ARMAND TANZANIAN

1131 Words
Armand Dionisio —¿Vamos directo a casa, señor Tarzanian?—, me pregunta mi chófer en cuanto subo al auto. —Sí, Anderson. Necesito entrevistar a la candidata a niñera nocturna. —Sería mejor decir otra niñera, una de tantas que ya han fracasado en su papel. Miro por el espejo retrovisor cuando frunce los labios, y sé porqué: Anderson es prácticamente familia, y estaba tan enojado como mis hermanos porque mi ex empleada dejó a mi hijo solo, llorando en su cuna, para tener sexo abajo. Ninguna de sus sustitutas ha permanecido mucho tiempo. Cierro los ojos por un momento, sintiendo que me viene un dolor de cabeza y me pregunto si no debería aceptar la sugerencia de Zeus y poner a Joseph en una guardería, cambiando a la niñera que se queda hasta las dos de la tarde por un turno de noche. El problema es que la señora Nuttle ya ha anunciado que no podrá quedarse todas las noches, porque a su marido no le gusta que esté fuera por mucho tiempo. —Por el amor de nuestro niño, espero que esto salga bien, señor—. —Asiento con la cabeza en señal de acuerdo, aunque tengo mis dudas. Mientras se aleja, miro por la ventanilla tintada, pero mi cabeza está a kilómetros de distancia. Sé que tendré que contratar a la señorita Brown. También sé que no durará en el papel, y no tiene nada que ver con su apellido, sino con el hecho de que no intentó tocar a mi hijo durante la entrevista. De hecho ni siquiera lo miró. Dejé a propósito cerca el cochecito con mi niño, pero la mujer parecía mucho más preocupada en demostrarme sus calificaciones profesionales —que son muchas, no lo niego— que en entender que el elemento principal de esa ecuación es su buena relación con mi hijo. Al contrario de lo que la mayoría de los sitios web para padres solteros establecen como requisitos, me da igual si fue a la universidad o si habla otros idiomas además del inglés. Si no puede conectar de verdad con Joseph, no me servirá. —No me gustaba, si se me permite decirlo—, expresa Anderson mis pensamientos. —Yo tampoco, pero tiene un currículum impresionante.— —Los niños necesitan mucho más que educación básica—. —Sí, mis hermanos y yo lo sabemos muy bien. Aunque tuvimos una infancia feliz, lo que siguió al final de nuestra adolescencia fue la muerte de nuestra madre en un accidente y luego el suicidio de nuestro padre. Fue una pesadilla. En un abrir y cerrar de ojos, pasamos de ser una familia unida a cuatro huérfanos cuyo patriarca, nuestro abuelo, no era precisamente un modelo de amor, a pesar de que se esforzaba por compaginar su carrera con su dedicación a sus nietos. Apenas nos habíamos recuperado de la pérdida de nuestros padres cuando el abuelo enfermó, y no sobrevivió ni seis meses. Zeus ha hecho todo lo posible para mantenernos como una unidad, pero dentro de cada uno de los Tarzanian hay un vacío emocional que nada puede llenar. No, eso no es cierto. Tengo a mi hijo, el niño que se cruzó en mi camino por casualidad, pero a quien amo como si fuera parte de mí. —Entonces, señor, quizá debería reconsiderar esta contratación—, dice, y aunque no soy de los que aceptan opiniones al tomar decisiones, sé que solo piensa en el bienestar de Joseph. —No creo que esta rotación constante de personal a su cargo sea buena para el chico—. Lo analizaré con calma durante esta última entrevista. Aún no he decidido nada. —¡Gracias a Dios!—, dice, y lo que veo en sus ojos por el retrovisor me transmite alivio. —¡Hay algo extraño en eso...! ¡Jesús!— Frena de repente, y si no hubiera llevado puesto el cinturón de seguridad, habría salido disparado hacia el asiento delantero, distraído mientras enviaba un mensaje a Hades. Ni siquiera tengo tiempo de preguntar qué pasó porque Anderson ya está afuera del auto. ¿Qué carajo está pasando? Rompiendo todos los protocolos de seguridad y seguramente dejándole canas al jefe de mis guardaespaldas, que está en el vehículo detrás de nosotros, salgo también. Me siento como en un jodido universo paralelo cuando veo a una mujer desplomada delante del auto. —¿La atropellamos?—, pregunto con incredulidad, mientras llamo a una ambulancia. —No fue mi culpa, Sr. Tarzanian. Se abalanzó sobre el auto o cruzó sin mirar. No estoy seguro. En cualquier caso, la luz del garaje que indica la salida de los vehículos estaba encendida. —Parece que está a punto de desmayarse, y aunque no lo presencié todo, sé que dice la verdad. Anderson, al igual que Larry, el chófer de Zeus, ha trabajado para nuestra familia desde que mi abuelo vivía. —Llame a una ambulancia—, le digo mientras me acerco para intentar revisar los signos vitales de la mujer. Sé que no debo moverla porque podría empeorar su estado. Aun así, me agacho para ver si está consciente. No es mi naturaleza quedarme quieto esperando a que pasen las cosas. Oigo voces a nuestro alrededor. La gente se agolpa, pero estoy completamente concentrado en ella. No le veo la cara, solo una mata de pelo rojo que la cubre. No es de peluquería, sino una melena abundante y ondulada que oscila entre tonos naranjas y rojizos. Parece frágil, con extremidades delicadas, piel muy blanca y pecas en los brazos y el cuello. Está tan quieta que, por un momento, pienso lo peor. No hay sangre, pero sé que la hemorragia interna es mucho más grave, e incluso si Anderson no conducía rápido, la niña (sí, creo que es una niña si consideras su tipo de cuerpo y su forma de vestir) parece demasiado delicada para soportar el impacto de un automóvil. Muevo mis dedos hacia su cuello, rezando para que esté viva, y respiro de nuevo cuando siento su pulso. La piel de la chica es cálida y suave como la seda, y me siento un poco pervertido al notar eso. —Está viva—, le digo para tranquilizar a Anderson porque, de lo contrario, tendremos dos personas necesitando ayuda en lugar de una. Nunca lo había visto tan ansioso. Al mismo tiempo, no puedo separarme de ella, me siento conectado a la frágil criatura de una manera que no puedo entender. Oigo el sonido de la ambulancia y me dispongo a levantarme, pero la chica me agarra la mano. —Soy un gato. Ya pasé mi segunda vida. Tengo que tener cuidado. Ya solo me quedan siete. Después de eso, ella se desmaya.
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