Uno nunca está realmente listo para ser papá, no a los quince, a los treinta o a los cuarenta y ocho... Existen casos, para que sepan, y nunca nadie está listo por más planeado, por más deseado, siempre algo hace falta. Y a los hijos de Consuelo no les falta dinero, amor o padres, les falta... ¿Qué creen que les faltaba a esos papás no primerizos?
Bueno, Consuelo, primero que nada, se sentía menos segura de que sus hijos fueran de Vidal si planeaban nacer esa semana. O sea, sí estaban juntos, pero ella no estaba segura de que fuese el único involucrado.
—Consuelo, ya pasamos por eso.
—Ya sé...
—Mi amor, igual los voy a querer, pero estás teniendo contracciones. Es mejor que te vean.
—No, estoy muy bien aquí, ¿sabes? Ya los niños van al cole, nos faltan horas, seguro no me reciben ni nada. —Responde, y él le palpa el abdomen, luego hace un par de llamadas y se acuesta al lado de Consuelo. Le acaricia la espalda y la llena de besos. Mientras el dolor la ataca, le recuerda cómo hicieron esos bebés con amor y cómo los cuidarían toda la vida. Consuelo entrelazó sus dedos con los suyos y besó sus nudillos.
—No es tan malo, o sea, siento la puchaina un poco grande y me duele un poco, pero no me estoy muriendo.
—Vale, tus contracciones son apartadas todavía, podríamos esperar hasta la tarde.
—Sí, sí.
Anastasia entra a la habitación de sus papás.
—¿Qué están haciendo? —pregunta.
—Consuelo tiene unas cuantas contracciones.
—Qué horrible, ¿cómo te sientes ahora?
—Bien, pero entraste sin tocar, nena.
—Ya es de día y estás pariendo. Yo esperaría que no estén teniendo sexo —comenta indignada.
—Seguimos requiriendo de espacio y privacidad —comenta su padre y señala la puerta.
—Vale, perdón, pero esta profesora es una mierda, Vidal. Creo que es racista.
—Dios mío...
—No podemos permitirnos esto en esta familia pluricultural. —Consuelo miró a su hijastra con los ojos entrecerrados.
Consuelo estaba por tener otra contracción, pero le dio tanta risa que, en medio de su dolor, tuvo la necesidad de reírse y besuquear a Anastasia.
—¿Qué puedo hacer para que estés más cómoda?
—Puedes darle un masaje aquí —propone su padre, y unos minutos después sale de la habitación. Anastasia se queda hablando con Consuelo sobre la gran experiencia que era estar compartiendo ese momento juntas. Consuelo sonrió y acarició el pelo de su hijastra mientras le daba la razón. Increíblemente, Anastasia es una excelente distracción, casi como una epidural. Logró que la mamá de sus hermanitos se durmiera a pesar de estar experimentando un dolor insoportable. Vidal vio a su hija y le preguntó si tenía poderes sobrenaturales.
—Creo que la mareé de tanto hablar, pero me gustaría una merienda y que regañes a mi profe.
—Sí, hija, ¿qué tal si te saltas hoy la clase?
—Me gusta. ¿Qué estás haciendo?
—Bueno, pedí equipo porque Consuelo es terca, entonces creo que es bueno tener cosas aquí: las pinzas, el monitor fetal, tenemos un ultrasonido portátil.
—¿Va a parir aquí?
—No es lo que a mí me encantaría, pero bueno.
—Sabes de cerebros, no de v*****s.
—Hace muchos años hice algo que se llama rural, en un lugar en el que las mujeres tenían hijos todos los días.
—Tener bebés estaba de moda.
—Mainvillage tiene una tasa de natalidad generosa.
—Si tú vas a recibir a los bebés, yo puedo cortarles el cable.
—El cordón umbilical —comenta Vidal.
—Sí, sí, lo que no se enreda en el cuello.
—Sí, Anastasia, si Consuelo también quiere.
—Vale, pero si vienen mis hermanos, les dices que yo pedí dips. Voy a comer algo, orinar para que no me quiten el campo.
—Vale, tú ve.
Consuelo se giró y sonrió hacia su esposo.
—Entonces parto en casa.
—Tu doctora va a venir a chequearnos en una hora.
—¿No crees que estoy loca?
—Creo que estás loca, sé que estás loca, pero te amo.
—Okay, hice caca, oriné y me traje este snack, delicioso. Me lavé las manos tres veces. Consuelo, ¿cómo puedo ayudarte?
—Tú entiendes que me van a salir los bebés por la v****a.
—Estoy dispuesta a todo.
