La lluvia cae incesante. El silencio golpea, denso, desgarrador, pero es la oscuridad la que la aterra.
Avanza sin saber exactamente a dónde la llevan esos malvados que le han cubierto la cabeza con la clara intención de impedirle ver su alrededor. La empujan, la insultan, le lanzan palabras cargadas de violencia. Y ella, esa pequeña jovencita pelirroja, sigue sin comprender la magnitud de lo que está a punto de presenciar.
—¿Es ella? —logra escuchar. Una voz seca, aguda. Es una mujer adulta.
—Así es, mi señora —asiente la voz contraria— Ella es la nieta de ese indeseable de Máximo Anisimova.
¿Mi abuelo? ¿Ellos conocen a mi abuelo?
Se preguntó esperanzada la joven. Si conocían a su abuelo, al menos tenía una posibilidad que sus captores, con un pago por su rescate, fuese suficiente.
¡Pero qué inocente era! Desconocía el secreto oscuro de su familia, la verdad que siempre le ocultaron, y que descubriría de la peor manera.
—Bien, quítenle el pasamontañas—ordenó la mujer.
Alguien la jaló con brusquedad, arrancándole un gemido de dolor. Le retiraron el pasamontañas, y la mujer de cabellos blancos —de porte elegante pese a su edad— palideció.
Era ella. De nuevo, era ella.
Imposible. Si ella misma se había encargado de matarla, maldita sea. Y ahora, como un fantasma, aparecía frente a ella después de tantos años.
—K-Kassandra… no… —la mujer se levantó de un salto, con los ojos desorbitados, sin apartarlos de la joven, que ahora parecía aún más confundida—¡No puede ser! Tú estás muerta… ¡muerta!
Kassandra se encogió de miedo. No solo por esa mujer, sino por los hombres que la rodeaban. Hombres que a simple vista, destilaban peligro, y más con esas pistolas en mano. Entonces lo entendió, esto no acabaría bien.
Todos eran malos.
—Señora Handal, cálmese, no es ella —susurró una voz a su lado—Se parece, pero no lo es. Mírela bien. Es joven. La Kassandra que usted mató fue hace más de cincuenta años.
Handal Krausse sonrió, envuelta en esa locura que solo habita en las almas más oscuras. Se enderezó y volvió a observar a la joven.
Se parecía. Tenía el mismo nombre. Pero no era ella.
—Es su nieta.
Aquella palabra volvió a golpearla.
Nieta de Kassandra y de Máximo. Ese maldito hombre que alguna vez la rechazó, al que odiaba con una intensidad enfermiza. Y eso lo hacía aún peor.
—Señora Handal.—otra voz surgió desde la puerta. Un hombre vestido de n***o, con aspecto de matón—El señor Krausse ya llegó. Está terminando de torturar a los prisioneros. ¿Qué va a hacer?
Handal no perdió tiempo. Arrastró a la nieta de Máximo con ella. Esa nieta que bien pudo haber sido suya si él hubiese accedido ser su amante, pero no. Él había preferido a esa maldita sirvienta pelirroja.
Ahora pagaría el precio.
Máximo vería extinguida su descendencia. Hoy terminaría todo. Y comenzaría con ella,
la pelirroja.
Y él lo vería con sus propios ojos, la haría grabar. De eso estaba segura.
Su sobrino, Sadrac —líder de la mafia alemana— se encargaría de todo. Y todo en nombre de la venganza, la princesa caída, la hermana de Sadrac, aquella que Máximo Anisimova había mandado a matar años atrás, o eso creían todos.
Hoy usaría esa excusa para exterminarlos, a todos.
—Por favor, deténgase, me lastima… —suplicó Kassandra.
—Cállate, perra —escupió la mujer, apretando con más fuerza su brazo—Este será tu final y el de tu maldita familia.
—¿D-de qué habla? —tembló Kass—¿Y-yo qué le he hecho, señora? ¿Por qué me trata así?
Pero Handal no respondió. Estaba consumida por la ira, por el odio. Solo viendo los cuerpos de los hijos y nietos de Máximo —y de esa pelirroja— podría, tal vez, encontrar algo parecido a la paz.
O eso quería creer.
La puerta se abrió de golpe, como anunciando una entrada triunfal.
