PVO Kassandra. —¿Puedes, por favor, dejar de reírte, Ginny? —le pido, aprovechando que nos encerramos en uno de los baños del centro comercial. —Ay, Dios —se carcajea, sujetándose el vientre—.Es que no sé qué más hacer en tu situación. Lo siento, lo siento Kass. Sí, claro, lo siente muchísimo. Aún no puedo creerlo. Me cuesta aceptar que el primo de su novio sea justamente ese hombre, el mismo que, en la mañana, me retuvo contra mi voluntad y me llevó a esa piscina para hacerme… esas cosas. —¡Ay, Dios, no! —suelto de pronto, llevándome una mano a la cabeza—.¡Me largo! —¡¿Qué?! Espera, no—me detiene del brazo.—Vamos, Kassandra, si te vas, le vas a dar la razón a ese Dios. Alzo una ceja, fulminándola con la mirada. —Digo, hombre. Sí, definitivamente no puedes dejar que se salga con

