CAPÍTULO 18

1335 Words
La Huida Silenciosa La cena entre los esposos iba de maravilla. Ante los ojos de Erick, Mía ya lo había perdonado y lo aceptaba de vuelta, pues no se resistía a sus besos ni a sus acercamientos. Pero lo que Erick no alcanzaba a imaginarse era que esa noche Mía no lo alejaba porque era su manera de despedirse de él, concediéndole una última noche como un matrimonio aparentemente feliz. Esa era la única forma que encontró de decirle adiós para siempre a su esposo. —Bailemos —Erick tomó la mano de su esposa después de cenar, y juntos comenzaron a bailar al ritmo de una música romántica y suave. —Trabajaré duro para hacerte feliz. No volveré a lastimarte nunca —Erick le hacía promesas al oído, sin saber que para ella ya nada de lo que dijera valía la pena. Mía estaba dispuesta a irse esa noche o a morir en el intento. —Vamos a la habitación. Me has hecho mucha falta, mi hermosa. Mía no dijo nada; simplemente dejó que Erick la llevara a la habitación. Pero antes de cualquier cosa, debía hacerlo tomar las pastillas para dormir que había hecho polvo. —Serviré una copa para un último brindis. En la habitación, Mía logró alejarse de Erick y servir dos copas de vino. La de Erick la mezcló con el polvo que había hecho con las pastillas para dormir. —¿Por qué brindamos? —indagó Erick, recibiendo la copa que le ofrecía su esposa. —Por los nuevos comienzos —ofreció Mía el brindis, y ambos chocaron sus copas. Erick se tomó toda su copa y luego volvió a besar a su esposa. Mía sabía que las pastillas tardarían un poco en hacer efecto, así que esa noche se entregó por última vez a Erick. Como siempre había sentido placer con él, no le importó entregarse al deseo una vez más. —Quisiera hacerte el amor toda la noche, mi hermosa, pero me siento cansado —Para Mía, esa fue la señal de que su plan comenzaba a funcionar. —Tranquilo, descansa. Yo velaré tus sueños —Mía acarició el cabello de su esposo hasta que este se quedó completamente dormido. Al verlo así, lo movió con fuerza para asegurarse de que no despertaba, pero no lo hizo. Ni siquiera una bomba en medio de esa habitación despertaría a ese hombre. —No me dejaste más opciones. Espero que seas feliz en esta vida de porquería en la que escogiste vivir —Mía se levantó de la cama y buscó ropa deportiva muy cómoda y oscura para salir de allí. Se puso unos zapatos deportivos, recogió su cabello en un moño alto, sacó su bolso y salió con cuidado de la habitación. Mía caminó por el pasillo en puntillas y se detuvo al escuchar un ruido en una de las habitaciones. Cuando escuchó los gemidos de Kira y Javier, dándole "como a cajón que no cierra", se puso las manos en la boca para evitar reírse. Así que siguió su camino, ya que esos dos estaban demasiado ocupados como para darse cuenta de que ella estaba escapando. Antes de salir de la mansión, Mía entró al despacho de Erick y abrió la caja fuerte. Ella conocía la clave porque él la había puesto muchas veces frente a ella y jamás pensó que podría memorizarla, pero sí lo hizo. Ella tenía una meta clara: ser libre. Mía sacó de la caja fuerte sus documentos y algo de dinero en efectivo. Tras guardarlo en su bolso, salió de la casa por la puerta trasera. Ahí había algunos empleados recogiendo todo lo de la cena. Afortunadamente, no vieron a Mía salir de la casa y esconderse en los arbustos. Mía había visto hacía días un pequeño espacio entre la cerca de la mansión y los arbustos, que daba a la parte trasera. Para pasar, debía hacer algo de fuerza y ruido, así que se quedó ahí inmóvil y escondida hasta que los empleados se retiraron a dormir. Solo entonces pudo arrastrarse con fuerza por ese pequeño espacio y llegar hasta la cerca de atrás. Mía suspiró al ver el gran muro frente a ella. La mansión contaba con dos grandes cercas: una casi completamente formada por árboles y arbustos espinosos, y la principal que daba a la calle, hecha de concreto, ladrillos y rejas. —No llegué hasta aquí para rendirme —Mía respiró profundo y luego comenzó a escalar el muro de la cerca con la ayuda de algunos arbustos que crecían cerca de este. Lo único malo era que estos arbustos tenían espinas, así que al subir se lastimó las manos. Ya había soportado mucho dolor en su vida; unas simples espinas no la iban a detener. Cuando llegó a la cima del gran muro, Mía no vio forma de bajar de manera segura al otro lado, así que tomó una decisión: bajar sin protección a riesgo de lastimarse al caer. —Ya nadie podrá detenerme —Mía cerró los ojos y se dejó caer al otro lado del muro. Al caer, se lastimó una pierna, pero no era un dolor que no pudiera soportar. Ya era muy tarde, así que la calle estaba completamente vacía. Mía se levantó del suelo, adolorida, y comenzó a caminar en dirección al parque a donde se había ido esa mañana con Kira. Después de caminar un largo rato, Mía consiguió llegar al parque con su pierna palpitando de dolor, al igual que sus manos por las espinas de los arbustos. Ahí, en el parque, ella sabía que conseguiría algún taxi a pesar de la hora porque cerca había un bar para caballeros que estaba abierto hasta muy tarde en la noche, así que siempre había taxis pasando por ahí. Al ver el primer taxi, Mía lo detuvo y subió, feliz de poder descansar en ese auto antes de llegar a su destino. —¿A dónde la llevo, señorita? —indagó el hombre apenas Mía subió a su taxi. —A la estación de autobuses, por favor —El hombre asintió y, aunque vio sangre en las manos de Mía, no preguntó nada. Cerca de ese bar siempre pasaban cosas entre las bailarinas y sus clientes, así que supuso que Mía era una bailarina más que había terminado en problemas con un cliente. Mía, por su parte, respiró por un momento y esperó llegar rápidamente a la estación de autobús. Quería alejarse lo más posible de Erick y sus hermanos. Ella sentía cosas muy fuertes por su esposo, pero él jamás le dio la libertad de escoger. Tal vez si Erick la hubiera conquistado antes de casarse, ella ahora lo amaría tanto que no podría dejarlo. Pero Erick jamás le preguntó si quería casarse con él; simplemente le dijo que se casarían y punto. Mía no tuvo más opción que aceptar. —Señorita, ya llegamos —Mía, que estaba pensativa, fue devuelta a la realidad por el chófer del taxi. —Muchas gracias por todo. Tome, quédese con el cambio —Mía le pagó al taxista con el billete de más alta denominación en Alemania. Él se sorprendió de que no quisiera el cambio, pero agradeció su gesto. Mía bajó del taxi y se dirigió rápidamente a la taquilla para comprar su pasaje y subir al primer bus que fuera a salir. —Buenas noches, señorita —Mía saludó con educación a la vendedora, y aunque a esta le pareció muy razonable que la chica quisiera irse en el primer bus que saliera sin importarle a dónde iba, tampoco dijo nada. Había muchas chicas fugitivas a esas horas de la noche. Así, después de venderle su boleto para viajar en el primer bus, Mía subió sin dudarlo. Quince minutos después, este emprendió su viaje a un destino desconocido para ella, pero que olía a libertad. Ahora era libre y no retrocedería ante nadie. ¿Qué pasará cuando Erick despierte y se dé cuenta de que su esposa no está por ningún lado?
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