Sadrac no giró. Sabía que era ella. Pero tenía un asunto más importante frente a él. Y presentía que lo que su tía venía a decirle no sería nada nuevo, lo de siempre: matar a los Kingston, eliminar a los descendientes de Máximo, vengar a la princesa Sofía.
Esa insistencia comenzaba a hartarlo.
—Bien, al fin veo que me has hecho caso y…
—¿Qué haces aquí? —preguntó él con voz seca, cortante, capaz de intimidar a cualquiera, incluso a ella, pero su emoción por ver muertos a los nietos de Máximo, la nubló.
—Vine a ver con mis propios ojos el final de los…
Se detuvo.
Solo habían dos hombres de rodillas, maniatados. Algunos cuerpos yacían en el suelo. Pero ninguno era nieto de Máximo. Lo sabía. Entre los muertos no había una rubia, y un menor de edad.
—Vete de aquí, Handal —ordenó, sin bajar el arma que apuntaba a la cabeza de un joven rubio—. Esto no es lo que crees. Y estás estorbando.
—Espera, ¿qué es lo que…?
—Vete, Handal. A la tercera vez, te juro que no me haré responsable de que tu vestido de miles de dólares se manche con sangre.
La advertencia era clara, y Handal lo comprendió. Bajó la voz, conteniendo su irritación, hasta que lo reconoció.
Elrik Kingston.
Uno de los cinco nietos de Máximo con la sirvienta pelirroja.
De rodillas. Herido, sangrando por la frente.
Y eso la hizo sonreír.
Ver el sufrimiento de la sangre de Máximo era una pequeña victoria.
—Uno menos.—murmuró, rodeándolo con aire de superioridad—Al menos uno menos de esa sangre sucia.
Elrik no respondió. Su preocupación estaba en otro lado, Azael, su cuñado, quien había recibido un disparo en el pecho para evitar más víctimas, más secuestros.
—Sabes, sobrino —continuó Handal—, para que veas que estoy de tu lado y para aliviar la presión del consejo por vengar a nuestra Sofía, te traje un obsequio.
Chasqueó los dedos, y de inmediato, su sirviente entró arrastrando a Kassandra, jadeante, mientras le quitaba el audífono que le habían colocado para impedirle escuchar.
La joven cayó al suelo como un costal. Tenía el cuerpo adolorido, las manos atadas y el sentido de orientación casi perdido. Levantó la mirada y entonces se encontró con la de él.
Ese hombre de ojos azules que, desde que lo había conocido, la miraba con un brillo cálido, casi protector. Pero ahora no quedaba nada de eso.
Solo confusión, y un odio que comenzaba a hervir en su interior.
—¿Qué significa esto? —preguntó Sadrac, aún petrificado al verla en ese estado, a ella. A su sirena, a su luz, a la mujer que había logrado abrir su corazón.
No entendía. Y en el fondo, tampoco quería entender, porque sabía que la respuesta le dolería.
—Ya tienes a un nieto de Máximo en tus manos, yo solo te estoy trayendo a otro.
Su mirada se desvió hacia Kassandra. Ella no apartó los ojos de él, paralizada por la impresión, pero una voz familiar la sacudió.
—¡Kassandra, no! —gritó Elrik— ¡Déjala! A ella no, Sadrac, ¡a ella no!
Elrik intentó acercarse, arrastrándose como pudo hacia su pequeña e inocente hermana, la única que no tenía nada que ver con toda esa mierda en la que su familia —por culpa de su abuelo Máximo— estaba envuelta.
—¿Que la suelte? —se burló Handal con una sonrisa venenosa.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de la jovencita pelirroja. Ver a su hermano en ese estado, a su cuñado tirado, a cuerpos desangrándose alrededor, la escena era brutal para su inocente alma.
Su cuerpo tembló. Aquello no era una película. Era real. Demasiado real.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué su querido hermano estaba así?
Y Sadrac no estaba lejos de ese caos emocional. Su sirena, la evitó. Evitó su mirada.
Apretó la pistola en su mano y luego la alzó, apuntando directamente a Handal, quien frunció el ceño, desconcertada.
—¿Qué pretendes? —gruñó, al borde de perder el control—¡¿Por qué la traes así?!
