Consuelo es una mamá que daría la vida por sus hijos, y no se limitaría si son biológicos, adoptivos o por unión marital.
El día empezó raro, como cuando sabes que lo mejor sería quedarse acurrucadito en la cama. Xavier se había parado a su lado y pegó su frente contra su hombro, mientras le comentaba a Índigo e Imán que eran afortunados por ser bebés y poder quedarse en casa. Su madrastra le dio un beso en la frente, le acarició el pelo y le recordó que Anastasia había ido a entrenar, que su padre tenía el desayuno listo, y sus hijas agradecieron que se tratara de avena caliente con canela.
—Papá, está lloviendo demasiado —se queja Xavier.
—La vida es así, hijo, a veces toca —responde, y les da un beso a cada uno antes de apurarles, porque planea llevarlos a todos. Así Ramón no se complica.
Ramón no sabe de complicaciones, así que pasa por Alice, y así Vidal no tiene que ir a tres colegios en una sola mañana. Alice va feliz, su tío la carga al auto y ella, junto a Alba, se va cantando todo lo que suena en la radio, mientras Ramón se ríe. Cuando llega con ambas niñas a sus escuelas, le indican que no habrá clases debido a la lluvia. Así que se comunica con su hermana para ir a recoger a Anastasia. Cidal le da las gracias y regresa con sus hijos, quienes aplauden y silban.
—Papá, ¿podemos pasar por Nadine? Su papá está de viaje y se va a quedar sola.
—¿No tiene familia? —pregunta Tessa.
—No.
El teléfono de Vidal suena y toma la llamada.
—Hola, papá. Suspendieron las clases. Emma y James están en una finca por el fin de semana. ¿Será que puedo ir a casa?
—Claro que sí, vamos por Nadine y luego por ti. Finalmente, a la casa.
—Vale, los espero.
Ramón dejó a Alice de primero, y esta se quejó por el sistema educativo frágil del país. Su mamá la llenó de besos y la mandó a trabajar en lo que ya le habían asignado desde el chat de padres.
La pequeña acomodó sus cosas en la sala de estudio y Consuelo se preparó para lo que parecía una tormenta larga. Las predicciones indicaban que la tormenta que asolaba la ciudad causaría estragos por un total de tres días, y durante sus primeras horas —en la madrugada— ya había desatado el caos en algunas casas, con techos rotos y ventanas dañadas. Así que, en cuanto regresaron los niños, todos se pusieron a asegurar lo que era posible: alimentos, cobijas, baterías, y unas cuantas botellas de agua, por si el suministro se contaminaba con algo.
—Tienes un supermercado aquí.
—Se llama bodega, hija.
—Mercado almacenado en casa —insiste Mariana, mientras saca una caja de atún para ellos y otra de salmón enlatado.
Consuelo sigue sacando su kit apocalíptico. Si yo tuviese que vivir con alguien en medio de una crisis, sería con Consuelo. Y así fue: sin preguntarle, Ramón, Alba y yo nos fuimos a su casa porque tiene demasiadas habitaciones, comida, y Vidal es tan paranoico como su mujer. ¿Y adivinen quién tiene un generador?
Mis suegros llegaron con vegetales frescos. El cuñado de Consuelo llegó con sus hijos, su esposa y unas ganas de cocinar como si no hubiera mañana. Antonina y Anabelén, con sus hijas, también llegaron porque no planeaban quedarse solas.
Los niños estaban con sus tareas, jugando, conversando y pasándoselo genial, hasta que la electricidad empezó a fallar y comenzaron a ver los jardines llenos de agua.
—Vamos a morirnos —comenta Alice, y trato de no reírme mientras me mantengo acostada junto a ella y Anastasia, mirando la lluvia.
—No, no vamos a morirnos, chicas.
—Estamos bajo techo.
—Una vez llovió muchísimo y nos fuimos a un albergue. Las ratas empezaron a salir y fue horrible. Yo pasé encima de Mariana y no dormí por dos noches, hasta que nos fuimos de ahí. Y cuando salimos... había más ratas.
Sugiere Consuelo:
—Ay, sí, como de huevo.
—Mamá, esta semana compré tres cajas de cuarenta. Yo siento que no voy a rendir. ¿Alguien trajo huevos? —pregunta Consuelo.
—Nadie hace queque ni nada con huevo que no sea el desayuno.
La luz vuelve a irse, y el generador se activa por un rato. Índigo está en brazos de su tío Ramoncito, e Imán anda feliz con Anabelén, jugando con la cabellera larga de su tía.
—Siento que si tengo otro más, va a ser varón.
—No tengas otro —responde Gabriel.
—Sí, mejor me llevo a Imán.
Las primeras horas fueron fáciles. Luego llegaron las horas de dormir, y las pequeñas tenían miedo de hacerlo bajo semejante aguacero. Los grandes estábamos preocupados con las noticias, y los adolescentes dieron la cara por la familia. Esa generación que ve noticias para no estresarse. Xavier montó una pequeña fogata en un platón gigante —que, gracias a Dios, es para eso, no para cocinar en él—, también les dio malvaviscos a sus primos y se puso a cantar con ellos y con la armónica que todos quieren que les regalen por Navidad.
Nadine no solo es guapa, sino que canta como los ángeles y son muy divertidos. A Tessa se le ocurrió que era mejor dormir todos juntos en el mismo espacio, para que nadie se quedara solo, y junto a sus hermanas acomodaron almohadas, cobijas y niños entre primos grandes y pequeños.
La mañana siguiente estuvo tan feroz como se esperaba. Alice se sentó en la ventana y sus papás fueron a verla con una taza de chocolate caliente.
—Mi amor, ¿estás bien?
—Estoy molesta.
—La gente va a estar bien, mi amor. Son cosas materiales.
—Eso no me preocupa. Me preocupa mi fiesta de cumpleaños, que con todo mojado ya no se puede hacer.
Vidal y Consuelo tratan de no reírse, pero la llenan de besos y la abrazan.
—Mi amor, Alice, tú eres la consentida de esta familia. ¿Crees que no vamos a celebrarte una, dos o cinco veces el cumpleaños, todo en nombre de esta lluvia? —pregunta su papá. Y ella los mira a ambos con una sonrisa gigante.
Perdón por demorarme tanto; he estado sin computadora y les comentaba en la otra historia que también con un poco de bloqueo. Ya mejor y ya con compu. Espero que les guste.