Estas dos se ríen.
La doctora revisa a Consuelo, le da indicaciones a Vidal y les pide estar tranquilos y solos. Una cosa, una sola cosa, pide su mujer: que mejor no llamen a nadie hasta que estén los niños sanos, en casa, recién nacidos. La cosa es que necesitaban traer a casa a sus otros hijos y no se sentía cómodo dejándola a solas con su asistente de ansiedad... Anastasia, sí. Así que llamó a Francesca y a Ramón para que recogieran a los otros niños.
—Consuelo, ¿te volviste loca?
—No, no, es como antes.
—Estás sentada en una tina con hielo.
—Es agua tibia, estoy comiendo hielo para no rabiar.
—Creo que Vidal está loco y necesitas un hospital.
Francesca era menos invasiva que Ramón, así que se quedó en la puerta del baño escondida intentando preguntar lo importante.
—¿Está bien? —pregunta Francesca.
—Sí.
—¿Cómo sabes? —le pregunta su exesposa.
—Tengo un título.
—Vidal, tu último parto fue hace veinte años. Estoy segura de que el último bebé que recibiste ya va por la universidad y el primero tiene canas en el culo —comenta su exesposa.
—Es lo que Consuelo quiere.
—Consuelo no sabe lo que es parir un humano, menos dos.
—Tengo un carro de paro abajo, unidades de sangre, una ginecóloga obstetra al teléfono, un neonatólogo a espera y un anestesiólogo.
—Necesitas una ambulancia por si algo va mal y máquinas de resurrección, no, no... Hola, Consuelo, soy Francesca, la ex de Vidal, ¿me recuerdas?
—Sí, te conozco, pero aquí estoy pariendo y ya casi —comenta y agarra la mano de su hermano gemelo.
—No, Consuelo, no. Yo no voy a parir contigo —responde.—Hay límites, vamos a un hospital.
—Creo que salió.
—Ey, feliz cumpleaños —le felicita Francesca y le da un beso y un abrazo.
—Tus contracciones están cada cinco minutos, tienes que respirar. O sea, tío Ramón, no estás ayudando —le informa Anastasia.
—¿Por qué Anastasia está aquí? —pregunta Ramón.— ¿Saben qué? Consuelo, no hay vergüenza en dejar la locura, vamos, yo te llevo —insiste Ramón, pero su hermana está experimentando el parto real.
Xavier entró al baño y se sentó junto a su madrastra.
—¿Recuerdas a Victoria?
—Esa perra.
—Sí, la del último curso de parto, la que hablaba de respiraciones profundas. Esa tenía más sentido para mí.
—Creo que ya nada tiene sentido.
—Sí, porque quieres que sea natural, con la luz calmada de la casa, el olor de sus hermanos, la voz de papá. Pero tú tienes que estar tranquila.
Consuelo tuvo varias conversaciones intermitentes mientras esperaba a que sus hijos terminaran el proceso. Alex consideraba que ese era un ambiente espectacular, pero se preocupaba por las bacterias.
—¿Confiamos en que doña Marla limpia adecuadamente este hogar?
—Hijo... ya se acabó tu turno de distraer a Consuelo.
Tessa entró al baño y acarició el cabello de Consuelo con cuidado.
—¿Y si necesitas una cesárea?
—Me llevan al hospital, pero la doctora cree que estamos bien.
—Sí... pero ella no es Dios .
—No crees en Dios Tessa, no te metas con Dios para ganarme, la virgen María parió en un corral —gritó furiosa mientras su útero se contraía nuevamente.
—María era virgen, Dios la favorecía, seguro sintió algo bonito. —comenta Ramón quien no ha dejado el lado de su hermana
—Creo que vamos a detener estas conversaciones y esperar abajo—sugiere Vidal.
Francesca estaba con Alice y las niñas lavando a mano en jabón especial la ropa de recién nacidos de sus hermanos pequeños, cuando los tres futuros abuelos llegaron a la casa, ellos venían a celebrar un cumpleaños no al nacimiento de sus nietos y tenían las misma dudas, porque consuelo no estaba en el hospital, porqué Vidal le estaba siguiendo la corriente, era una locura.
—Consuelo no quiere visitas—comenta Francesca.
—Tu eres la exesposa.
—Estoy cuidando a los niños, y todo lo tenemos controlado, ven a esos señores de allá son médicos y aquellas son médicas por si se pone sexista
—Ehh, yo tampoco estoy de acuerdo, pero quién soy yo para contradecir a mi madrastra—comenta Tessa y su mamá le da un codazo.