Handal lo miró, confundida. Lo observó una y otra vez, intentando descifrar a su sobrino, al sanguinario hombre que creía conocer.
No sospechaba nada. Ni siquiera imaginaba que ellos ya se conocían, que ya se habían tocado la vida sin saber quiénes eran realmente.
—¿Y qué pretendes tú, sobrino? —refunfuñó—¿Que traiga a una traidora, a una Kingston, en una silla de oro después de que su familia te arrebató a tu hermana, y a tu prometida? ¿Es eso?
Kassandra, consumida por el miedo, alzó el rostro. Quería entender. Necesitaba entender. Pero las palabras no salían.
¿Traidora?¿Ella?
—Mátala, Sadrac —insistió Handal, con voz cargada de veneno—Una Kingston, nieta de Máximo, no merece vivir.
Y esas palabras, lo hundieron a un pozo oscuro, del que había salida.
Su sirena. Esa chica de sonrisa dulce, que le había hecho imaginar una vida distinta. Una vida normal. Una vida lejos de la sangre, de la mafia, de todo lo que él era.
Había sido su luz. Su tregua, y ahora…
Resultaba ser la nieta del hombre que había destruido su mundo y buscaba venganza: Una Kingston.
—¿P-por qué está…?
Pero Kassandra no pudo terminar.
Sadrac descendió hasta su altura y la sujetó del cabello, tirando de él hacia atrás con brusquedad. Un gemido de dolor escapó de sus labios. La pobre Kassandra estaba viendo la parte oscura de su querido «guardia»
—Lo sabías, claro que lo sabías —susurró, acercándose peligrosamente a ella, aspirando su aroma a flores—Por eso ocultaste tu apellido. Para jugar conmigo, ¿no? Seguro tu familia te lo ordenó.
Kassandra sollozaba. No entendía nada.
Y el dolor de su pecho era peor que cualquier herida física.
Ese hombre, el mismo que días atrás le había prometido una sorpresa, ahora la miraba como si fuera su peor enemiga.
—¡Suéltala maldito! —gritó Elrik, intentando arrastrarse sin éxito—¡Kassandra!
Ella lloraba, aferrándose a la idea de que todo era una pesadilla, una de la que pronto despertaría.
Pero no. La risa de Handal Krausse se encargó de destrozar esa esperanza.
—Por favor, Sadrac, dame el honor de deshacerme de ella —pidió, consumida por el odio— Tú puedes encargarte del rubio, pero a mí dámela a ella.
—Ni se te ocurra —gruñó él, con una voz tan fría que hizo retroceder a Handal—De ella me encargo yo, y no le tocarás ni un cabello, o será tu cabeza la que ruede, ¿Entendiste tía?
Hizo una pausa, pensando detenidamente sus palabras. Al parecer Handal no conocía su pequeña relación escondida, mejor.
—Y no voy a matarla, al menos aún no.
Con un gesto seco, llamó a Teodor, su segundo al mando.
—Llévala a mi auto. Esperen instrucciones.
Teodor frunció el ceño, confundido. ¿Dejar ir a uno de los nietos de Máximo? Una oportunidad así no se repetía.
—¡¿Pero qué estás haciendo, Sadrac?! —vociferó Handal, furiosa— ¡La quiero muerta! ¡Muerta! Ella debe…
Se calló de golpe. El cañón del arma de Sadrac apuntaba directamente a su cabeza.
—Yo soy quien manda, y tú solo acatas mis órdenes, Handal. Claro que, si no quieres obedecer, puedo matarte aquí y ahora. Tú decides.
Por supuesto, no podía morir. Aún no. No hasta ver el cuerpo de Máximo frente a ella.
Muerto.
Asintió con rigidez y se apartó con prudencia, mientras, no muy lejos, el primo de Sadrac disfrutaba de la escena.
Ilenko Krausse, un perfecto y temido francotirador, sonreía. Su madre, que le importaba poco o nada, era intimidada.
—Yo puedo llevarla, si deseas, pero…
No terminó.
Ahora era a él a quien Sadrac apuntaba.
—He dicho Teodor. Tú no.—Gruñó con rabia contenida.—Ni te atrevas a tocarla Ilenko, o te vuelo ambas piernas.
Ilenko alzó las manos en señal de rendición, sin borrar su sonrisa ladeada.
