dominico , cuidando de apoyar su peso en el pecho del mayor y de respirar cerca de su cuello, ahí donde se le erizaban los vellos.
—Entonces... ¿Me quieres, Daddy? —preguntó con una voz sensual y a la vez tierna, acrecentando esa inocencia que en realidad no tenía— ¿Soy tuyo?
Dominico no se sorprendió ante la pregunta, porque sabía que su bebé entendía la respuesta. Besó el dorso de su mano y rozó sus labios, respirando el olor a fresas y mordiéndolos suavemente. —Eres mío, Elijah —volvió a besarlo— Eres mío porque eres mi bebé, mi princesa, mi realidad, mi vida...
—Te amo, Dommie —acarició dulcemente los cabellos del mayor, sintiendo el sudor y la gomina—Te deseo, Daddy... ¿Por qué no me quitas los rastros de esa basura, que tocó lo que es tuyo? —para entonces volvió a besarlo, esta vez mucho más hambriento. El ambiente, como siempre, se tornó cálido, y ambos, de pronto, quisieron sentirse.
—Te amo, bebé. Te amo tanto...