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Dafne. Desde que regresamos al castillo, Enzo no me dirigió la palabra, realmente se veía molesto, y por supuesto que yo no pensaba darle el gusto de ser la primera en disculparse. Ese rey alfa tenía que aprender que no podía tomar el control de las vidas de los demás como le diera la gana. Llegó la noche y la puerta se abrió, pensé que se trataba de alguna de las doncellas, pero no, allí estaba él con su figura imponente, con ese cuerpo y ese rostro que parecía haber sido tallado en piedra que me robaba la respiración. – Vístete para que bajes a cenar – ordenó con ese tono tan característico en él. —Para que, ¿para que todos me vean como si hubiese cometido el peor de los pecados por desobedecerte? –le dije sin ningún miramiento. – Esto sólo es el resultado de lo que provocas, Dafne,

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