—N-no Elrik… ¡Elrik, ayúdame! —el grito de Kassandra por fin rompió el aire.
Eso hizo reaccionar a Elrik, y también a su cuñado, quien, entre gemidos de dolor, intentó incorporarse como pudo.
No era solo rabia lo que los movía. Era ella.
La más pequeña, la más inocente de la familia que no tenía culpa de nada. Y ahora estaba siendo tratada como una traidora.
La sola idea de que se la llevaran, de lo que podrían hacerle, les helaba la sangre.
Porque ambos lo sabían. Y ninguno,
ninguno se lo perdonaría jamás.
—No, sirenita, esta vez no te voy a dejar ir —susurró Sadrac al oído de Kassandra, jalándola de nuevo de su cabellos.
Ella no entendía quién era realmente.
¿Un guardia? ¿El hombre amable que la cortejaba?
No. Esa mirada, esas manos no pertenecían a ese gentil hombre. Este debía ser otro.
—¿Por qué…? ¿Por qué? —preguntó, desesperada, buscando una razón que le diera sentido a todo.
—¿Encima preguntas? —su voz fue cortante, implacable—Tú, la nieta de Máximo, un maldito mafioso que mató a mi hermana y ahora te haces pasar por una estudiante inocente para acercarte a mí. ¿Y dices que no sabes nada? ¿Que tu familia no está metida en la mafia?
El mundo de Kassandra se derrumbó en ese instante.
¿Su familia? ¿Su familia… mafiosa?
Miró a su hermano, a su cuñado y aun así, todo le resultaba imposible de asimilar.
No podía creerlo.
—Y ahora, vas a pagar por ello.
Fue lo último que dijo Sadrac antes de que Teodor la arrastrara hacia afuera, casi sin alma.
Elrik y Azael lucharon por liberarse, por alcanzarla, pero fue inútil.
Kassandra gritó con todas sus fuerzas cuando se dió cuenta que se la llevaban. Suplicó. Rogó entre lágrimas que los soltaran.
Nadie la escuchó. Nadie se compadeció.
Y entonces, otro disparo.
No supo a quién. El terror fue demasiado para su inocente alma, y la oscuridad la envolvió, se dejó llevar. Se desmayó.
—Sadrac, supongo que debo…
—Llama al médico. Que atienda a ambos. Ya decidiré qué hacer con ellos después.
—Claro, claro. Tú estás demasiado ocupado con la pelirroja —murmuró con burla Ilenko —Ve. Yo me encargo de los otros Kingston.
El rostro de Sadrac permaneció indescifrable. Pero a su primo no le importó.
Conocía su naturaleza y sospechaba perfectamente qué haría con la nieta de Máximo, y las ganas que le tenía. Después de todo, la pelirroja era hermosa, tenía un cuerpo de Diosa que ponía caliente a cualquier hombre con solo verla.
Y su primo, se las tenía.
Sadrac salió del lugar y ordenó a su chófer dirigirse a la mansión privada. Allí, haría de su sirena traidora lo que quisiera.
La acomodó con cuidado en el asiento, hasta atraerla hacia su regazo y envolverla con sus brazos.
Sadrac no dijo nada. Solo la observó. Dormida, frágil, y pensó en lo estúpido que había sido al creer que podía tener una vida tranquila, que alguien como él podía ser amado, a pesar de la sangre que cargaba, y más con la pequeña traidora.
Podía tener a cualquier mujer. Siempre había sido así. Pero ninguna era ella.
Y aun con el odio ardiendo en su pecho por ssber la verdad, su obsesión por su sirena seguía intacta.
—Vas a pagar, sirenita, vas a pagar. Pero no con tu muerte.
Aspiró su aroma, acercándose a su cuello con una intensidad contenida durante demasiado tiempo. Antes se había frenado.
Por respeto, para no asustar a su chiquita, pero eso, se había terminado.
Ahora solo quedaba el deseo distorsionado por la rabia, la traición y la necesidad de posesión. Y en su mente, una idea oscura se imponía:
Máximo Anisimova lo vería todo.
Vería cómo destruía aquello que más le importaba.
Sí, él haría de la nieta de Máximo, su mujer, a su manera, y nadie, se lo impediría.